LA LUZ


 

«Harás además un candelero de oro puro; labrado a martillo se hará el candelero; su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores, serán de lo mismo. Y saldrán seis brazos de sus lados; tres brazos del candelero a un lado, y tres brazos al otro lado. Tres copas en forma de flor de almendro en un brazo, una manzana y una flor; así en esos seis brazos que salen del candelero; y en la caña central del candelero cuatro copas en forma de flor de almendro, sus manzanas y sus flores. Habrá una manzana debajo de dos brazos del mismo, otra manzana debajo de otros dos brazos del mismo, y otra manzana debajo de los otros dos brazos del mismo, así para los seis brazos que salen del candelero. Sus manzanas y sus brazos serán de una pieza, todo ello una pieza labrada a martillo, de oro puro. Y le harás siete lamparillas, las cuales encenderás para que alumbren hacia adelante. También sus despabiladeras y sus platillos, de oro puro. De un talento de oro fino lo harás, con todos estos utensilios. Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte.» (Exodo 25:31-40.) En relación con esto, léase también Mateo 5: 16: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de tal modo que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»

 

Las dos figuras, la luz y el aceite, son muy hermosas e interesantes, incluso en su simbolismo natural. La luz fue lo primero creado en el mundo natural y su gloria principal. Es esencial, prácticamente, para la existencia de la vida. Es lo que viste todo lo demás de hermosura y color. Es lo que da su gloria al arco iris y las piedras preciosas. Es lo que hace del diamante algo más que un pedazo de carbón. Es lo que llena de hermosura el rostro humano, y es lo que nos da todo lo hermoso en nuestras relaciones humanas y todas las maravillas del mundo natural. No sólo tenemos la luz que nos viene de fuera, sino también la que viene de dentro; el sentido de la vista; el poder de la sabiduría que trae a nuestro conocimiento y percepción los objetos de la naturaleza que nos rodea.

 

Hallamos esta figura en toda la Palabra de Dios, desde el principio. Era el símbolo más marcado de su presencia. Apareció en el Huerto de Edén, en la luz del Shekiná. Apareció a Abraham en la antorcha humeante que pasaba entre los animales divididos en el sacrificio. Apareció en el desierto a los hijos de Israel en la columna de fuego. Apareció a Moisés en la zarza ardiente. Jesús usa esta figura respecto a El mismo; dice que es la luz del mundo, y de sus hijos de un modo particular. El Espíritu Santo es también la fuente de luz. Y la visión del Apocalipsis termina con la luz que es más brillante que el Sol, y el arco iris rodeando con su fulgor el trono para siempre.

 

También la figura del aceite nos sugiere pensamientos interesantes. Es la fuente de luz artificial. Contiene en sí los elementos de la vida y la sanidad, y en contacto con el fuego. los elementos de la luz. Fue usado en relación con la consagración de los sacerdotes, y en la curación, pero fue puesto aparte, de modo especial, para la iluminación del santuario de Dios. Y Dios dio instrucciones específicas, sancionadas con penas terribles, para que no fuera falsificado. Si alguno intentara imitarlo o falsificarlo, había de ser cortado de entre el pueblo. Sus ingredientes se mezclaban de una forma misteriosa para su uso sagrado, para iluminar el santuario de Dios.

 

Las dos figuras de luz y aceite se combinan en el candelero de oro, cuya descripción ya hemos leído. Estaba dentro del antiguo santuario de Dios, el primer objeto que se veía al entrar por la puerta, a la izquierda. Al otro lado estaba la mesa de los panes de la proposición. Estaba delante del altar del incienso.

 

El candelero era labrado de oro macizo, y su valor actual en dinero sería incalculable. Entró un talento de oro, labrado a martillo, en esta obra de arte.

 

Consistía en un tallo o brazo en el centro, con tres brazos laterales a cada lado, probablemente un poco más bajos, y estaba adornado con tres clases de ornamentos, manzanas, flores y copas como almendras. Así que cada uno de los brazos a cada lado estaba adornado con una flor de oro, luego una manzana, y al extremo del brazo, en su punta, un recipiente como una almendra que contenía el aceite que producía la luz.

 

Dios dio instrucciones muy específicas respecto a estos ornamentos, y le dijo a Moisés que tuviera cuidado en hacerlo según el modelo que había visto.

 

Todo había de ser del mismo oro que el tallo central. Las flores, las manzanas y los receptáculos eran probablemente adornados y muy hermosos. Luego estaban también los utensilios corrientes: las despabiladeras y los platillos. Las lámparas eran rellenadas con aceite cada día por los sacerdotes. El candelero era tan valioso que más tarde pasó a ser una tentación especial de los conquistadores, y hallamos que, cuando cayó Jerusalén, después del tiempo de Jesucristo, el candelero se hallaba entre los despojos de los conquistadores romanos. El recuerdo más vívido que los viajeros tienen del Arco de Tito en Roma es el relieve del candelero, llevado por los soldados romanos en su marcha triunfal. Se dice que se perdió en el Tíber y desapareció completamente sin que se haya sabido nada más de él.

 

Presenta muchas lecciones importantes. Consideremos algunas. Dios no quiere que su casa esté adornada ahora con adornos costosos; a menudo ha ocurrido que su nombre ha sido menos honrado allí donde había más adornos y lujos. Lo que El quiere es la pura luz de la iluminación divina, por medio de su palabra y el Espíritu Santo en nuestro corazón y nuestra mente, y este antiguo candelero era un símbolo de estas cosas. ¡Que Dios nos enseñe algo sobre esto hoy, y lo haga más real en nuestros corazones!

 

En primer lugar, nos enseña que Cristo es la luz del mundo. Esta figura de la luz es siempre apropiada para El. Dios ha dado la luz de la razón a la mente humana, Y es El quien trae luz al alma que vuelve a nacer. En la Nueva Jerusalén  El será la luz de la ciudad. Si quieres luz en tu alma necesitas que Jesús entre en ella; El disipará las tinieblas, la perplejidad, el pecado y todo mal. «Dios es luz, y en El no hay tinieblas.» (Esto echa por tierra lo del ying yang).

 

También nos dice esto que el Espíritu Santo es el instrumento de la luz. Mientras que la luz nos habla de Cristo, el aceite lo hace del Espíritu

Santo que habita en vosotros.» El Señor ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo. «La unción que habéis recibido de El : «El Espíritu del Señor es sobre mí, porque el Señor me ungió para proclamar buenas nuevas, para predicar el evangelio a los pobres.» Jesús fue llamado Cristo porque había sido ungido.

 

En tercer lugar, el candelero de oro no simboliza sólo a Cristo y al Espíritu, sino también a la Iglesia y al cristiano. Nos representa a nosotros como reflectores de su luz. Nos representa como portadores de luz, completos, séptuples, que irradiamos este reflejo al mundo en tinieblas que nos rodea y al hacerlo somos también luces en el mundo. (Es decir que no somos “bombillas”, sino “farolas y lamparas”) «Vosotros sois la luz del mundo.» «Que vuestra luz alumbre delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»

 

Estos son, pues, los puntos especiales de significación de este antiguo tipo de la luz: Jesucristo nuestra luz perfecta; el Espíritu Santo que nos trae esta luz y la desparrama en nuestro corazón, como la atmósfera nos trae la luz del sol y la desparrama por el mundo; y el creyente y la Iglesia de Cristo que sostienen los candeleros que alumbren, reflejan la luz en la oscuridad de un mundo pecaminoso.

 

Vamos a recoger a continuación algunas de las lecciones que emanan de estas líneas de verdad:

 

1. La luz que Dios nos da es toda divina, en ningún sentido humana. Este aceite, como dije, no era preparado en un proceso ordinario, ni obtenido con alguna receta humana, sino que era hecho con materiales especificados divinamente. Y así, esto nos enseña que la luz que necesitamos no procede de los hombres, ni de los razonamientos de los sabios, ni de nuestro intelecto y buen juicio, sino que nos viene de Jesucristo y su preciosa Palabra. Y toda la luz que Dios da al alma en su viaje celestial debe ser divina.

 

2. También vimos que no había luz en el antiguo Tabernáculo aparte de ésta. No había ventanas; el candelero era la única iluminación en el santuario de Dios. Y esto nos enseña que nosotros no hemos de tener otra luz si no a Dios. Cuando confiamos en El hemos de confiar enteramente en El. «Confía en el Señor de todo tu corazón, y no te fíes de tu propio entendimiento.» ¿Tienes esta luz? ¿Has sacado todas tus ideas de la Biblia, del Espíritu y de Dios?

 

¿Está tu Tabernáculo en parte iluminado por luces de oro y en parte por la luz turbia del mundo? No es de extrañar que se haga algo oscuro a veces.

 

Veamos si tenemos la luz según el modelo del monte. Muchos cristianos andan descarriados en esto. No tienen cuidado de tener toda su luz de arriba.

 

3. También, sabemos por el antiguo candelero, que la luz que da Dios es una luz perfecta. Era una luz séptuple, y el número siete, como es sabido, representa plenitud. No había sólo una lámpara, sino siete, y tenían toda la luz que era requerida. Y también Dios nos da luz que no tiene tinieblas en ella.

 

Cuando El nos guíe, nos hallaremos siempre en el buen camino. Y cuando El enseña, podemos estar seguros de que no puede errar. «Dios es luz, y en El no hay ningunas tinieblas.»

 

Por ello el Espíritu Santo es llamado «los siete espíritus delante del trono.» Está el espíritu de paz, el espíritu de filiación, el espíritu de gozo, el espíritu de amor, el espíritu de confianza. el espíritu de oración, el espíritu de santidad, el espíritu de poder; éstos son todas diferentes formas de luz, pero son todos ellos la misma luz divina. Así que Dios tiene muchas clases de luz. Tiene la luz del día, y la luz de la noche. El es la luz que guía y la luz que glorifica. Él es la luz que resplandece con tan gran poder sobre tus pecados que te hace llorar. Y Él es la luz que brilla en su propio rostro, su preciosa cruz y sangre, y te rescata del pecado y hace que tu corazón se sienta feliz en su gozo. A veces la luz brilla procedente de su verdad, y a veces de la presencia del Espíritu en la vida interior.

 

La luz sorprende a veces al cristiano, pues El canta, Es el Señor: se levanta, Con sanidad en sus alas.

 

Y a veces no podemos guardarla, sino que resplandece y derrama su gloria sobre otros la luz séptuple de Dios en el corazón.

 

4. Además, esta luz revela los otros objetos del Tabernáculo. Muestra a los sacerdotes las otras cosas hermosas y preciosas que hay alrededor. Les revela la mesa, cubierta con el pan y el incienso. Lo mejor de la luz es que no se muestra a sí misma, sino al pan. Y así, cuando llega esta luz, no nos deslumbra de tal modo que no podemos mirar, sino que la luz viene a mostrarnos el pan de vida: a mostrar que las promesas son para ti; cómo has de entenderlas; cómo has de recibirlas; cómo has de mantenerte firme y ser fuerte. Y todo el plan de la divina redención se hace personal para ti. La gracia de Jesucristo llena todo tu ser y te preguntas cómo es posible que no le hubieras tenido más plenamente antes, pareciéndote ahora tan fácil alimentarte en Cristo y apropiarte sus promesas. Es natural ahora, porque tienes la luz, que resplandece sobre la mesa y todo parece fácil y sencillo.

 

Y entonces puedes percibir y recibir el incienso, así como el pan, y absorber su dulzura con tu sensibilidad más fina. Ya sabéis lo que esto significa, queridos amigos. Aquí no hay sólo pan, sino todo lo demás que necesitáis. Yo solia desear la luz, tener una experiencia gloriosa. Pero estoy tan contento ahora de obtener la luz que me muestre cómo vivir en Cristo, que no la miro por su propia gloria, sino que la miro por su valor. Si miráis a la luz siempre deslumbra y resulta penoso; pero El nos da en la naturaleza luz sana con sombras, así como resplandor de sol, que nos muestra las pisadas cotidianas, y es para nosotros la luz de la vida. Creo que es algo peligroso estar deseando exhibiciones pirotécnicas. Es mucho mejor tener la luz sobria del día que nos muestra la manera de vivir.

 

5. También el candelero se ilumina a sí mismo. «El candelero se iluminará él mismo. Había de mostrar sus brazos, así como los otros objetos. Había de mostrar que todo estaba bien, que era de oro puro, que quemaba de un modo estable. Había de mostrar las hermosas flores, las manzanas, los receptáculos en almendra encima, llenos de aceite para iluminar el Tabernáculo. Y así, querido hijo de Dios, quieres tener luz para mostrar que vives bien, que floreces en fe y esperanza, y mostrar las manzanas que hacen de tu vida cristiana una bendición para otros, y mostrar los receptáculos en almendra que contienen el aceite, no sólo para alumbrar tu propio camino, sino también el camino de los que te rodean. ¿Muestra esta luz que eres como El mismo, trabajado a martillazos, de una sola pieza de oro y adornado con toda la hermosura y gracia del Espíritu Santo?

 

6. Además, esta luz tiene que ser avivada diariamente, tanto por el hecho de ser rellenadas las lámparas con aceite, como por el uso de las despabiladeras, para cortar el pabilo. El sacerdote tenía que añadir aceite, cambiar o cortar la mecha quemada y conservarlo todo limpio y puro. Y así Dios tiene que usar sus despabiladeras y llenarnos con su Espíritu Santo. Tú y yo sólo podemos brillar con amor cuando estamos llenos de amor. Hemos de recibir diariamente provisiones de su luz, y hemos de procurar eliminar toda clase de obstáculos. ¿Tienes un par de despabiladeras? ¿Has eliminado el residuo quemado de tu lámpara? ¿Tienes aceite celestial? Si no resplandeces, hay algo que lo impide.

 

7. Asimismo, el candelero no tenía luz inherente en sí; era sólo portador de luz, pero era el aceite el que daba la luz. Y así, tú y yo no somos la luz; Jesucristo es nuestra luz, y nosotros simplemente la recibimos v la reflejamos.

 

Este es el secreto de toda la santidad. Yo no soy la luz yo mismo, no es de esperar que tenga luz en mi persona; pero yo le tengo a Él, y Él se muestra. Él es la luz que brilla de mis ojos, mis gestos, mi tono, y yo soy meramente el candelero que deja que los otros le vean. Yo no estoy delante del mundo y les digo que soy fuerte, sino que les digo que Cristo es fuerte, y que yo uso su fuerza. Yo no les digo que soy sabio sino que Cristo es sabio, y yo uso simplemente su sabiduría. Yo no tengo fe, sino que es Cristo que la tiene, y yo saco de ella, momento tras momento, para glorificarle a El, no a mí. Yo no soy amor, y no espero que nunca pueda amar de propio impulso como Dios espera. Pero Jesús es mi corazón de amor; Jesús es el mismo amor, y Jesús es mío; su amor es mío; yo saco de El y lo doy, y presento su amor ante el mundo y digo: «El me hace posible amar como El ama, y con todo, sin El, yo sería un montón inerte de arcilla.» Creo que esto es lo que el Maestro quería decir con las palabras: «Que vuestra luz así alumbre delante de los hombres, que puedan ver vuestras buenas obras, y glorificar a vuestro Padre que está en los cielos.» Has de glorificar a Dios, no a ti. Los otros no han de decir: «¡Qué hombre más grande; qué gran cristiano, qué espíritu puro, qué mentalidad!• ¡Oh, no!, sino que han de decir: «¡Cuán lleno está de Cristo!

 

¿Por qué no he de poder ser yo como él? Me dice que es tan débil como yo, pero que Dios le provee de lo que necesita diariamente ¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo?» Esto es lo que quiero decir al hablar de sostener en alto la luz de Jesús y dejar que brille delante de los hombres de modo que los otros digan: «Esto es la gracia de Dios y yo puedo tenerla también.»
8. Zacarías nos da la descripción de una visión de este candelero en el cual hay siete puntos que no podemos hallar en ningún otro lugar. y uno de los más hermosos es que estos candeleros no eran llenados por medios mecánicos, sino que los diferentes cazos o receptáculos eran provistos de un aceite producido por dos olivos, los cuales se hallaban a uno y otro lado del candelero.

El aceite iba al depósito del candelero por medio de dos tubos, directamente desde el olivo, al parecer, sería necesario, y saliendo del aceite directamente del fruto del olivo. Este es un cuadro exquisito: la lámpara no necesitaba que nadie la llenara, sino que se llenaba ella misma, y los tubos
estaban siempre abiertos. Además, éste es el modo en que estamos unidos a El, de modo que constantemente seremos llenados de El.

 

Hay un olivo en un lado, el Señor Jesucristo, y en el otro lado el Espíritu Santo, los dos vertiendo su vida en nuestra alma e impartiéndose a sí mismos en nosotros en todo momento. No se trata de una bendición que tenemos de vez en cuando, sino de una comunicación y conexión constante.

 

De modo que acerquémonos a El; permanezcamos en El; tengamos su luz y su vida, y así no podemos por menos que brillar, porque seremos como El. Y en esta su vida que rebosa seremos una bendición para los otros, aún mayor que la bendición que recibimos. ¡Oh, que El venga a nosotros ahora e ilumine el santuario de nuestro corazón hasta que brille como las moradas celestiales! ¡Que nos revele su pan celestial hasta que comamos y estemos satisfechos! ¡Que abra a nuestra visión el altar de oro de la intercesión y el incienso, e incluso, más allá del velo rasgado, la cámara interior, inmediata con su presencia eterna, por amor a su nombre! ¡Amén!

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