EL PAN DE LA PROPOSICION

«Harás asimismo una mesa de madera de acacia; su longitud será de dos codos, y de un codo su anchura, y su altura de codo y medio. Y la cubrirás de oro puro, y le harás una cornisa de oro alrededor. Le harás también una moldura alrededor, de un palmo menor de anchura, y harás a la moldura una cornisa de oro alrededor. Y le harás cuatro anillos de oro, los cuales pondrás en las cuatro esquinas que corresponden a sus cuatro patas. Los anillos estarán debajo de la moldura, para lugares de las varas para llevar la mesa. Harás las varas de madera de acacia, y las cubrirás de oro, y con ellas será llevada la mesa. Harás también sus platos, sus cucharas, sus cubiertas y sus tazones, con que se libará; de oro fino los harás. Y pondrás sobre la mesa el pan de la proposición delante de Mi continuamente.» (Exodo 25: 23-30.)

«Y tomarás flor de harina, y cocerás de ella doce tortas; cada torta será de dos décimas de efa. Y la pondrás en dos hileras, seis en cada hilera, sobre la mesa limpia delante de Jehová. Pondrás también sobre cada hilera incienso puro, y será para el pan como perfume, ofrenda encendida a Jehová. Cada día de Sábado lo pondrás continuamente en orden delante de Jehová, en nombre de los hijos de Israel, como pacto perpetuo. Y será de Aarón y de sus hijos, los cuales lo comerán en lugar santo; porque es cosa muy santa para él, de las ofrendas encendidas a Jehová, por derecho perpetuo.» (Levítico 24:5-9.)

«Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en El. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por medio del Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por medio de mí. Este es el pan que descendió del
cielo; no como comieron vuestros padres el maná, y murieron; el que coma de este pan, vivirá eternamente.» (Juan 6: 55-58.)

Al otro lado del Tabernáculo, a la derecha, según entramos, y a pleno resplandor del candelero de oro, que parece brillar con el propósito de revelar su existencia, se halla la mesa del pan de la proposición, que estos versículos describen y cuyo significado explican.

Es una simple mesita, de dos codos de longitud y uno de anchura, codo y medio de altura, cubierta de incienso en polvo, ofreciendo delante del Señor continuamente, como recordatorio. Cada Sábado son renovados estos panes, y los antiguos son comidos por los sacerdotes en el Lugar Santo, mientras que el incienso es quemado delante del Señor en el altar de oro del incienso.

Además de los panes, hay también bandejas y vasijas para vino, ofrecido al Señor como bebida y que los sacerdotes bebían los Sábados en el santuario.

Este símbolo familiar es tan natural y expresivo que no hay duda respecto a su significado, y no hay dificultad para captar su hermosura y adecuación.

Como el agua y la luz son los símbolos naturales de la purificación y la iluminación, el pan expresa bien la satisfacción y provisión para las necesidades más profundas del alma que Cristo proporciona y el Evangelio revela. La misma idea simbólica fue presentada previamente en el maná, que cayó durante cuarenta años en el desierto, y que, se nos dice, fue enviado para mostrar •que no sólo de pan vive el hombre, sino con toda palabra de Dios». En el pan y el vino de la Cena del Señor que se preserva el mismo elemento como el símbolo perpetuo de la provisión de la Iglesia de Cristo para las necesidades de su pueblo.

Nuestro Salvador ha reclamado este símbolo para sí mismo en el capítulo seis de Juan, y muestra con cuánta adecuación expresa la vida real que el alma puede encontrar sólo en su vida y muerte y su Persona que da vida. De ella, los elementos naturales sólo son símbolos y presentimientos. Esto es sólo la figura, pues El es el verdadero Pan. Su carne es verdadera comida, y su sangre es verdadera bebida.

1. La preparación del Pan. Hay una buena parte de este símbolo que de modo natural sugiere los misterios más profundos y santos de la persona y obra de Cristo.

El pan es el fruto de la tierra, que fue maldecida por el pecado del hombre. Por ello Cristo nació de una raza pecaminosa y maldita, y entró bajo la maldición para ser la vida y sostén del alma humana. El pan nace de la muerte. La semilla debe ser enterrada en el suelo y ha de morir antes de que pueda producir la cosecha.

Así, también Cristo mismo ha usado esta hermosa figura y como el grano de trigo al morir crece en una vida más amplia, El fue también plantado en la muerte en el suelo del Calvario, para que de su oscuro sepulcro pudiera salir vida de resurrección, para dar vida al mundo.

¿Es poner demasiado dentro del símbolo el decir que como el pan debe ser molido y amasado y cocido en el horno, también el pan celestial ha de ser perfeccionado y preparado bajo presión y puesto bajo la acción consumidora de la llama del sufrimiento.?

Y, como en el mundo natural, la vida no es mantenida por un poder transmitido directamente, sino en la forma concreta del pan, la vida del alma no es recibida directamente de Dios, sino en la Persona de Cristo.

Los panes deben ser preparados, y lo mismo el Pan de vida ha de ser presentado en una forma en que podamos participar de él, no trigo, ni harina, ni pasta, sino pan. Así, la divina verdad y gracia deben ser adaptadas a las necesidades humanas. No toda verdad es pan, mucha predicación consiste solo en presentar espigas enteras de trigo, con las cáscaras, todo ello. Una relación directa divina con Dios no habría sido pan para una raza moribunda: lo que necesitaba era una redención y una revelación concretas, una persona que recibiera y concentrara en si misma todo lo que Dios es para la humanidad perdida, la verdad encarnada. el Evangelio de un Salvador personal, amante, sufriente, que expía el pecado.

Había doce panes, amplia provisión para todas las tribus. Así, Cristo es nuestro suficiente Salvador. Hay una provisión especial para cada tribu. No un pan para todas, sino una provisión personal para cada tribu. Esta es la manera en que Cristo salva. No a todos los hombres en masa, sino a cada uno separadamente: «Probó la muerte para cada uno.» El tiene un pan para cada uno. Hay un lugar específico para ti en el corazón de Dios, en la obra de Cristo, en los pensamientos del Señor, en los lugares preparados en el cielo, como si tú fueras el único para el cual El murió y vive. ¡Oh, cuán conmovedor es este amor individual de mi Redentor para mí! ¡Qué aliento para mí el reclamar mi parte, toda ella para mí! Yo no quito nada a otros al recibirlo todo, y no hago rico a nadie al renunciar a todo.

Todo el pan era sin levadura. No panes, sino tortas, porque el proceso de fermentación era un símbolo del pecado y el decaimiento. Los sacerdotes de Dios deben comer pan incorruptible. La razón por la que muchos están débiles y enfermizos es porque usan pan con la levadura del placer humano, el orgullo, el pecado. «Trabajad no por la comida que perece, sino para la que permanece.

II. La Ofrenda del Pan. Antes de comer el pan, los sacerdotes lo ofrecían a Dios durante siete días, como una ofrenda de comida.

Del mismo modo la obra salvadora de Cristo era tanto una ofrenda a Dios como una provisión para el hombre. No perdamos esto de vista. Había necesidades en el lado divino también como en el humano. Había la ley deshonrada, un amor retenido, una santidad ofendida por la impureza y el pecado.

Había el corazón del Padre que merecía el amor y la obediencia de una raza que había creado a su imagen: Y Cristo vino a responder a estos requerimientos divinos, aún más que a proveer a la miseria humana multitud de bendiciones. Cristo vino como respuesta del hombre a Dios, tanto como mensaje de Dios al hombre. Cristo vino con su sangre para cubrir las santas exigencias de la justicia, con su obediencia a cumplir las demandas de la ley, con su amor consagrado a llenar el anhelo de amor del corazón de Dios; con su pureza y justicia a satisfacer la santidad de Dios, y para hacer todo esto, como un hombre. De modo que en El, Dios vio a un hombre que cancelaba su propio pecado, que llevaba el justo castigo, recibía y obedecía la ley, le amaba y se sometía a su voluntad, entregándose a sí mismo como ofrenda de amor en el altar del sacrificio y presentando un carácter tan puro v santo que era el reflejo del suyo propio, y en él Dios se consideró satisfecho. Miró más allá de la raza humana que había pecado y estaba pecando y vio sólo a un hombre que estaba en su lugar, y en El Dios nos aceptó a todos. Era una satisfacción infinita para su bendita naturaleza y carácter. Era el pan de Dios así como el del hombre. Era un sacrificio a Dios de olor suave y su ser infinito dijo: «Este es mi Hijo amado, en el cual me complazco.» Y todos los que estamos en El somos aceptados por medio de El; su persona, su carácter, su obra, son sustitutos por los nuestros y somos aceptados en el Amado.

Y en tanto que su vida y espíritu vive en nosotros, nosotros, también, como El, somos una ofrenda a Dios, que le es aceptable. Como el hombre vive en Dios y encuentra en El su vida, Dios vive en sus hijos, y tiene en ellos su vida, su pan. Por ello en Apocalipsis 3:20, la fiesta es descrita: «Y cenaré con él, y él conmigo.»

Por ello encontramos a nuestro Salvador representando su obra como hecha primariamente para su Padre, su voluntad, su gloria, su contento, y también, antes de volver a reunirse con sus discípulos o permitirles comunión con El tiene que presentarse ante el Padre y ofrecerle su obra terminada. «No me toques —le dice María—, porque aún no he ascendido a mi Padre.• El pan debe ser ofrecido primero en la mesa celestial antes de que puedan participar de él los hijos de la tierra. El Cabeza de la mesa, el Padre, debe participar de la fiesta de salvación antes que sus hijos puedan recibir la copa de salvación. Pero una vez hecho esto, le encontramos después, no sólo permitiéndoles que le toquen, sino ordenándoselo, como a Tomás, que dudaba, o invitando a Pedro y a los otros diez, en la orilla de Galilea a aquella comida matutina que era el tipo de la la mesa abierta ahora a sus amados hijos, y el pan aceptado en el cielo y ofrecido en la tierra a todos los que tuvieran hambre.

III. Comiendo el Pan. En el día de Sábado eran quitados los antiguos panes y comidos por el sacerdote, y se ponían nuevos panes sobre la mesa. Y así, mientras Cristo es en el primer aspecto de su obra, una ofrenda a Dios, en el segundo es una provisión para las necesidades de su pueblo.

El significado espiritual de este lenguaje no lo puede entender nadie sino un cristiano. Y para el verdadero creyente, para un alma que ha sentido la profunda necesidad interna de Cristo y ha conocido su satisfacción, para un alma que ha sentido el sentimiento aplastante del pecado y luego la dulce seguridad del perdón y la paz por la voz de su Espíritu, para un alma que ha sentido la decepción profunda del goce humano, y el amargo dolor de la aflicción humana, y luego, después de todo esto, halló la dulzura satisfactoria, real y profunda de sus consolaciones, más preciosas que el oro y más necesarias que el alimento, que conoce este Evangelio más interesante que toda imaginación humana, y ha hallado su camino hasta la Persona de Jesús y conoce lo que significa su presencia perpetua y su ayuda; para su alma que conoce todo esto o parte de esto, como miles lo conocen hoy, sería un intento vano el interpretar e ilustrar palabras como «Yo soy el Pan de vida, el que de mí comiere nunca más tendrá hambre, el que cree en mí no tendrá sed jamás. Yo soy el pan de vida. El que come mi carne permanece en mí y yo en él. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.» La llave dorada que abre estos misterios está en el lugar secreto de tu propio corazón.

Este pan era comido sólo por los sacerdotes. Estos eran el tipo del verdadero creyente, de modo que todos los cristianos, todos los verdaderos creyentes, pueden alimentarse de Cristo. Los otros no lo entienden. Los otros no lo desean. Los otros no tienen ni apetito ni órganos para asimilarlo. Fue una provisión hermosa, que mientras los tarados v defectuosos no podían dedicarse al ministerio del altar del incienso de Dios, no se les impedía comer del pan en el Lugar Santo. Y así, aunque puedas ser demasiado débil como cristiano para hacer ningún ministerio útil para Cristo, aunque puedas ser inconstante y frío incluso para ofrecer culto de adoración, no estás apartado de las provisiones de la casa de Dios. Cristo quiere especialmente alimentar y nutrir a los débiles. Ven y aliméntate de El hasta que estés fuerte y tus manos y pies, tu voz y tu lengua se podrán juntar, sin tara, en su servicio también.

El pan era comido el Sábado, quizás un tipo de la provisión especial que Dios hace para sus hijos en su día. Aquí está la mesa de familia y el día de nutrición peculiar cristiana. El que se abstiene de la comida se hallará mal preparado para los conflictos y tareas de la vida. Pero es casi un error tan fatal como el anterior el considerar que este día es el único para la renovación espiritual.

Cada nuevo día requiere nueva fuerza y gracia, y uno debe tener el «pan cotidiano». Toda la vida del verdadero creyente es un Día de Reposo en el sentido de que ha entrado en el reposo del pecado y del dominio del yo, en el reposo de Cristo, y en el goce de su paz, el cristiano puede cantar: «Nada me faltará. Me hará descansar en lugares de delicados pastos, junto a aguas de reposo me pastoreará.» ¿Conoces ya este Sábado, y has hallado en Cristo este Pan de Vida?

IV. El Vino. La vida necesita más que el sustento mínimo. Se requiere un cordial estímulo para el que desmaya; refrigerio para el débil, y alegría para el buen amigo. El Evangelio ha provisto para las capacidades elevadas y las necesidades más especiales del hombre. Vino de vida que fluye con pasión en olas plenas y ricas en las venas de los jóvenes. Vino que arrebata. Hay goces profundos y santos; hay consuelos perpetuos; hay éxtasis de amor y esperanza y comunión; hay horas de paz que sobrepasan el entendimiento; hay iluminaciones del alma, visiones de verdad y revelaciones de Dios, premoniciones del cielo, y hay avenidas de poder y gloria que emocionan todo lo que hay de divino en el alma, hasta que toda otra vida parece muerta, y la muerte es vida en la gloria revelada. ¡Oh, hay vino, vino refinado, así como pan en la casa de Dios, y el que lo ha bebido una vez dirá como el maestresala de fiesta: «Has guardado el buen vino hasta ahora.»!

V. El Incienso. Este era el símbolo de la aceptación. Era quemado en el altar mientras el sacerdote participaba del pan y esparcía su dulce
perfume por todo el Lugar Santo.

La primera verdad que esto sugería era la dulce aceptación por parte de Dios de la obra de Cristo. No sólo es ofrecida, sino también aceptada.

La segunda verdad era la aceptación de la comida sagrada de los sacerdotes como un acto de culto. Dios los aceptaba al comerla. No hay servicio más aceptable que podamos rendir a Dios que el alimentarnos en Cristo y el regocijarnos en El. Marta llenó su mesa de comida para su Dios, pero a María le agradó más al sentarse a sus pies y escuchar sus palabras que alimentaban su vida y su amor, y adorarle, recibiendo lo que El le daba.

VI. La Mesa. Su propósito era exhibir el pan. Esto es lo que la Iglesia y el ministro debe hacer. Esto es lo que estamos intentando hacer hoy. ¡Qué lecciones podemos aprender de esta mesa!

Era sencilla. Sólo tenía una utilidad, no mostrarse a sí misma, sino el pan. Así, el ministro está desplazado cuando con su brillantez oscurece al Salvador.

Cuando un gran pintor italiano hubo terminado su cuadro de la Ultima Cena, lo mostró a un amigo: «¡Qué hermosas copas!», exclamó éste. El pintor embadurnó las copas con pintura, con dolor en su semblante. Había fracasado. Había pintado copas, pero no al Salvador. Muchos sermones no son más que una exhibición de habilidad pictórica y presentan copas, mientras que el Salvador queda en el trasfondo. ¡Que Dios nos haga como esta mesa, que presentaba el pan!

Servía para sostener el pan como una ofrenda a Dios, así como para el uso del sacerdote, de modo que el principal objetivo de nuestro ministerio debería ser presentar a Cristo para la gloria de Dios, así como para el bien del hombre. Si hablas de Cristo, si vives en Cristo, de modo que Dios vea a Cristo en ti, es el cielo, aunque los hombres no se gocen. Si he mantenido en alto a Cristo de modo que Dios esté satisfecho, aunque tú no hayas comido el pan, mi ministerio no se ha perdido.

Nuestro mayor objetivo debería ser para Dios. Pero la mesa era también para sostener el pan del que habían de participar los sacerdotes. Y también nosotros hemos de ofrecer a Cristo al mundo. Pero aprendamos la lección de los panes y el incienso. Panes, no trigo, pasta, o lo que sea —pan, preparado para las necesidades presentes del alma, compacto, caliente, sencillo y en pequeñas cantidades.

Y el incienso, oloroso, dulce, atractivo, de modo que coman y vivan. Con el pan debe ir el incienso.

En resumen: ¿qué significa todo esto para ti? ¿Estás viviendo del pan de Dios o estás muriéndote de hambre, cuando en la casa del Padre hay abundancia de pan? La desgracia de la Iglesia de hoy es el esfuerzo espiritual y el morirse de hambre. Los hombres, por todas partes se van «alimentando» de racionalismo alemán, socialismo francés, sensacionalismo norteamericano, protoplasmas sin vida, acciones y billetes de banco y placeres nocivos. «¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Oídme atentamente, y comed lo bueno y se deleitará vuestra alma con lo más sustancioso.»

¿Hay alguna alma hambrienta leyendo estas palabras? Cristo está a la puerta y llama. Quiere entrar para poner la mesa y cenar contigo, porque tu salvación será comida y bebida para El, y luego quiere que tú cenes, con El, de sus ricas bendiciones de gracia, ahora, y banquete de gloria para siempre.

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