Las siete parábolas de los misterios del reino de los cielos (Segunda parte)

Las siete parábolas de los misterios del reino de los cielos (Segunda parte)

 

“Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas? El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado.” (Mt. 13: 10, 11).

 

(Continuación de la primera parte)

 

Tercer misterio. La semilla de la mostaza

 

“Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.” (Mateo 13: 31, 32)

 

Este es otro misterio que Jesús muestra en parábola, pero que gracias a otras descripciones similares, este misterio queda aclarado. Otra vez el Señor Jesucristo compara las vicisitudes del Reino de los Cielos, con la siembra; esta vez la de un grano de mostaza, y de lo que ocurre al respecto.

 

Dice que el grano de mostaza es la más pequeña de las semillas, pero que cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, hasta convertirse en un árbol. Las plantas de mostaza que crecen en Israel, son arbustos muy altos, porque llegan a alcanzar a veces los 4 y 5 metros de altura.

 

“Representación del árbol de la mostaza”

 

El Señor dice que de una semilla muy pequeña, surge a la postre un arbusto extremadamente grande. De lo más pequeño originalmente, lo más grande, comparativamente. ¿Qué querrá decir esto?

 

Evidentemente el minúsculo grano de mostaza aquí representa toda la calidad del Reino, pero contenida en la pequeñez de sus medios ya que como tales, son humanos; es decir, somos nosotros los creyentes, con nuestras limitaciones.

 

(2 Corintios 4: 7) “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.”

 

(1 Corintios 1: 27-29)  “Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.”

 

Los incrédulos y religiosos muertos, siempre menospreciarán el Reino, porque en la apariencia actual es poca cosa, como lo es la semilla de mostaza.

 

(V. 31) “… que un hombre tomó y sembró en su campo…:

 

Ese hombre, según el contexto, es el Hijo del Hombre (ver Mt. 13: 24; 37). Es el Hijo del Hombre el que siembra la buena semilla. Al igual que sembró su buena semilla en su campo (V. 24), también esta vez la siembra en su campo. Lo cual nos lleva a la conclusión de que ese campo es el mundo, el mundo al cual Dios ama (Jn. 3. 16).

 

“…grano de mostaza; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol:

 

Así como en la parábola anterior, la semilla que el Hijo del Hombre, la cual son todos los verdaderamente renacidos es sembrada en el campo que es el mundo, formando el trigal de Dios – es decir – la Iglesia que Dios discierne pura y sin mácula en el mundo, esta vez, ocurre algo muy similar.

 

Ese grano de mostaza es también el verdadero discípulo, el cual una vez muere a sí mismo – el que halla su vida, la perderá, mas el que la pierda por causa de Mí, la hallará – de él surge la verdadera vida que es Cristo en él. En lo natural, es esa planta que se convertirá en gran hortaliza.

 

Una vez más la Palabra nos enseña que el crecimiento del Reino se realiza en la vida del verdadero cristiano, y en él se establece.

(V. 32c) “… se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.”:

 

El que las aves del cielo vengan y aniden en sus ramas es también muy significativo. En el mismo contexto de la parábola del Sembrador, las aves del cielo representan al enemigo de nuestras almas (Vrs. 4; 19)

 

“Los pájaros en el árbol de mostaza”

¿Qué hacen pues esas aves en las ramas de la planta de la mostaza? Pues toman ventaja de su porte arbóreo para esconderse en él, estar en él, y hasta anidar en él.

 

Es evidente entonces que tal descripción nos recuerda a la cizaña que fue plantada en medio del trigo, tomando ventaja de este. Recordemos que el enemigo es siempre ventajista. Así como la planta crece fuerte y sana, también el ataque o influencia de seres que nada tienen que ver con ella – las aves del cielo – es una realidad que deberá sufrir. Leemos en el Diccionario Bíblico Ilustrado:


  “Se trata de un crecimiento, pero, como en las otras parábolas dadas en el mismo contexto (Mt. 13), enseña un crecimiento con corrupción debido a la acción del enemigo”

 

El Reino de Dios, aún siendo grande dentro del creyente una vez formado, o dentro de la Iglesia, sufre violencia por la acción del enemigo que constantemente está ahí.

 

En el segundo caso, nos habla con claridad de la realidad de la Iglesia en este mundo, que a pesar de que se formó a partir de un insignificante comienzo (el grano de mostaza: los 120 en el aposento alto en Jerusalén), y que ocupó su lugar en la tierra (el campo), jamás estuvo exenta del continuo ataque de Satanás a través de sus emisarios,  y así será hasta que el Señor vuelva a por ella.

 

Esta es de nuevo, la realidad del reino de los Cielos en esta dispensación de la gracia, manifestada en la Iglesia del Señor Jesús.

 

Cuarto misterio. La levadura en las tres medidas de harina

 

(Mateo 13: 33) “Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.”:

 

De nuevo el Señor compara el Reino de los cielos con otra realidad cotidiana. Curiosamente, cuando menciona Jesús las tres medidas de harina, esto evoca el pasaje de Génesis 18, cuando al presentarse el Señor ante Abraham, este le manda a Sara que tomara tres medidas de flor de harina, las amasara, e hiciera “panes cocidos debajo del rescoldo” (Gn. 18: 6) para dar de comer a los tres varones (Gn. 18: 2).

 

Evidentemente, esas tres medidas de harina para hacer los panes, eran bendición de Dios para comer, y estaban exentas de cualquier leudo.

 

¿Estaría pensando el Señor en aquellas tres medidas de harina a la hora de presentar a sus oyentes Su parábola? Lo más probable.

 

Por otra parte, encontramos que la Palabra nos enseña en Gálatas 5:

 

“Un poco de levadura leuda toda la masa” (Gl. 5: 9)

 

Esta palabra está en el contexto siguiente: los gálatas corrían bien en su carrera al cielo – eran buena masa – pero llegó un momento cuando alguien (los judaizantes) les estorbó para no obedecer a la verdad, llevándoles a justificarse por la ley (Gl. 5: 7, 4). Pablo les advierte que tal “persuasión no procede de Aquel que os llama” (Gl. 5: 8). Es decir, que esa persuasión, a modo de levadura, era algo que no venía de Dios, sino del enemigo, y que era una brutal contaminación espiritual, hasta el punto de que, sólo ese poco de persuasión demoníaca, iba a leudar toda la masa. El principio aquí es que, no importa cuan grande sea la buena masa, un poco de levadura la afecta totalmente.

 

“Corpúsculos de la levadura”

 

Israel en Egipto

 

Lo leudado en la Biblia, invariablemente es sinónimo de pecado, y la levadura, de contaminación para pecar. Cuando el Señor instituyó la Pascua, enseñó a los israelitas que todavía estaban en Egipto que tenían que deshacerse de toda levadura durante el tiempo de pascua (pesha) y de la fiesta de los panes sin levadura:

 

“Por siete días no se hallará levadura en vuestras casas; porque cualquiera que comiere leudado, así extranjero como natural del país, será cortado de la congregación de Israel.” (Éxodo 12: 19)

 

Menos todavía podían comer panes leudados en esos siete días:

 

“Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones; por estatuto perpetuo lo celebraréis. Siete días comeréis panes sin levadura; y así el primer día haréis que no haya levadura en vuestras casas; porque cualquiera que comiere leudado desde el primer día hasta el séptimo, será cortado de Israel… Ninguna cosa leudada comeréis; en todas vuestras habitaciones comeréis panes sin levadura.” (Éxodo 12: 14, 15, 20)

 

“Israel no podía comer pan leudado durante un tiempo señalado. El pan leudado significaba contaminación espiritual en el alimento espiritual. Hoy en día el pueblo de Dios debería darse cuenta de cuanto leudo existe y se esparce desde los santos púlpitos, y apartarse de esa contaminación espiritual”

 

Pan sin leudar es sinónimo de santidad

 

Entendemos que el pan es aquí sinónimo del cuerpo de Cristo que debían comer sin ningún leudo, que significa pecado. Es decir, que nuestra comunión con Dios debe ser sin contaminación de pecado, es decir, santa. Jesús dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre…” (Juan 6: 35). El pan que es Cristo, es santo y puro; sin leudo alguno, que implicaría contaminación pecaminosa.

 

Cuando la Biblia nos habla de la masa de harina inicial, nos transmite el sentido de que esa masa es santa; es decir, que no está contaminada (Ex. 12: 34, 39). Llevándolo a lo espiritual, en Romanos 11, hablando el apóstol Pablo acerca de Israel, el cual a la postre será salvo (Ro. 11: 26), nos dice:

 

Si las primicias son santas, también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las ramas” (Romanos 11: 16)

 

Israel, ya en sus primicias era santo – es decir, apartado para Dios – pensemos al respecto en Abraham, Isaac, Jacob que fueron personas apartadas para Dios, y del tercero surgió Israel, por sus doce tribus. Así como fue, también será al final, cuando “todo Israel será salvo” (ver Ro. 11: 26, 27).  El ejemplo que da Pablo para esto es justamente el de la masa, tal y como hemos leído.

 

Hacia los Corintios

 

La admonición de Pablo a los corintios, es que se limpien de toda costumbre pecaminosa en la cual solían vivir antes de conocer al Señor, y para ello les dice:

 

“Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.” (1 Corintios 5: 7)

 

Y ante la presunta obstinación de estos, les insiste diciendo: “No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?” (1 Corintios 5: 6)

 

Sobre la levadura, en profundidad

 

Escribe Scofield en relación a la levadura y su significado en la Biblia:

 

“La levadura, como sustancia simbólica, se menciona siempre en el A.T. en el sentido malo. El uso de la palabra en el N.T. explica su significado simbólico: Es “malicia y maldad”, en contraste con “sinceridad y verdad”.

 

Así es. Leemos lo que Pablo les dice a los corintios:

 

“No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa. Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad (1 Corintios 5: 6-8)

 

Sigue diciendo Scofield:

 

“Es doctrina errónea (Mt. 16: 12), según ésta se enseñaba o practicaba por fariseos, saduceos y herodianos (Mt. 16: 6; Mr. 8: 15). La levadura de los fariseos era formalismo religioso (Mt. 23: 14, 16; 23-28); la de los saduceos, escepticismo en cuanto a lo sobrenatural y a las Escrituras (Mt 22: 23, 29); y la de los herodianos era la mundanalidad. Ellos formaban un partido de herodes entre los judíos (Mt. 22: 16-21; Mr. 3:6)”

 

Queda claro pues, por tanto, el sentido de las palabras de Jesús al dar su parábola. El Señor estaba advirtiendo por esa parábola de la levadura, que el Reino es semejante a las tres medidas de harina, que todavía no se han amasado; es decir, es el Reino que todavía no ha sido establecido como tal en la tierra, a diferencia de cuando lo sea, cuando venga el Rey (Dn. 2: 44; 7: 13, 14; Ap. 20).

 

En esas tres medidas de harina en un momento dado, una mujer, la cual no puede ser otra en este caso, que la mujer sentada sobre una bestia escarlata (Ap. 17: 3), es decir la Gran Ramera, la falsa iglesia de Cristo, esconde en ellas su levadura, lo cual es falsa doctrina; doctrina de demonios:

 

“Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4: 1)

 

“Representación de esa mujer infame, la Gran Ramera: la falsa iglesia de Cristo que engaña y engañó a millones”

 

La gran ramera resume la levadura, tanto la de los fariseos, la de los saduceos y la de los herodianos. Recordemos:

 

  • La levadura de los fariseos era formalismo religioso, falsedad e hipocresía (Mt. 23: 14, 16; 23-28);
  • La levadura de los saduceos era escepticismo en cuanto a lo sobrenatural y a las Escrituras (Mt. 22: 23, 29)
  • La levadura de los herodianos era la mundanalidad.

 

Tanto la falsedad religiosa, como el escepticismo en cuanto a lo sobrenatural de Dios y la verdad de las Escrituras, como la mundanalidad, son el leudo que ha estado metido dentro de las tres medidas de harina hasta la fecha de hoy, y será así hasta la venida gloriosa del Señor.

 

“…hasta que todo fue leudado”: Este fermento leuda toda la harina. Esta es la realidad actual, donde en todo lugar donde el Evangelio es vivido, también está en mayor o menor proporción el leudo de la gran ramera. Esta es la apostasía de la que el mismo apóstol Pablo habló a los Tesalonicenses (2 Ts. 2: 3) que iba a ocurrir antes de la venida del Señor; es decir, antes de que la masa – que es el Reino – fuera hecha una realidad en la tierra. Esta también es la acción del “misterio de la iniquidad” del cual también el apóstol nos habla y advierte:

 

“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición… Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad;” (2 Tesalonicenses 2: 3, 7)

 

La parábola de la levadura va en consonancia con la parábola del trigo y la cizaña y la del grano de mostaza.

 

Quinto misterio. El tesoro escondido

 

“Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.” (Mateo 13: 44)

 

De nuevo el Señor compara el reino de los cielos con otro ejemplo a modo de parábola. Cuando dice “es semejante a”, se traduce de la palabra griega homoios, que viene a significar: “similar en apariencia o carácter”, en este caso, con un tesoro escondido.

 

¿Cuál será ese tesoro escondido?

 

“El tesoro escondido”

 

El campo: el mundo; el hombre: Cristo

 

“Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo…”:

 

Muchos han dado como interpretación de esta parábola el que un hombre cualquiera – un pecador – compra el terreno cuando encuentra ese tesoro que significaría Cristo, pero esta explicación falla desde la base misma.

 

En primer lugar, el pecador  no puede comprar el campo, que significa, según el sentido del contexto general, el mundo (ver vrs. 24; 31; 38); en todo caso, dejaría el mundo al haber encontrado a Cristo:

 

“Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo(Filipenses 3: 8)

 

Y como dice Scofield:

 

“Además, el pecador no tiene nada que vender, ni Cristo está a la venta, ni se halla Él escondido en un campo; tampoco esconde a Cristo después de haberle encontrado”

 

¿Cuál sería entonces la explicación de esta parábola? Pues sin lugar a dudas, habrá que seguir la dirección del contexto de Mateo 13.

 

Ese hombre, deberá ser el mismo hombre que siembra la buena semilla: el Hijo del Hombre, es decir, Cristo mismo (v. 37). Es por tanto Cristo, quien compró a precio de su propia sangre ese tesoro:

 

sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1: 18, 19)

 

Obviamente, ese tesoro son todos los rescatados.

 

El tesoro escondido en el campo

 

“…el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla …”:

 

Ahora bien, dice que ese tesoro estaba escondido en el campo. Esto se pone más interesante.

 

Si el Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido, significa que literalmente ese tesoro es en sí el Reino. El Reino no es parte del mundo, por eso ese tesoro está escondido en el campo, que es el mundo.

 

Ahora bien, en esta dispensación, ¿dónde se encuentra el Reino? El Reino se encuentra en cada verdadero creyente renacido, porque el Rey por Su Espíritu vive en cada uno de ellos. Esto se demuestra por la palabra que dice:

 

“Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5: 19)

 

Entonces, ese tesoro escondido es tanto el Reino, como cada verdadero creyente. Ambos están en el campo, que es el mundo, pero no son del mundo, por eso están escondidos en el campo que es el mundo. Esto tiene el sentido de “estar en el mundo, pero no ser del mundo” (1 Co. 5: 9-11)

 

Las diez tribus escondidas

 

Pero todavía podemos encontrar un sentido – por demás escatológico – a esta parábola.

 

Cuando el Señor nos habla de un tesoro escondido en el campo, podemos también entender que ese tesoro es el Israel que está escondido, diseminado por todas las naciones de la tierra (que sería el campo).

 

En el libro de Oseas, encontramos que las diez tribus del reino del norte, lo que llamamos Israel, ya que Judá y Benjamín constituyen el reino del sur, la casa de David – aquellas diez tribus – quedaron disueltas y mezcladas con los pueblos de la tierra. En ese sentido, Israel fue la esposa adúltera y repudiada de Jehová, (ver Oseas 1: 1-9).

 

No obstante, el mismo Señor anuncia por su profeta, que al final de los días, esa Israel será restaurada y vuelta al Señor:

 

“Con todo, será el número de los hijos de Israel como la arena del mar, que no se puede medir ni contar. Y en el lugar en donde les fue dicho: Vosotros no sois pueblo mío, les será dicho: Sois hijos del Dios viviente… En aquel tiempo haré para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo y con las serpientes de la tierra; y quitaré de la tierra arco y espada y guerra, y te haré dormir segura. Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia. Y te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás a Jehová…Y la tierra responderá al trigo, al vino y al aceite, y ellos responderán a Jezreel. Y la sembraré para mí en la tierra, y tendré misericordia de Lo-ruhama; y diré a Lo-ammi: Tú eres pueblo mío, y él dirá: Dios mío.” (Oseas 1: 10; 2: 18-20, 22, 23) (ver Cap. 2)

 

Al final de los días, y en el contexto de la gran tribulación, Dios va a producir una salvación sin parangón entre las naciones, en cuanto a las diez tribus diseminadas, como individuos, por doquier:

 

“He aquí yo los hago volver de la tierra del norte, y los reuniré de los fines de la tierra, y entre ellos ciegos y cojos, la mujer que está encinta y la que dio a luz juntamente; en gran compañía volverán acá. Irán con lloro, mas con misericordia los haré volver, y los haré andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán; porque soy a Israel por padre, y Efraín es mi primogénito. Oíd palabra de Jehová, oh naciones, y hacedlo saber en las costas que están lejos, y decid: El que esparció a Israel lo reunirá y guardará, como el pastor a su rebaño” (Jeremías 31: 8-10)

 

Israel fue designado como el especial tesoro de Jehová, como Él mismo lo dijo:

 

“Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra” (Éxodo 19: 5)

 

Por siglos dejó de serlo a causa de su desobediencia, pero como dice la Palabra profética, serán recogidos:

 

“Sucederá que cuando hubieren venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y te arrepintieres en medio de todas las naciones adonde te hubiere arrojado Jehová tu Dios, y te convirtieres a Jehová tu Dios, y obedecieres a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, entonces Jehová hará volver a tus cautivos, y tendrá misericordia de ti, y volverá a recogerte de entre todos los pueblos adonde te hubiere esparcido Jehová tu Dios.” (Deuteronomio 30: 1-3)

 

“Y seré hallado por vosotros, dice Jehová, y haré volver vuestra cautividad, y os reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde os arrojé, dice Jehová; y os haré volver al lugar de donde os hice llevar”. (Jeremías 29: 14)

 

Un grupo escogido de siervos de nuestro Dios, los 144.000 sellados de todas las tribus de Israel (Ap. 7: 3, 4) estarán dispuestos en su momento (en la Gran Tribulación), para llevar a cabo la misión de anuncio del Mesías a los dispersos de Efraín de entre las naciones.

 

El tesoro vuelto a esconder

 

“…el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo…”:

 

Ese esconderlo de nuevo después de haberlo hallado, obedece a dos realidades:

 

Una. Referente a la Iglesia que como tesoro de Dios, es dejada momentáneamente en el campo (aunque no es del campo, es decir del mundo) para que pueda ejercer la función encomendada por el Señor: ser testigo de Él (ver Hchs. 1: 8; Mt. 28: 19, etc.)

 

Dos. Referente a Efraín o el Israel diseminado entre las naciones (así como el reunido en su tierra) – el verdadero, que sólo Dios conoce – sigue de momento escondido en el campo que es el mundo, esperando su restauración. De hecho, el sentido de esta parábola tiene más que ver con esa segunda realidad.

 

El Hombre que vende todo lo que tiene

 

“…y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.”:

 

Gozoso el Señor por haber visto el fruto de la aflicción de su alma, quedará satisfecho (Isaías 53: 11)

 

El vender todo lo que tiene, sólo lo pudo hacer el Señor, ya que todo lo que tenía, era Él mismo cuando voluntariamente se entregó en la cruz.

 

Con su sacrificio, expresado en su propia sangre, compró el campo, que es el mundo, con todo lo que contiene, en este caso, ese tesoro escondido, que son todos los salvos, tanto de la Iglesia como los de Israel en su momento (ver Ro. 11: 25-27); todos salvos exclusivamente por los méritos Suyos.

 

Escribe Scofield en cuanto a estos últimos:

 

“El Divino Mercader compra el campo (el mundo) por interés del tesoro, que es objeto de su amor a causa de los padres, y que todavía ha de ser restaurado y salvo. La nota de gozo es la misma que entonaron los profetas en vista de la restauración de Israel (ver Dt. 30: 9; Is. 49: 13; 52: 1-3; 62: 4-7; 65: 18, 19)”

 

Sexto misterio. La perla de gran precio

 

“También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.” (Mateo 13: 45, 46)

 

“Perlas”

 

De nuevo aquí el Señor nos dice que el Reino de los cielos es “semejante a” (gr. homoios), que viene a significar: “similar en apariencia o carácter”, a un mercader que llega a vender todo lo que posee para así obtener una perla muy especial, una perla de gran precio.

 

En el mismo sentido y estilo de la parábola anterior, vemos aquí que ese mercader no puede ser otro sino el Señor Jesús.

 

“…un mercader que busca buenas perlas…”:

 

A modo de ese mercader buscador de buenas perlas, el Divino Mercader, también busca buenas perlas, que en este caso podríamos entender esto como el deseo del Señor de tener comunión constante con todos, y con cada uno de los miembros de Su Iglesia.

 

“…que habiendo hallado una perla preciosa…”:

 

Cuando halla la perla preciosa, halla la Iglesia, con la cual quiere tener comunión. La perla preciosa vendría a ser la suma de todas las buenas perlas, y que por tanto, constituye la “perla de gran precio”. Ese precio es tan grande, por cuanto es Su propia vida, la que Él entregó para poder adquirir esa perla sin igual que es la Iglesia.

 

Así pues, como aquel hombre que vendió todo lo que tenía (V. 44) para poder adquirir el campo – que es el mundo – donde se encuentra el tesoro escondido (el cual en mayor manera, podríamos considerar como el Israel que a la postre será salvo – ver Ro. 11: 25-27), este mercader también vende todo lo que tiene (V. 46), para poder comprar la perla de gran precio, que simboliza la Iglesia.

 

Hablemos de las perlas, de las ostras, y de la Iglesia

 

Las perlas son el producto de una reacción de enquistamiento de una partícula extraña dentro del cuerpo blando de los moluscos, especialmente en los bivalvos.

 

Las perlas naturales se forman cuando un cuerpo extraño penetra al interior del cuerpo del molusco, el cual reacciona cubriendo lentamente la partícula con una mezcla de cristales de carbonato de calcio (CaCO3) y una proteína llamada  conchiolina, formando la sustancia conocida como nácar, que es la sustancia que forra la cavidad paleal del animal (las paredes interiores de las valvas). Al cabo de un período variable la partícula termina cubierta por una o más capas de nácar, formando una perla. Las perlas preciosas son producidas en su inmensa mayoría por las ostras pertenecientes a la familia Pteriidae (wikipedia).

 

“Una perla preciosa, de Haití”

 

Haciendo uso de cierta constructiva imaginación, podríamos ver que la ostra en la que se produce la perla, la podríamos comparar con el mundo. Cuando ese cuerpo extraño entra en su interior, como hemos leído, se produce una reacción. Esto lo podríamos comparar con Cristo cuando vino al mundo. Para el mundo, Cristo era un desconocido; “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1: 11), así como para la ostra, esa partícula que ha entrado, es desconocida, extraña. Pero entonces, se produce lo inesperado. Así como esa partícula extraña es el principio y elemento insustituible para la formación de la perla. Cristo lo es para la formación de la Iglesia.

 

Al final, cuando la perla está del todo formada, esta es un elemento ajeno a la ostra, y no obstante, indirectamente, la ostra ayudó a la formación de esa perla, de la misma manera que indirectamente el mundo ayuda a la formación de la verdadera Iglesia. De todos es sabido que a través de las pruebas, circunstancias y demás aflicciones que este mundo genera, los cristianos son formados en su carácter, fe, compromiso, y en definitiva amor y entrega al Señor, alrededor de Quien se agarran y no se sueltan, así como el nácar va cubriendo capa a capa la partícula extraña y ajena a la ostra.

 

Así pues, la perla es un símbolo perfecto de la Iglesia verdadera, entendiendo que esta es la formada por todos aquellos que son verdaderos miembros de la misma, así como las diferentes capas de excelente nácar constituyen a la postre la perla de gran precio.

 

La perla y la unidad de la Iglesia

 

La perla también constituye una unidad, es por ende símbolo de unidad de la Iglesia. En cuanto a esa unidad vemos algunas escrituras:

 

“Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.” (1 Corintios 10: 17)

 

“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.” (1 Corintios 12: 12, 13)

 

“solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (Efesios 4: 3, 4)

 

Así como la perla dentro de la ostra es ajena a esta, la Iglesia aun y dentro del mundo es ajena a éste, que ni le pertenece, ni él a ella.

 

Y no obstante, la perla constituye lo valioso también desde una perspectiva espiritual:

 

“No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” (Mateo 7: 6)

 

La perla de gran precio, la Iglesia, se aparta desde su corazón de las cosas de este mundo:

 

No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Juan 2: 15-17)

 

Por eso que, los que no son parte de esa perla de gran precio – la Iglesia – aun y pretendiéndolo ser, en el fondo de su corazón aman las cosas de este mundo (aunque no lo confiesen abiertamente)

 

Sólo aquel que es de veras de Cristo, no ama la oferta pecaminosa del mundo; no tiene comunión con él, así como la perla sólo tiene comunión con la partícula ajena a la ostra y consigo misma, que sería la Iglesia en comunión consigo y con Cristo.

 

Como crece la perla en el interior de la ostra, la Iglesia se desarrolla en el mundo

 

Vimos que la perla en la ostra, se forma a través de un crecimiento paulatino y progresivo y hasta accidentado, en el sentido de que todo ello no es parte del proceso vital inherente del bivalvo, sino un añadido – lo cual como vimos, encaja perfectamente con el proceso de crecimiento de la Iglesia, la cual es absolutamente ajena a este mundo, aunque esté en él.

 

De la misma manera, Cristo vino al mundo, y sigue añadiendo a sí mismo a todos aquellos que habiendo sido del mundo, como los componentes de la ostra lo son, va formando sucesivamente un ente santo, es decir, apartado del mundo, que es la Iglesia, así como la perla que se va formando dentro de la ostra, es en definitiva ajena a ella.

 

“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (Hechos 2: 46, 47)

 

Así como una perla de gran valor dentro de la ostra va formándose en su interior, Cristo está preparando y formando su Iglesia en este mundo, por haberse entregado a ella, de manera que un día se la presentará a sí mismo gloriosa:

 

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5: 25-27)

 

“Ostra y perla”

 

Y así como la perla en la ostra va formándose a causa de los diferentes elementos químicos y proteínicos que ordenadamente actúan para producir ese hecho, el Espíritu Santo está obrando de la misma manera, produciendo ese crecimiento en calidad y número en la Iglesia.

 

En ese sentido escribe Scofield:

 

“El Reino no es la Iglesia; pero los verdaderos hijos del reino durante el cumplimiento de estos misterios, son bautizados por un mismo Espíritu en un cuerpo (1 Co. 12: 12, 13) e integran así la Iglesia verdadera, o sea la perla de gran precio”.

 

En aquel momento en que Jesús estaba diciendo estas cosas en Mateo 13, la Iglesia todavía no existía, pero Él, proféticamente ya les habló a los que le escuchaban de ella, mostrándoles, y mostrándonos como ejemplo la perla de gran precio.

 

No obstante, en lo concerniente a la búsqueda y realización de la voluntad de Dios, el Reino está implícito en la Iglesia; el Reino está en la Perla de gran precio. (Es decir, no es lo mismo estar que ser, ni ser que estar, aunque ambas cosas puedan coincidir)

 

Séptimo misterio. La red

 

“Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces; y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera. Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor. El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas. Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí.” (Mateo 13: 47-50)

 

“Red de arrastre moderna”

 

“Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces…”:

 

El Señor compara el Reino con una red barredera, que significa una red de arrastre. Esa red es echada al mar, y va recogiendo todo tipo de peces hasta el fondo durante la jornada.

 

Así como los peces están en el mar; los hombres están en el mundo, por tanto, ese mar simboliza el mundo donde habita la humanidad.

 

Ese todo tipo de peces, no sólo nos habla de las diferentes razas humanas, culturas, sociedades, naciones, etc.; mas bien la parábola en cuestión nos habla acerca de la calidad de esos peces – si son comestibles o no – es decir, de la verdadera conversión o no de los hombres que atrapa la red.

 

En otras palabras, la parábola de la red (como parábola que es), muestra otro aspecto de los misterios del Reino de los Cielos – en este caso – el que implica la profesión de la fe cristiana.

 

Comparando la parábola del trigo y la cizaña y la de la red

 

Esa esfera de la profesión cristiana, la vimos también en la parábola del trigo y la cizaña, cuando en el trigal el enemigo había plantado subrepticiamente la cizaña.

 

La diferencia entre el sentido de una parábola a la otra, es que en la de la red, el protagonista es el cristiano, que mete la red (por cumplir con la Gran Comisión), y muchos peces entran en ella, mientras que en el segundo caso, el de la parábola del trigo y la cizaña, el agente es el diablo, quien mete la cizaña en el trigal.

 

La diferencia es que esa cizaña, como vimos, son los hijos del diablo, mientras que los peces no aptos para el consumo, tanto podrían ser de estos, como también todo tipo de falsos profesantes.

 

¿Qué sería la red?

 

La red simboliza el resultado de la puesta en acción en obediencia al Evangelio del Reino, en cuanto al cumplimiento de la Gran Comisión (Mt. 28: 18-20; Mr. 16: 15-18) desde el anuncio de realización de la misma (Hchs. 1: 8) hasta el final de los tiempos sobre la tierra (Mt. 24: 14).

 

La red sería la Palabra del Evangelio expuesta y declarada, y su efecto – entiéndase aquí – la recogida de peces, que en este caso sería la añadidura de nuevos cristianos profesantes en lo que nosotros denominamos Iglesia.

 

Esto no ha de confundirse con la espuria enseñanza proveniente del dominionismo (posmilenarismo), que enseña que la Iglesia establece el Reino en el mundo, y que al final la red atrapará a todos, o a la mayoría de los peces del mar (los hombres de este mundo) y todos estarán sujetos a las supuestas autoridades delegadas por Dios.

 

En este sentido, muchos han enseñado (y enseñan) que la red se convierte en el mar, queriendo decir con eso que el Reino de Dios quedará establecido en este planeta por mano de la Iglesia y de sus líderes muy escogidos. Decimos pues, que eso es doctrina herética proveniente del seno romanista, ya desde tiempos de Agustín de Hipona (s. V).

 

La idea de que el mundo entero se convertirá a Cristo, no está en la Biblia y quien la sostiene, sostiene violencia contra la sana exégesis.

 

“No es ganar el mundo para la Iglesia, sino llevar el Evangelio a toda criatura; esto último es la Gran Comisión”  

 

Las dos humanidades

 

Por otra parte, la red no simboliza un Reino establecido o que se establece, sino un Reino extendido en la misma, absoluta y concreta medida en que las personas realmente se convierten a Cristo, y no más allá. El Reino no puede ir más allá de los creyentes verdaderos. No olvidemos la porción bíblica:

 

“Nosotros sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5: 19).

 

En la actualidad, en este mundo sólo estamos nosotros, y los que están bajo el maligno, y así será hasta la venida gloriosa de Cristo, cuando venga a juzgar a los “ethnos” (las naciones (Mt. 25: 31ss) y establezca el Reino por mil años.

 

Todavía habrán gentes malas al final del reino milenial, por lo tanto, llegarán a cumplirse a cabalidad las palabras de Cristo en cuanto al “final del siglo” cuando termine el Milenio – esto es – cuando antes de ser echado al lago de fuego, el diablo será momentáneamente soltado, para ir a engañar a las naciones que estarán en los cuatro ángulos de la tierra (Ap. 20: 8-10).

 

Justo al finalizar esa etapa sobre la tierra, todos los hombres – vivos o muertos – a excepción de la Iglesia (ya glorificada por tiempo), serán juzgados ante el que se sentará en el gran trono blanco (Ap. 20: 11-15)

 

Por lo tanto, la red (que simboliza el Reino en los cristianos) permanece en las aguas del mar (el mundo) durante todo el tiempo de su periplo, y sólo es izada al finalizar la jornada – en este caso – al finalizar el siglo, es decir, el tiempo que Dios le ha dado a este planeta y a los que viven en él.

 

Hay peces y peces; hay hombres y hombres

 

“… y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera…”:

 

Al analizar esta parábola, veremos que no todos los que se dicen – o se han llamado a lo largo de los tiempos – cristianos, son verdaderos buenos peces atrapados por la red.

 

Esa esfera de la profesión cristiana – es decir – de los que confiesan ser cristianos y que por tanto están en la red, nos ofrece a la vista un panorama múltiple.

 

Aparentemente todos son cristianos, porque todos los que están en la red confiesan de boca a Cristo, sin embargo, sólo Dios conoce verdaderamente a los que son suyos, y ese es el fundamento de Dios, el cual está firme (2 Ti. 2: 19).

 

Referente a los peces naturales, una vez son atrapados por la red de arrastre, al final de la jornada de trabajo la red es izada, y con ella todos los peces, cuales sean son escudriñados con cuidado.

 

Los hombres que disciernen los peces, están sentados cómodamente, y se dan el tiempo necesario para realizar la selección correcta. Recogen los buenos peces en las cestas, y los inadecuados lo vuelven al mar.

 

“Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes…”:

 

Así como los hombres, cómodamente sentados, y tomándose el necesario tiempo y cuidado separan unos peces de otros, los ángeles del Señor, protagonistas esta vez, serán los que por mandato Suyo, harán separación unos hombres de otros. Los justos irán con Él, los hombres impíos serán echados al lago de fuego:

 

“Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos; y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego.” (Apocalipsis 20: 11-15)

 

Este juicio, es el llamado juicio final, y es el último de todos, y que resumirá a todos los precedentes. Escribe MacArthur:

 

“El reino visible de los que se dicen ser creyentes, está lleno tanto de lo bueno como de lo malo, los cuales serán ordenados en el juicio final”.  

 

El Señor se cerciora

 

“Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor”:

 

El tema es tan importante, que el Señor se cerciora de que sus discípulos lo habían entendido. Así como fue para aquellos discípulos entenderlo, también para nosotros. Este es un indicio más de lo importante que es el estudio de la escatología (ya que de eso se trata en gran manera), por cuanto tiene una implicación importantísima en aras de entender la actuación de Dios y sus disposiciones a lo largo de los tiempos, desde el inicio, al final. Recordemos que Él es el Alfa y Omega (es decir, principio y fin).

 

La importancia de recibir luz sobre la revelación

 

“El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.”:

 

Cuando el Señor escuchó que sus discípulos habían entendido el significado de las siete parábolas de los misterios del reino de los cielos, se alegró, y les subrayó la importancia de ser entendidos, aprovechándolo todo, siguiendo la pauta:

 

“Examinadlo todo, retened lo bueno” (1 Ts. 5: 21)

 

Debemos ser como los escribas doctos en el reino de los cielos, es decir, hombres y mujeres de Dios que buscan y piden que el Espíritu Santo de más luz sobre la revelación (la Palabra escrita), que buscan el aprender siempre, así como el hombre sensato (padre de familia o dueño de su casa), sabe aprovechar bien las cosas, tanto las usadas como las nuevas; sabe sacar buen partido de todo.

 

“La Biblia es la Revelación de Dios, y nada se puede añadir a ella, ni quitar”

La importancia de entender acerca del Reino

 

“Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí.”:

 

El Señor – hasta que terminó – tuvo la paciencia y perseverancia necesarias para acometer todo su discurso de parábolas de una vez, ante todos los que le escuchaban, sentado junto al mar, dejando entender la importancia de hacer la voluntad de Dios, muy por encima de cualquier otra consideración, por muy legítima que sea:

 

“Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre” (Mateo 12: 50)

 

La voluntad de Dios es el Reino puesto en acción, tal y como hemos aprendido a lo largo de este estudio de las siete parábolas del misterio del reino de los cielos.

 

Dios les bendiga.

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