EL INCIENSO

«Harás asimismo un altar para quemar el incienso; de madera de acacia lo harás. Su longitud será de un codo, y su anchura de un codo; será cuadrado, y su altura de dos codos, y sus cuernos serán parte del mismo. Y lo cubrirás de oro puro, su cubierta, sus paredes en derredor y sus cuernos, y le harás en derredor una cornisa de oro. Le harás también dos anillos de oro debajo de su cornisa, a sus dos esquinas a ambos lados suyos, para meter las varas con que será llevado. Harás las varas de madera de acacia, y las cubrirás de oro. Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde me encontraré contigo. Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará. Y cuando Aarón encienda las lámparas al anochecer, quemará el incienso; rito perpetuo delante de Jehová por vuestras generaciones. No ofreceréis sobre él incienso extraño, ni holocausto, ni ofrenda; ni tampoco derramaréis sobre él libación. Y sobre sus cuernos hará Aarón expiación una vez en el año con la sangre del sacrificio por el pecado para expiación; una vez en el año hará expiación sobre él por vuestras generaciones; será muy santo a Jehová.»

 

«Dijo además Jehová a Moisés: “Toma especias aromáticas, estacte y uña aromática, y gálbano aromático e incienso puro; de todo en igual peso, y harás de ello el incienso, un perfume según el arte del perfumador, bien mezclado, puro y santo. Y molerás parte de él en polvo fino, y lo pondrás delante del testimonio en el tabernáculo de reunión, donde yo me mostraré a ti. Os será cosa santísima. Como este incienso que harás, no os haréis otro según su composición; te será cosa sagrada para Jehová. Cualquiera que haga otro como éste para olerlo, será cortado de entre su pueblo.”» (Exodo 30:1-11; 34-38.)

 

Esta es la descripción del altar del incienso, el altar de oro. Era el tercer mueble en el santuario, y se hallaba al extremo del Lugar Santo, cuando se iba a entrar en el santuario interior, el Lugar Santísimo. Allí, con un fondo de costosas cortinas, se hallaba este altar, v cuando el incienso ardía sobre él, llenaba las dos cámaras y las perfumaba con su fragancia. Era muy simple en su construcción, un codo de altura y de anchura, y dos codos de altura, hecho de madera de acacia y cubierto de una cornisa de oro alrededor para que no cayera el incienso. El incienso mismo era muy costoso y precioso, y poseía una calidad sagrada especial y había órdenes divinas de que no fuese imitado o falsificado ni usado para cosas corrientes.

 

¿Cuál era el simbolismo especial de este pequeño altar en el culto antiguo?

 

Primero, representaba la intercesión de Cristo en favor nuestro, y también nuestra intercesión en el nombre de Cristo. Es expresivo de la oración y de la comunión con Dios. Hay algo en el sentido del olfato que quizás es más delicado que cualquier otro sentido. El perfume que este sentido capta es casi como el aliento de la Naturaleza, expresando, podríamos decir, lo más sensible del alma del mundo natural. Y así la fragancia ha pasado a ser la expresión de la oración y el amor. Este dulce vaho de especias ardiendo habla del dulce aliento de la oración y es el emblema escogido del homenaje del corazón al Padre celestial.

 

Pero como el más alto ejemplo de oración es el Hijo del hombre, así primero significa las oraciones de Jesucristo. Durante toda su vida le vemos orando, y al final de la misma, la oración pasa a ser la culminación de su ministerio. Al cruzar el arroyo de Cedrón está orando. En el jardín está orando; en la Cruz ora, y al dejar esta tierra sabemos que está exaltando a la diestra de Dios, para dedicarse a la obra incesante de intercesión, porque El «vive para hacer intercesión por nosotros».

 

Y así, en el antiguo altar, el incienso que ascendía continuamente, llenando la santa cámara, era el tipo de Cristo. Todo su ser respiraba amor, dulzura y consagración a Dios y recuerdo de nosotros, sus queridos hijos. Y, expresando esto su intercesión, es adecuado que pase a ser un ejemplo a imitar y una pauta para nuestra oración, nuestra comunión con Dios, el lugar sagrado en que los espíritus se juntan y el amigo tienen comunión con el amigo, y donde cada bendición celestial puede ser traída por la oración de fe. Pensemos en relación con este altar en dos cosas: en Cristo a la diestra del Padre recordándote a ti y a mí, y en sus manos levantadas presentando nuestros nombres para que seamos aceptados por Dios, y también en nuestra comunión espiritual con Dios. Más suave que el aire de este antiguo Tabernáculo, todo tu espíritu puede ser bautizado, todo tu ser interior perfumado con devoción, hasta que Dios descienda a morar en este lugar deleitoso. Como leemos en el libro del Apocalipsis, las oraciones de los santos serán reunidas en copas, como dulce olor para refrigerio del corazón de Dios, entre las glorias de la corte celestial.

 

Ahora, pues, todas las lecciones relacionadas con este pequeño altar pueden ser aplicadas a estas dos ideas: la intercesión de Cristo por nosotros y nuestras oraciones e intercesiones en su nombre.

 

1. El altar será de madera incorruptible, y de oro, incorruptible también.

 

Nuestro bendito Señor tenía una naturaleza doble. Era divino y con todo tenía una humanidad perfecta. La madera representa su humanidad, el oro su divinidad. De modo que el creyente tiene una naturaleza humana y una divina; humano, y con todo participante de la naturaleza divina. Si has recibido la naturaleza que limpia y santifica del Señor Jesucristo, puedes pedir participación en esta doble vida. Es en realidad un gran misterio. Sería una horrible blasfemia, si no la halláramos en su Palabra. Pero todo cristiano nace en Dios. Su nueva naturaleza, como la madera de acacia, es incorruptible, y como este oro precioso, posee la misma vida y espíritu de la Divinidad.

 

2. El altar era el objeto más alto del Tabernáculo, unos centímetros más alto que el pan de la proposición, el lavatorio o el altar de bronce de los sacrificios, mostrándonos que la oración es el ministerio más exaltado del universo y que nos elevamos cuando nos ponemos de rodillas, más que en ningún otro momento de nuestra existencia.

 

3. Otro punto es que el altar tenía una corona (cornisa en algunas traducciones). Hemos visto que la mesa tenía una corona (cornisa). Lo mismo el altar.

 

Esto significa que Cristo, como nuestro Sumo Sacerdote, es un sacerdote coronado. No está rogando de modo incierto, sino victoriosamente. No está diciendo: «Desearía que fuera así»; sino: «Padre, quiero que todos los que me has dado estén conmigo. Padre, quiero que la fe de Pedro no falte. Padre, quiero que este hijo mío salga triunfante hoy.» Y será así; es un sacerdocio real. De modo, hermanos, que vosotros, también, tenéis un sacerdocio real.

 

Podéis venir a la presencia de Dios, coronados. Podéis sentir que estáis tan cerca del Rey que podéis pedirle favores especiales, y así, vuestra oración será un ministerio constante para otros. ¡Oh, que pudiéramos comprender esto y, como Ester delante de Asuero, saber que tenemos el poder de reclamar bendiciones para aquellos que no tienen el poder! Señor, ayúdanos a ser fieles en este ministerio, este pedir con autoridad, este sacerdocio coronado del cual el Maestro dice: «Cuando oréis, creed que recibiréis las cosas que pedís, y las recibiréis.» «Así dice el Señor: “En verdad os digo que cualquiera que diga a este monte: Sé quitado de ahí y arrojado al mar, y no dude en su corazón, sino que crea que lo que está hablando sucede, lo tendrá; por eso os digo que todo cuanto rogáis o pedís, creed que lo estáis recibiendo y lo tendréis.”» (Marcos 11:23 y 24). Es el cetro real de la intercesión, y Jesús nos dice: «Os mando que vayáis y llevéis fruto, y todo lo que pidáis al Padre en mi nombre El os lo dará.» Espera que triunfes en este ministerio, que tomes tu corona de oración que El lleva y la compartas con El.

 

4. Luego vemos que en el altar estaban los cuernos. Había cuatro, uno en cada esquina, apuntando a los cuatro puntos cardinales y a los diferentes campamentos de Israel. Había cuatro grandes campamentos, y así la oración de nuestro Señor alcanza el norte, el sur, el este y el oeste. Es para todo su pueblo, y para todas las edades de su Iglesia, y para todos los lugares del globo en que puedan hallarse; porque nadie puede estar aislado de su simpatía y su ayuda victoriosa. Nos alcanza en este momento; apunta en este mismo momento a tu necesidad y dice: «¡Padre, entrégamelo! ¡Padre, da la victoria! ¡Oh, piensa en este altar, símbolo de la victoria sobre tus enemigos y reclama el triunfo para nosotros!» Levántate, alaba y confía en Dios por él.

 

Así debe ser con nuestras oraciones: hemos de ser amplios en el círculo de nuestras oraciones. Hay que evitar el egoísmo. Hemos de ensanchar nuestras almas. Un hermano dijo hace unos días: «He hallado la salida de mis problemas: orar por otros.» Cuando tu corazón está acorralado y a punto de estallar, ora por alguien distinto de ti. Deja que se ensanche el círculo de tus simpatías; que tengas objetos de oración en todo país y en todo continente. Puedes tener almas en África, lo mismo que aquí, y si en todo momento de tu vida te ocupas de la oración, hallaras, cuando llegues al hogar, que tienes multitud de almas. La oración es el mayor de tus ministerios. Es mucho más que predicar. Tu posición en los bancos no es menos importante que la mía. Estoy seguro de que incluso en nuestro trabajo es lo mejor que podemos hacer por Dios. Recuerdo haber participado en un servicio en el Oeste del que no vi frutos. ¡Había orado tanto por esta obra particular y todo parecía vano! En un momento de cansancio, ayer, leí unas cartas y encontré un maravilloso testimonio de aquella reunión, por parte de una persona, y también otra que había sido salvada allí y había salido de aquel lugar con sentimiento de culpa y había hablado a otros y estos también habían sido salvos. Entonces sentí que en la obra del evangelio no hay otro poder que el de Dios; hemos de confiar en El y esperar las cosas que pedimos. La gran pregunta es: ¿Qué es lo que Dios va a hacer? Es de muy poca importancia la forma en que te impresione lo que un hombre diga, parezca interesante o aburrido, sino que lo importante es la forma en que el Espíritu Santo te va a hacer sentir tu necesidad y te levantará para la victoria. El secreto del éxito es el Espíritu Santo, reclamado por medio de la oración.

 

5. Había anillos en este altar de oro, para facilitar su traslado de un lugar a otro. Esto es importante. No estaba estacionado en un punto, de modo que la gente no hacía peregrinaciones a él, sino que era llevado con el campamento. Lo mismo con nosotros. No hay un lugar en nuestro viaje en que no nos siga el altar y transforme la almohada de piedra de Jacob en una escalera hacia el cielo. ¿Llevas contigo tu altar? ¿Tiene este altar de oración anillos?

 

¿Te lo llevas a tu trabajo, a tus negocios, a tus visitas, a tus partidas de campo para recreo? Dios espera que tú estés tan cerca de El en el día de fiesta como en el día de trabajo. ¿Tienes varas preparadas para el transporte? ¿Puedes orar en todas partes? ¿Tienes práctica en correr las cortinas y quedarte solo con Dios en todas circunstancias?

 

6. El fuego en el altar quemaba constantemente, y las especias olorosas también, y el incienso se elevaba constantemente. Y así el Señor Jesús está en todo momento orando por ti. Tú duermes toda la noche, pero Jesús ora. Tú te despiertas y El ya está allí. Es una de las más dulces experiencias de mi vida el despertarme y hallar a Jesús tan cerca. Es delicioso que El nos recuerde algo que ya habíamos olvidado y comprender que El nos está recordando siempre.

 

¡Y cuántas veces nuestro corazón se siente oprimido, impulsado por una carga que tenemos y que nos obliga a orar! Es Jesús que está orando por nosotros. El fuego está ardiendo, el incienso asciende. Es posible que no digas palabras cada vez, pero el incienso sube. El agua se evapora en la naturaleza en todo momento, aunque no la veamos. Vemos la neblina por la mañana, pero no al mediodía, aunque haya humedad entonces, porque debido al mayor calor, no se puede ver. Lo mismo puedes estar elevando a Dios en todo momento el aliento de homenaje de tu corazón.

 

Dices: ¿cómo puedo poner todo mi corazón en los asuntos que tengo entre manos y orar? Puedes hacerlo. A mí me gusta trabajar en el jardín y, al hacerlo, olía las rosas, sin dejar de trabajar en los parterres. Lo mismo puedes estar ocupado todo el tiempo y sentir el aliento del cielo sin que te estorbe.

 

Es como trabajar en una sala perfumada. Es algo más profundo que la oración, es la comunión. Es como la madre y el hijo, sentados juntos, sin decirse palabra, pero sintiendo el uno la presencia del otro. Así es Cristo con nosotros: no hablamos, pero hay la comunión. Este es el estado del corazón apropiado en que debemos vivir. Pondrá celo en tu obra en el hospital, hermana, aunque limpies palanganas o friegues platos o cazuelas; la cocina te parecerá la cámara de un palacio. Y para el pecado será como si hubiera en el aire un desinfectante; no habrá peligro de contaminación. A veces nos parece, cuando vamos a la obra de misión en algunos barrios, que la atmósfera de mal que nos rodea nos asfixia, por lo ordinario y bajo de los corazones que nos rodean. regodeándose en el pecado, hasta que no nos deja respirar. Pero si llevamos el altar del incienso con nosotros, y la oración desprende suave fragancia, estaremos respirando el aire puro del desierto, y allí veremos que florecen rosas.

 

7. Leemos que no había incienso sin fuego. Y asimismo la intercesión de Cristo por nosotros ha de ser precedida por el fuego del sufrimiento. No es la oración que nos salva, sino la muerte. Es porque El murió para expiar nuestros pecados que ahora El reclama que nos sean entregadas las bendiciones.

 

Por eso leemos aquí que Aarón tenía que hacer expiación en los cuernos del altar una vez al año. Con la oración no basta. Tiene que haber fuego.

 

Queridos amigos, toda clase de ascetismo, oraciones, flagelaciones o abstinencias, no nos salvarán sin el fuego. El fuego del sufrimiento era la primera preparación para la obra de intercesión en la misión del antiguo sacerdote.

 

Luego, este fuego representa también al Espíritu Santo; el Espíritu Santo es representado por el Espíritu de oración. Es el Espíritu Santo que nos trae al corazón los deseos que Dios quiere que sintamos, insta a nuestras almas y nos da el sentido de necesidad. ¡Oh, cuán fácil es orar cuando somos llevados en sus alas, cuando nuestras almas flotan en el aliento de Dios y sentimos que Dios debe dárnoslo, porque Dios mismo ya lo ha pedido! Es el que nos inspira desde el cielo y que nos lo enviará. ¡Bendito Espíritu de oración! No lo desanimes; escucha y El vendrá, y hará toda tu oración, y será una oración divina. ¡Bendita oración! No será una fórmula fría con palabras adornadas, sino el incienso ardiente de un corazón que no puede contenerse.

 

8. Llego ahora al más hermoso de todos estos símbolos: el mismo incienso. Consistía en cuatro ingredientes, de los cuales sólo conocemos uno. El incienso es la goma de un árbol de Arabia y un objeto de comercio. Los otros ingredientes no los conocemos. Y esto nos enseña que en la intercesión de nuestro Señor hay algunas cosas que no conocemos. Hay su naturaleza humana que entendemos, que puede ser representada por el incienso; pero hay también las cosas divinas, especias desconocidas; no podemos medir su profundidad o altura. Y esto puede enseñarnos que en nuestras oraciones hay cosas que conocemos y cosas que no conocemos. Deberíamos ser siempre definidos en nuestras oraciones; a veces sabemos que lo que pedimos está de acuerdo con su voluntad y que El lo espera. Pero quizás una gran parte de nuestra oración en el Espíritu Santo es como las tres especias desconocidas; no podemos decir exactamente lo que el grito significa, pero estamos seguros que es un gemido indecible, inarticulable; pero, sentiremos que Dios lo entiende; es articulado en su oído y El dará su respuesta a su debido tiempo y la conoceremos. Esto quizá te ayude a comprender muchas de las cargas que te dejan perplejo en la oración. A veces Dios nos lo deja conocer, pero a veces no. Ha habido este esfuerzo por alcanzar algo que somos incapaces de interpretar, que no comprendemos y que no necesitamos saber. A veces sentimos que Dios trata de advertimos de algún peligro o de salvar algún ser querido, o bendecir algún trabajo especial, o llevar algo a través de una crisis. Hay días en que tendrás el sentimiento de que si sueltas, si no persistes en algo, aquello va a perderse para la causa de Cristo para siempre. Los soldados y oficiales menores no saben cuál es la estrategia del general que los manda, pero una vez terminada la batalla, pueden comprenderlo. De la misma manera lo hemos de confiar todo a nuestro capitán, y aunque no lo sepamos todo ahora, lo sabremos más adelante. Y Dios nos hará conocer algún alma arrebatada y dirá: «Esta es un alma que nació de tu oración»; o nos mostrará una parte gloriosa de su obra y nos dirá: «Esta es la obra en que me diste una mano.»

 

9. Pero hay algo más hermoso aún que no quisiera olvidar. Dios dice: «Toma estas especias, las mueles en polvo fino, y las pones delante del testimonio en el Tabernáculo de reunión, donde yo me mostraré a ti.» Estos granos de incienso y gálbano habían de ser pulverizados, luego quemados en la reja o parrilla para que el humo se elevara suavemente: no tenía que perderse un grano. ¡Oh, amados, no hay petición pequeña, no hay dolor pequeño, no hay deseo demasiado pequeño que no merezca que Jesús ore por el o tú ores por él! Este polvo de incienso fino significa las necesidades de tu vida, quebrantada pero vuelta a reunir por Jesucristo y presentada al Padre con el mismo cuidado que si se tratara de la suerte de un reinado. No se trata de bagatelas; no hay nada que pase por tu mente que sea demasiado pequeño para que Cristo no tenga que orar sobre ello, o que tú no lo hagas. Esta es una manera de familiarizarnos con Dios y dar a las cosas comunes dignidad y realeza, quemándolas en el altar de Dios. Dios nos ayude a llevarle cosas pequeñas de la vida a su propiciatorio.

 

10. Y finalmente, la posición de este altar era significativa. Se hallaba entre las dos cámaras. Se hallaba en la primera, o terrena, pero colindante con el velo, y el olor de su incienso entraba en la celestial. Estas dos cámaras representaban la tierra y el cielo. La cámara exterior era la vida del creyente en su experiencia terrena, y la interior era el Lugar Santísimo. La oración nos lleva a las mismas puertas del cielo. Cuando estamos en el propiciatorio nos hallamos parte en la tierra y parte en el cielo. Nuestras oraciones ya han entrado en él y estamos respirando el mismo aire del cielo. Está todo abierto; es una cámara bendita en que tenemos comunión no sólo con nuestros hermanos aquí abajo, sino con los corazones que nos esperan arriba. Así fue que cuando Jesús estaba orando se transfiguró en su presencia. Así fue que cuando Esteban estaba orando su rostro se volvió como el de un ángel. Y así es que, esperando en el Señor, nuestro vigor cambiará: «Subiremos con alas de águilas; correremos y no nos cansaremos; andaremos y no desmayaremos.» Los efectos de este incienso y de este altar eran muy hermosos. Tenemos una descripción de ellos en el capítulo ocho de Apocalipsis, donde leemos que el ángel bajó y recogió las oraciones de los santos del altar de oro que estaba delante del trono. Y luego leemos de un ángel poderoso (estoy citando de dos pasajes) al cual «se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos.» Hay una interpretación, que no quiero desmentir, que este ángel era el Señor Jesús, y que el incienso eran las oraciones de los santos y sus propias intercesiones mezcladas con las oraciones de los santos. Y el significado es que cuando envías tus oraciones delante de Dios, aunque puedas sentir que gran parte de ellas es indigno, con todo, las manos del bendito ángel las toman, antes de llegar a Dios. Y yo creo que elimina de ellas todo grano de impureza y sólo guarda lo que es aceptable al Padre; y luego, lo mezcla con sus propias intercesiones, les da su aliento purificándolas y con sus propias manos, las ofrece a los pies del Padre, hasta que nos llega la dulce respuesta de su amor, y somos aceptos en el Amado. Hermano, ¿qué significa todo esto para ti?

 

Hay un gran contraste aquí entre el verdadero fuego y el fuego falso que algunos sacerdotes dicen que presentan a Dios, y sabemos las consecuencias terribles de ello. Todo aquel que falsificara este perfume tenía que ser cortado. La falsificación es la muerte; y lo es todavía hoy. Puedo preguntar, ¿te acercas tú a su santa presencia por medio de la sangre de Jesús? O ¿te presentas con tus pensamientos naturales, egocéntricos y de voluntad propia? Si estás haciendo esto último te estás acarreando un fuego terrible y te causará la muerte. ¿Estás falsificando el santo incienso de Dios? ¿Estás ofreciendo sentimientos, música deliciosa, elocuencia sagrada, éxtasis poéticos, u otras cosas, pero no estás permitiendo que el Espíritu de Dios tome el lugar de la devoción verdadera? ;Oh, si no es en el nombre de Jesús, es un fuego extraño, falso! Es la muerte. ¿O está alguno usando el ministerio de Dios para halagar los oídos de una audiencia, jugando con sus sentimientos, usando la música y la santa adoración en la misma Iglesia de Dios para dar placer al gusto estético de la gente, y por tanto usando el incienso de Dios para los propósitos mercenarios del hombre? Es falsificación y de ello Dios dijo que merecía la muerte.

 

¿Estás tratando de ir a Dios por otros medios distintos de Cristo? ¿Estás buscando la salvación en otras formas distintas de su muerte? «No hay otro nombre dado debajo del cielo en que podamos ser salvos.» ¿Estás viviendo esta vida de comunión con Dios? ¿Conoces este camino al cielo? ¿Has experimentado esta divina comunión? ¿Significa algo la figura del incienso para ti? ¿Es tu corazón semejante a este dulce lugar? O ¿está todavía lleno de pecado e inmundicia? Si es así, Cristo lo limpiará, ¡y lo que era un desierto florecerá como la rosa!

 

Tu pobre corazón pasará a ser como la puerta del cielo en que se congregarán los ángeles, y donde la Paloma de paz doblando sus alas descansará y, en tus horas más difíciles, todavía dirás: «Esto no es sino la casa de Dios; esta es la puerta del cielo.» Amado, ¿posees este pequeño santuario perfumado? «Yo seré para ellos un pequeño santuario», ha dicho Dios.

 

Algunos, al andar por el desierto, sabemos bien que llevamos con nosotros nuestra tienda, y cuando el calor arrecia, o el relente de la noche nos deja ateridos, nos protegemos en ella; y dentro, el aire es suave y dulce, el mismo aliento del cielo. «Bendito el hombre en que te complaces y le haces morar en tu presencia.» Amado, ven y anda a la luz del Señor, hasta que El pueda decir: «Venid, benditos de mi Padre, entrad ahora, no en tiendas mudables en el desierto, sino en el palacio del Rey.»

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