El agua

EL AGUA

 

«Habló más Jehová a Moisés diciendo: Harás también una pila de bronce, con su base de bronce, para lavar; y la colocarás entre el tabernáculo de reunión y el altar, y pondrás en ella agua. Y de ella se lavarán Aarón y sus hijos las manos y los pies. Cuando entren en el tabernáculo de reunión, se lavarán con agua, para que no mueran; y cuando se acerquen al altar para ministrar, para quemar la ofrenda encendida para Jehová, se lavarán las manos y los pies para que no mueran. Y lo tendrán por estatuto perpetuo él y su descendencia por sus generaciones.» (Exodo 30: 17-21.) «Jesús le respondió: Si no te lavo, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros estáis limpios, aunque no todos.» (Juan 13:8-10.)

 

La figura del agua es universalmente familiar, y representa uno de los elementos más necesarios en el universo físico. La hallamos en el vasto océano, comprendiendo con mucho, la mayor parte de la superficie de la tierra, y en los lagos y ríos, en el interior de los continentes que forman redes hermosas y prácticas a la vez. La hallamos en el vapor de agua y en el rocío que se deposita sobre las plantas, preservándolas de la sequía en el verano. La hallamos formando una gran parte de nuestro cuerpo. y todo lo que llamamos sólido y sustancial en el mundo. Es una figura de pureza y de frescor, de avivamiento y poder. de vastedad y abundancia. Sin ella no se podría mantener la vida ni un momento.

 

Y la hallamos también en la Biblia como uno de los símbolos más importantes de las cosas espirituales. Ya en el Edén había cuatro ríos que regaban el jardín y eran sin duda tipos de la gracia que la humanidad había de recibir. La hallamos de nuevo en la preservación de la vida de Agar y su hijo, suplida por un ángel. La hallamos cuando Moisés golpea la roca para los hijos de Israel, y vemos a los israelitas reunirse alrededor de la misma con cantos de alabanza y gozo. Aparece en el ministerio de Elías y de Eliseo. Devuelve la salud a Naaman, y salva a los ejércitos de Josafat de la destrucción. En la visión de Ezequiel tenemos la fuente de agua en que los inmundos se lavan y quedan limpios de sus idolatrías y vicios.

 

Zacarías nos habla de una fuente abierta para el pecado y la inmundicia. Cuando llegamos al Nuevo Testamento, el bautismo de Juan era el símbolo por medio del cual fue introducido el ministerio del Señor y Cristo lleva esta figura más adelante al implicar en ella no sólo el arrepentimiento sino también la regeneración y la santificación. «A menos que un hombre sea nacido del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.• En su conversación con la mujer samaritana le dio una exquisita expresión. En el servicio de la fiesta de los Tabernáculos Jesús usó las vasijas en que habían vertido agua como símbolos del agua que El daría, incluso ríos de aguas, que dijo fluirían del interior de aquellos que creyeran. De su propio costado fluyó agua y sangre, para sanidad de las naciones. Las epístolas del Nuevo Testamento están llenas de referencias a la figura del agua. Leemos una y otra vez de la pureza y limpieza que El trae al mundo. Y en el Apocalipsis aparece en la visión de la obra de la redención terminada, v el río de agua de vida. El libro termina con un magnífico pasaje que hace referencia a las figuras precedentes: «El que tenga sed venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.•

 

Y así, el lavatorio, del cual hemos leído una descripción, se halla en el centro de una de las figuras más importantes de las Sagradas Escrituras. En el Tabernáculo, en todo el ceremonial del Levítico hay varios usos del agua. El sacerdote era separado por el lavamiento. El leproso tenía que ser lavado con agua, afeitado y rociado con sangre y ungido con aceite. Había también el agua de la separación con la cual los que habían tocado a un muerto eran limpiados antes de entrar en el Tabernáculo.

 

Este lavatorio o pila era el segundo utensilio en el Tabernáculo. Estaba formado con los espejos de bronce de las mujeres de Israel, las cuales los habían traído de la tierra de Egipto, quizá con vanidad que podía excusarse y sin darse cuenta que pertenecían a su vida anterior. Cuando el Señor los llevó al desierto, poco a poco, utilizó estos recuerdos de su antigua vida y los consagró para un propósito más elevado, como hizo con los materiales de que formó este lavatorio. Primero fueron fundidos y echados en un molde para formar la pila. Tenía dos codos de alto, v un cierto número de grifos o espitas que se abrían de la pila y el agua caía en un receptáculo. Leemos de la pila con su pie; sin duda había receptáculos debajo para que no se perdiera el agua.

 

Consistía en tres partes, realmente. Primero había el espejo mismo, pulimentado tan finamente que los sacerdotes podían verse la cara en su superficie externa, como un espejo, para mirar si llevaban alguna mancha, no para contemplarse. Luego había la fuente de agua para lavarse, y finalmente los receptáculos al pie, donde podían lavarse si habían visto alguna mancha.

 

Este lavatorio se hallaba detrás del altar de las ofrendas, había de ser usado sólo por los sacerdotes, y esto tenía lugar al entrar en el Lugar Santo sin excepción. No se podía entrar ante la presencia de Dios con ninguna mancha. Tenían que lavarse antes de entrar y ofrecer su servicio. Tampoco podían ir al altar de bronce que había en el atrio, con sus ofrendas, sin haberse lavado en esta pila.

 

Ahora ya hemos visto el lavatorio; aprendamos sus lecciones.

 

1. Los materiales de los cuales estaba formado, y su uso como espejo para reflejar toda suciedad en los vestidos de los sacerdotes, nos sugiere la primera lección: esto es, que Dios ha provisto para nosotros en su palabra y en su Espíritu medios por los cuales podemos descubrir nuestra suciedad e inmundicia, y no hemos de olvidar que ésta es una parte importante de las funciones del Espíritu. Toda la Escritura nos es dada como doctrina (esto es para enseñarnos) pero también «para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea apto y bien pertrechado para toda buena obra».

 

Dios espera que vayamos a El y que El pueda mostrarnos nuestros defectos y manchas y hemos de estar contentos de que podamos verlas, aunque sea por medios penosos. El Espíritu Santo es el reprensor, que nos da un vivo sentido de lo malo; es como si el alma tuviera un sentido del olfato, una sensibilidad instintiva para el pecado, y lo echara rápidamente, aplicando la sangre de Jesucristo para limpiar de él hasta su sombra. Ahora, queridos amigos, tomemos el espejo de Dios para que nos muestre dónde fallamos. No nos metamos en la cabeza la idea de que somos infalibles e irreprochables, pues nos perderíamos estas lecciones. Estemos contentos, no de que hayamos hecho una equivocación, pero sí de que la equivocación nos haya mostrado algo en que podemos ser hechos más fuertes, cuando el pecado sea vencido. Demos gracias a Dios por este espejo pulimentado, como dice el Salmista: «Límpiame de faltas ocultas. ¿Quién podrá descubrir sus propios errores? Absuélveme de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de la insolencia; que no se enseñoree de mí.» (Salmo 19: 12 y 13.)

 

No te alejes de la Biblia porque proyecta luz que reprende tu alma. No te abstengas de la oración porque te da la sensación de indignidad y culpa, sino recuerda que el lavatorio, que muestra el pecado, es la fuente que lo lava.

 

2. Volviendo ahora la vista del lavatorio como espejo, considerémoslo como pila para lavar. El agua, en las Escrituras, es el símbolo principal del Espíritu Santo. La sangre nos habla del cordero; el agua lo hace de la paloma. Dios ha enviado a una persona especial que se ocupa de limpiarnos, purificarnos y mantenernos inmaculados con sus propias alas perfectas. A esta obra Dios ha dedicado una persona divina, el infinito y todopoderoso Espíritu, lleno de toda clase de recursos para esta tarea. Recordemos que es su ocupación principal; no le eres ninguna carga cuando le presentas tu impureza. El ha sido encargado de cumplir la bendita obra de redención de nuestro Salvador Jesucristo. Cuán precioso es saber que esta Persona no está lejos en los cielos, sino presente en tu corazón, dispuesta a hacerse cargo de tu impureza, para limpiarlo hasta que no quede una mancha, del mismo modo que Jesús estuvo ante Pedro y los otros limpiándoles los pies con sus propias manos. Queridos amigos, el Espíritu Santo es el mensajero purificador para fi, que te trae el agua y el fuego que te dejará blanco como la nieve. Confía en El, obedécele; recíbele; y piensa que no tendrás excusa para tus fallos si no lo haces así.

 

Nuevamente, la figura del agua representa no sólo al Espíritu Santo, sino la Palabra de Dios, por medio de la cual obra generalmente el Espíritu de Dios.

 

Vemos el agua empleada como símbolo no sólo del Espíritu Santo, sino también de la Palabra: «Para que pueda limpiar la iglesia con el lavamiento del agua por la palabra.» «Ahora sois limpios por la palabra que os he hablado.» La palabra de Cristo es la corriente purificadora del Espíritu. «Santifícalos por medio de la verdad; tu palabra es verdad.» Primero nos muestra nuestra impureza, la ley de Dios, los mandamientos de Cristo. El sermón del monte, las mil instrucciones al servicio cristiano nos muestran en qué nos quedamos cortos; nos muestran el camino de la pureza. Pero esto no es lo mejor; nos dan también la promesa de la purificación por la cual podemos recibir y retener su gracia santificadora. Así que leemos: «Así que, amados, puesto que tenemos estas promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2a Corintios 7:1). Y también Pedro nos dice en su segunda epístola: «Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas. para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo salido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.» ¿Ves en ti falta de pureza?

Acógete a la promesa y reclámala para ti. ¿Qué puedes desear más que: «Si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Hijo?»

 

Hay, pues, un remedio para toda impureza. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonamos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.» Si tienes algún pecado que te turba, tráelo a la luz, y entrégalo para que sea eliminado; si lo haces, Él es fiel y justo. Él te perdonará, y habiéndote perdonado, lo limpiará, esto es, lo eliminará y ya no te dominará más; Él te limpiará de toda maldad. De modo que la Palabra es nuestro lavatorio y siempre el agente eficiente en las manos del Espíritu Santo.

 

¿En qué consiste esta limpieza tipificada aquí? Primero, la regeneración, el damos una nueva naturaleza, un nuevo corazón. Esta viene después de haber confiado en Jesús, después de haber acudido al altar de la sangre y dejar allí nuestros pecados. Luego, el bendito Espíritu Santo pone en nosotros una nueva vida y un nuevo espíritu. Este es el primer paso; es el lavamiento de la regeneración. Pero hay una purificación más completa que ésta; a saber, la gracia santificadora de Jesucristo. Esto es la consagración entera y completa a Dios, por medio de la cual se pasa a ser suyo, y sólo suyo, y El pasa a ser nuestro y nos llena con su propia naturaleza y su propio Espíritu. Él toma posesión de nuestros deseos, nuestra voluntad, nuestros afectos y todas las facultades y potencias de nuestro ser, y pasa a ser el poder que domina, controla y guarda nuestra vida, el revestimiento de Cristo, por medio del Espíritu en nuestro corazón. No es que obtengas meramente un nuevo corazón y luego sigas luchando con los mil elementos del mal, sino que todo tu espíritu y alma y cuerpo han sido dedicados al Señor, preservados sin reproche para la venida del Señor Jesucristo. Indudablemente esto está presentado en este antiguo lavatorio. No es que los sacerdotes consiguieran algo de purificación; el lavatorio quería decir que toda mancha era quitada de sus vestiduras, puesto que si hubiera habido la menor mancha en ellas no se habrían atrevido a entrar en el Lugar Santo.

 

Oh, amigos, si esto significa algo, lo significa todo. Si el Espíritu y la sangre de Cristo pueden quitar una mancha, las pueden quitar todas; si te pueden guardar un momento, te pueden guardar mil años; si te pueden dar una sola migaja, te pueden llenar del todo. Suponte que el sacerdote hubiera dicho: «Voy a limpiarme una mancha hoy, y otro día me limpiaré otra•, ¿cuáles habrían sido las consecuencias si se hubiera atrevido a entrar en el Tabernáculo?

 

Dios había dicho: «Que se laven con agua, para que no mueran.» Una sola mancha habría sido como un conductor eléctrico para recibir el rayo de la cólera divina. El Espíritu de Dios requiere de nosotros una purificación total, aunque también nos la proporciona, y el mayor obstáculo que hay para recibirla es que tenemos miedo de creer en un evangelio tan grande. Tenemos miedo de aceptar a Dios por lo que dice, y pensar que está dispuesto y es capaz de hacer lo que dice. «Entonces rociaré agua limpia sobre vosotros y seréis limpios.» Creo, amigos, que una mancha de pecado en vuestro corazón será como una mancha de gangrena en vuestro cuerpo. Hemos de ser limpiados. No hablo de equivocaciones y confusiones. sino que hablo de no tener en nuestra mente el conocimiento de ningún acto voluntario de pecado. No creo que sea posible entrar en la presencia de Dios, ni tener comunión o paz con Dios si toleramos o consentimos en nuestro corazón o vida algo que sepamos esté mal, y con todo, no creo que podáis decir: «Es demasiado esperar de Dios que mantenga a un hombre así, en este estado.» Dios dice que ésta es la forma en que te guardará y tú no tienes derecho a rebajar su vigilancia y cuidado y su preciosa redención. Aceptémosle plenamente y aunque El pueda ver en nosotros diez mil cosas que nosotros no vemos, y aunque El nos guiará siempre a un mayor grado de santificación, esto es muy diferente de tolerar el mal. Creo que Dios nos acepta como puros cuando nos consideramos puros a la luz que tenemos, y hacemos todo lo que sabemos que es su bendita voluntad.

 

Amado, ¿estás totalmente limpio ahora? ¿Has acudido al lavatorio de Dios para mirarte, sintiendo que todo depende de que no tengas cuentas pendientes con Dios? ¿Lo has presentado todo delante de Él? ¿Has tomado el agua purificadora, así como la sangre que limpia, para eliminar toda mancha, de modo consciente y deseándolo? ¿Crees que Dios te limpia? Y. ¿oyes al Maestro que dice: «Ahora sois limpios por la palabra que os he hablado»? ¡Oh, cuán conmovedor que dijera esto al pobre Simón Pedro, al mismo discípulo que al cabo de veinticuatro horas había de pecar otra vez!

 

Pero El los limpió y ellos quedaron limpios, y lo creyeron; y aunque tropieces mañana, amado, acepta su purificación hoy. Y si le aceptas como Pedro debía aceptarle, El te guar dará de caer, y te llevará a la presencia de su gloria al fin con sobreabundante gozo.

 

Esto nos lleva a otro punto, a saber, a la aplicación continua de la purificación. El lavado no era único, sino que había que hacerse con frecuencia, era una ceremonia que se repetía: habían de hacerlo cada vez que iban al santuario y al altar. Esto hace resaltar una verdad preciosa: que es la siguiente, el Señor Jesucristo, después de consagrarnos totalmente, y de llenarnos completamente, tiene todavía gracia para llenarnos cada día, y gracia para vencer todos los males y pruebas de la vida. Creo que verás esto mejor en el versículo diez del capítulo trece de Juan. Allí usa dos expresiones, no idénticas, porque los verbos son distintos en el original. El uno describe una limpieza a conciencia: «El que está lavado» (v. 10) «no necesita sino lavarse los pies».

 

La palabra «lavado» aquí significa «totalmente limpiado; esto es, lavado del todo, alma y cuerpo, y completamente santificado. No necesita que se le haga esto otra vez, pero necesita aún que «se le laven» los pies, que se le quiten las manchas pequeñas que se acumulan al pasar por la tierra, pequeños pasos falsos que damos mil veces cada día. No necesita que se le salve y se le santifique, pero necesita que se le lave una y otra vez, de las mil manchas que no han entrado en su corazón, pero que han ensuciado sus pies. El que ha sido lavado no necesita que todo su cuerpo sea sumergido debajo de la corriente, pero necesita que se le quiten las pequeñas manchas diarias. Tu has sido lavado en sentido amplio, pero si no eres lavado en el sentido restringido no tendrás parte con El. Tu comunión quedará interrumpida hasta que seas lavado.

 

Queridos amigos, éste es el significado del acudir diariamente al trono de la gracia, para hallar el oportuno socorro. Este es el privilegio del cristiano más consagrado. Este bendito lavatorio está abierto en nuestros corazones continuamente, y el gran Sumo Sacerdote está siempre allí, con el hisopo, para rociarnos, para lavarnos una y otra vez, de la menor sombra de contacto que llega hasta nosotros de los espíritus de otros o de la atmósfera del mundo en que vivimos.

 

Y luego, qué consuelo es el saber que el agua descendía al nivel de los sacerdotes. Es importante que no tuvieran que subir a ella, sino que podía ser derramada sobre sus vestidos simplemente abriendo las espitas y poniéndose debajo.

 

«El que descendió es el mismo que también subió, por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.» Esta es la palabra de fe, pero ¿qué

dice?: «Cercana está la palabra en tu boca y en tu corazón, ésta es la palabra de fe que predicamos, que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y crees en tu corazón que Dios le levantó de los muertos serás salvo.» (Romanos 10:9 y Efesios 4:10.)

 

Pasemos ahora adelante para mirar a las personas que han de ser limpiadas. Eran los sacerdotes de Dios, aquellos que iban a ministrar en la presencia inmediata de Dios. No era el pueblo común, la muchedumbre no santificada; eran los consagrados a Dios, y que estaban en este bendito lugar de privilegio que pueden ocupar hoy todos los creyentes. El sacerdocio antiguo significaba servicio consagrado. Hubo un tiempo, pienso. que creímos que esta gracia santificadora se nos daba para prepararnos para la gloria del cielo. Pero estoy contento de ver que se va esparciendo en la Iglesia la creencia de que esto no es el final, sino el principio del servicio cristiano. La situación de este lavatorio no era a mucha distancia, sino exactamente junto al altar del sacrificio. Primero, los israelitas tenían que acudir al altar donde ofrecían la víctima, y luego iban al lavatorio, donde se lavaban las manchas. Todo esto tenía lugar antes de entrar en el Lugar Santo, el santuario de Dios, para la comunión más inmediata con El. Ahora bien, amados, éste es el significado y lugar de la santificación. ¡Oh, que podamos aprender dónde estamos! Cristo no guarda o retiene tu santificación hasta que llegues al Lugar Santísimo. Te la da inmediatamente después que has sido perdonado, para que entres a su servicio, hagas su obra consagrada, y vivas una vida de pureza para su gloria y para el bien de los hombres.

 

Y ahora, amigos, si es verdad que Dios ha provisto esta consagración para nosotros, ¡qué responsabilidad pone esto sobre cada creyente! ¡Mirémosla!

 

No se halla escondida detrás de las cortinas; está abierta a todos y por ello abierta para ti. Si no la recibes, ¿qué dirás a Cristo en el día de su venida, cuando te pregunte: «Amigo, ¿cómo has entrado sin tener el vestido de boda?• ¿Qué puede decir un cristiano que vive en algún pecado? Mucho me temo que te quedarías mudo, y no tendrías nada que contestar. Asegurémonos de que no sólo hemos acudido al altar y a la sangre, sino también que hemos sido lavados con agua pura, y que mantenemos constantemente nuestros vestidos sin mancha de este mundo, lavados en la corriente de su amor.

 

Tenemos el altar que nos habla de su obra terminada; tenemos la fuente que nos habla de la provisión infinita para nuestras necesidades. La idea específica del lavatorio era la purificación. ¿La hemos recibido? ¿Estamos andando con el Espíritu de Dios? Hemos confiado en el Salvador; ¿hemos confiado también en el Espíritu Santo? Ya hemos recibido la sangre. ¿Hemos recibido en la misma plenitud las inagotables provisiones de su Espíritu?

 

Todos hemos tenido en gran estima el amor que durante treinta y tres años habitó entre nosotros como un mártir y un desterrado. Pero, ¿hemos reconocido un amor igual que durante casi dos mil años ha hecho su hogar en la raza vil y pecadora, residiendo como podríamos decir en un hospital de leprosos, para limpiar la suciedad de nuestra culpa? Me avergüenzo siempre que pienso en este amor y paciencia, de que no le haya amado más, y me haya rendido de modo más completo a su gracia. ¡Oh, recibe al Espíritu Santo de nuevo en el día de hoy! ¡Que su vasta y poderosa corriente de amor fluya en tu naturaleza, y al seguir adelante con el conocimiento de su presencia, que dejes fluir las aguas por toda tu alma, para ser lavado totalmente! El lavatorio siempre estaba lleno. Y lo mismo hoy; hay bastante para todos.

 

También desciende al nivel de todos v cada uno de nosotros. Spurgeon cuenta una historia muy interesante y curiosa de su juventud. Dice que cuando era un muchacho iba con su hermano a las casas de dos tías suyas con cierta frecuencia. Cuando iban a ver a tía Margaret, nunca recibían muchas galletas ni golosinas, pues siempre las guardaba en el estante de arriba. Pero que cuando visitaba a su tía Jane, tenían todo lo que querían: ella se lo daba enseguida y siempre guardaba las galletas en el estante de abajo.

 

¡Cuán cerca nos pone Cristo la salvación! La ley la pone arriba en el Sinaí; apenas podía alcanzarla Moisés. Pero Cristo se pone al nivel del niño más débil, y la pone donde cualquiera la puede alcanzar, como aquellas aguas que fluían al pie del lavatorio, asequibles a todos. Y hemos de estar contentos dé que las aguas de su amor v purificación están manando a nuestros pies. Ponte debajo de ellas. Toma lo que Dios ha puesto tan cerca y luego ve a su santuario y ministra para su gloria, y por amor de un mundo pecador.

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