Capacitado para orientar

Introducción

DE LA MISMA MANERA que tantos otros pastores, aprendí poca cosa acerca de dar consejo en el seminario, con lo que empecé virtualmente sin saber lo que hacer. Pronto me hallé en medio de dificultades. Al poco de empezar mi primer pastorado, después de un culto vespertino, un hombre esperó a que todos se hubiesen marchado. Conversé con él de una manera torpe, preguntándome qué sería lo que él deseaba. Rompió en llanto, pero yo no podía hablar. Sencillamente, no sabía qué hacer, Me vi impotente. El volvió a casa aquella noche sin haber descargado su corazón, y sin que su pastor le hubiera podido dar una verdadera ayuda. Menos de un mes después murió. Sospecho ahora que su doctor le había dicho que su muerte era inminente y que él había venido buscando orientación. Pero le fallé. Aquella noche le pedí a Dios que me ayudara a llegar a ser un consejero efectivo.

En mis primeros esfuerzos por mejorar, compré, pedí prestados y devoré tantos libros sobre dar orientación como pude de los que entonces estaban en circulación, pero en éstos encontré poco que me pudiera ser de ayuda. Casi todos ellos recomendaban métodos rogerianos no-directivos o abogaban en favor de principios freudianos. Con poca convicción intenté poner en práctica lo que leía, pero como ministro cristiano no podía evitar el preguntarme cómo podía yo traducir lo que parecía ser pecado, como «enfermedad». Encontraba ridículo asentir y gruñir acogedoramente a distancia sin ofrecer una norma de conducta bíblica. Pronto quedó claro que no estaba ayudando a casi nadie mediante estos procedimientos, y que estaba malgastando un tiempo valioso. Además, la mayor parte del consejo que se ofrecía en los libros de texto consistía en poco más que en vagas generalizaciones, las cuales encontré que no valían prácticamente para nada a la hora de afrontar problemas de situaciones. concretas al ofrecer consejo. Muchas de las interpretaciones de los casos citados en la literatura parecían fantasiosas o absurdas y, para acabarlo de arreglar, algunos de los autores ponían en claro que ellos mismos solamente habían podido ayudar a unos pocos de sus pacientes, y que éstos encontraron ayuda sólo después de muchos meses, o incluso años, de sesiones semanales. ¿Cómo podía yo esperar hacer gran cosa? ¿Dónde podría encontrar un pastor ocupado el tiempo suficiente para darse a una actividad consejera tan extensa? ¿Era ésta una buena administración de su tiempo? ¿Podría llegar yo a ser competente para dar consejo?

Pronto me desilusioné con los libros normativos y tuve la tentación de caer en la práctica común de enviar a casi todos los que venían con problemas graves en busca de orientación a los psiquiatras y a las instituciones mentales estatales. Después de todo, esto es lo que la propaganda de la salud mental preconizaba. De hecho, las páginas de los libros y de los opúsculos publicados por la Asociación de la Salud Mental rebosaban de severas advertencias en contra de dar consejo a nadie que tuviera dificultades más serias que las de un simple rasguño psíquico. Se advertía a los pastores contra la posibilidad de que produjeran serios perjuicios si no se enviaba a estas personas a los profesionales. No obstante, un problema con esta solución que, por otra parte, era tan conveniente, era que tales personas volvían muy frecuentemente empeoradas, y no mejoradas. Y también existía el problema de que recibían consejo no cristiano dado por psiquiatras no convertidos. ¿Cómo podría justificarse todo ello?

Este consejo se basaba siempre, según parecía, en valores y normas, asuntos en los que un pastor debería considerarse más competente para dirigir. La traducción de Kenneth Taylor del Salmo 37:30,31 lo dice de manera muy adecuada: ~El justo es un buen consejero por ser recto e imparcial y por dIstmgulr entre el bien y el mal» (La Biblia al Dia, paráfrasis, Miami: Editorial Unilit, 1979, p. 458). Raymond Meiners pone el dedo en la llaga cuando escribe: «El salmista, en el Salmo 1, llama bendito al hombre que no anda según el consejo de los impíos. Y, a pesar de ello, debido. a que la íglesía cristiana está fracasando, no proveyendo este consejo sabio y bueno, se obliga a las personas a ir a los impios a encontrar en ellos la solución a sus problemas». Pregunta él muy atmadamente. “<..Tememos acaso que nuestro Señor no pueda hacer frente a los problemas del hombre?» (Pastoral Counseling, conferencias dictadas en Lake Luzerne, Nueva York, 22-26 de agosto, p. 4).

Después de graduarme en teología práctica, me así a la oportunidad de apuntarme a unos cursos de consejo pastoral dados por un psiquiatra en la práctica de su profesión, en una gran clínica uníversítaría. «Ahora, por fin -me dije a mí mísmo-, me enteraré de que va la cosa.» Pero, hacia el final del segundo semestre, quedé convencido de que él no sabía más acerca de dar orientación y consejo que los alumnos de su clase -casI todos éramos pastores de íglesías- y ¡todos nosotros nos hallábamos confundidosI Poseía un conocimiento exhaustivo de la doctrina freudiana, que nos enseñaba con todo celo. Nos repartía grandes dosis de Freud, sin escatimar nada, al criticar los relatos orales de entrevistas de consejo que llevábamos a clase, pero la mayor parte de SUS «percepciones» demostraban ser erróneas y, cuando se ponían sus mejores consejos en práctica, éstos, simplemente, no funcionaban.

Gradualmente fui derivando hacia patrones de aconsejamiento «sea como fuere», acercándome al punto de aplicación de las exhortaciones escriturales tal como yo las recordaba. Sorprendentemente, me fui transformando en un consejero cada vez más acertado. Naturalmente, es posible que la edad y la experiencia hubieran podido explicar algo de estas diferencias. Pero, a pesar de ello, no podía dejar de darme cuenta de que, cuando más directo me volvía (simplemente diciéndoles a los consultantes
lo que Dios esperaba de ellos), a más personas ayudaba. El comprender y seguir las exigencias de los principios bíblicos de conducta, tras la confesion y arrepentimiento de pecado, parecían dar alivio y resultado. Confrontar a las personas, hablando honradamente con ellas de los asuntos en juego antes de que crecieran más allá de toda proporción, parecía ser una forma de actuación importante para mí como pastor, en vista de Mateo 5:23,24 y de Mateo 18:15-18. Ya que esto me daba resultado en la mayor parte de los casos, al dar consejo empecé a exhortar a otros a hacer lo mismo y vi que otras personas resultaban también muy ayudadas. Pero, mientras que este y otros métodos y metas bíblicos empezaban a surgir de forma fortuita, yo continuaba siendo un consejero muy confundido.

Entonces, repentinamente, me vi obligado a hacer frente al problema de una manera mucho más decisiva. Se me pidió que enseñara teología práctica en el Westminster Theological Seminary. Uno de los cursos que se me asignó fue Poimenics (la obra de pastoreo del pastor). Como parte de este curso, se esperaba de mí que enseñase la teoría básica del consejo pastoral. Tenía menos de un año para meditar el problema a fondo y preparar mis conferencias. ¿Por dónde iba a empezar? En mi desesperación empecé a hacer la exégesis de cada pasaje que creía que tenía algo que ver con este asunto. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que me había metido en una tarea de gigantes. La Biblia, descubrí entonces, dice muchas cosas acerca de orientar a personas con problemas personales. Cuestiones tan díffcíles como la relación de la demencia con la posesión demoníaca salían a la superficie. Empecé a preguntarme acerca de la dinámica subyacente a los efectos psicosomátícos de la culpabilidad que parecían estar retratados en Ios Salmos 31, 38 Y 51. Además, Santiago 5: 14·16 parecía subrayar la importancia de la confesión de los pecados, así como de la utilización de medicinas, en la curación de algunas dolencias físicas. Empecé a preguntarme: «Si, como Santiago enseña, el comportamiento pecaminoso de uno es, por lo menos en algunas ocasiones, responsable de las enfermedades físicas, ¿qué habrá de la posibilidad de una responsabilidad similar en las enfermedades mentales?» Santiago me suscitó la cuestión del deber del pastor de tratar a los etiquetados enfermos mentales. Santiago parecía decir que, por lo menos, se les debería pedir a los pacientes que consideraran si algunas de sus dificultades no podrían derivarse del pecado. De hecho, muy pronto la cuestión pasó a ser: «¿No estará Santiago hablando explícitamente acerca de enfermedades psicosomáticas?»

No mucho después, me descubrí preguntándome: «Mucho de lo que se denomina enfermedad mental, ¿es realmente enfermedad mental?» Este interrogante surgió principalmente al considerar que la Biblia describe la homosexualidad y la embriaguez como pecados, mientras que la literatura de la salud mental los denominaba «enfermedades». Creyendo que las Escrituras son ciertas, tuve que admitir que el punto de vista de la salud mental era totalmente erróneo al eliminar la responsabilidad del pecador al localizar el origen de su problema sexual o de alcoholismo en factores constitucionales o sociales sobre los que no tiene ningún control. En lugar de ello, la Palabra de Dios dice que el origen de estos problemas recae en la depravación de la naturaleza humana caída. Hasta aquí todo se veía claro. La ampliación de esta línea de pensamiento parecía tan sólo lo normal. Uno no podía dejar de preguntarse si los libros no podían también estar equivocados en clasificar erróneamente otros problemas como la depresión o la neurosis, o incluso la psicosis, como enfermedad. Cuando este tipo de herejía psiquiátrica empezó a tintinear en mi cabeza, recordé el nombre de una persona cuyos trabajos me había mencionado en una ocasión un psicólogo cristiano. Este hombre era O. Hobart Mowrer.

Leí algunas de las obras de Mowrer, incluyendo The Crisis in Psychiatry and Religion, y The New Group Theraphy, que acababa.de publicar. Estos libros me asombraron. Mowrer había ido más allá en mi línea de pensamiento. Desafiaba abiertamente la misma existencia de la psiquiatría institucionalizada. Afirmaba de entrada que creía que los dogmas actuales de la psiquiatría eran falsos. Citaba evidencias para demostrar que la psiquiatría había fracasado ampliamente. Tuve un intercambio de correspondencia con Mowter acerca de unos puntos determinados. En aquella correspondencia Mowrer me invitó a participar en su programa Eli Lilly Fellowship en la Universidad de Illinois, donde él es Profesor Investigador de Psicología. Fui a la Universidad de Illinois, donde trabajé á las órdenes de Mowrer durante la temporada de verano. Fue aquélla una experiencia inolvidable por la cual siempre estaré agradecido. Dejarlo todo a un lado y concentrarme en la cuestión de asesorar durante dos meses era exactamente lo que precisaba.

Durante el verano de 1965 trabajamos en dos instituciones mentales estatales, una de ellas en Kankakee Illinois, y la otra en Galesburg, Illinois. En estas dos instituciones llevamos una terapia de grupo con Mowrer durante siete horas al día. Esta fue mi primera introducción a la terapia de grupo. He llegado ahora a la conclusión de que esta actividad de grupo es antiescritural y por ello dañina. (La vida suele darle esos giros a cualquiera) Junto con otros cinco volé con él, conduje con él, di orientación con él y discutí con el durante cinco días a la semana. Aprendí mucho en aquella temporada y, aunque en la actualidad no me clasificaría como perteneciente a la escuela de Mowrer, creo que aquel programa de verano marcó un punto decisivo en mi pensamiento. En aquellas instituciones mentales con los métodos de Mowrer, empezamos a ver a personas etIquetadas como «neuróticas, psiconeuróticas, y psicóticas» (personasde todo tipo) que eran ayudadas al confesar comportamientos desviados y al asumir su responsabilidad personal por ello. El énfasis que Mowrer ponía en la responsabilidad era central.  Mowrer apremiaba a las personas a «confesar» sus errores (no a Dios, empero) a otros a quienes ellos habían hecho mal y a restituir siempre que fuera posible. Mowrer no es cristiano. Ni tan sólo es teísta, y debatimos el asunto del humanismo durante todo el verano.

Durante esta temporada hice un estudio de los príncipales datos bíblicos acerca del asunto de la orientación con referencia especial a lo que la Escritura dice sobre la conciencia. La experiencia de aquel verano me dejó con algunas convicciones importantes. Primero descubrí por qué la inmensa mayoría de las personas en las instítucíones mentales está ahí. Al pasar tanto tiempo con estas personas tuve la oportunidad de conocerlas y de comprenderlas. Aparte de aquellos que sufrían problemas orgánicos, como daños cerebrales, las personas que encontré en las dos instituciones de Illinois estaban allí debibo a su propio fracaso en afrontar los problemas de la vIda. Para ponerlo de una manera sencilla, estaban allí por su incapacidad de perdonar y de cambiar su comportamiento pecaminoso. En segundo lugar, toda aquella experiencia me hizo volver de nuevo a la Biblia con la pregunta: «¿Qué es lo que dice la Escritura acerca de estas personas y de la solución a sus problemas?»

La lectura del libro de Mowrer The Crisis in Psychiatry and Religion fue para mí, como ya he dicho, una experiencia demoledora. En este libro, Mowrer, un psicólogo investigador muy conocido que había sido distinguido con la presidencia de la Asociación Americana de Psicología por sus descubrimientos en la teoría del aprendizaje, desafió a todo el campo de la psiquiatría, declarándolo fracasado, e intentando refutar sus presuposiciones freudianas fundamentales. Atrevidamente, arrojó su guante
también a los cristianos conservadores. Mowrer preguntaba: «¿Ha vendido la religión evangélica su derecho de primogenitura por una confusión de potaje psicológico»?

En Crisis, Mowrer se opuso especialmente al modelo médico (El libro más reciente atacando el Modelo Médico es el de Ronald Leifer In The Name of Mental Health (Nueva York: scíence House, 1969). Este libro es superior en muchas maneras al The Myth of Mental Illness de Szasz.) del cual se deriva el concepto de enfermedad mental. El mostraba cómo este modelo eliminaba la responsabilidad del enfermo. Ya que a nadie se le considera culpable por sufrir la gripe asiática, su familia le trata con una comprensión llena de simpatía, y otros se hacen cargo de ello. Esto se debe a que saben que no tiene culpa de su enfermedad. Fue invadido desde fuera. Además, tiene que confiar en expertos que le ayuden a mejorarse. Mowrer mantenía correctamente que el modelo médico eliminó el sentido de responsabilidad personal. Como resultado, la psicoterapia llegó a ser un análisis a fin de hallar a otros (los padres, la iglesia, la sociedad, la abuela) sobre los que echar las culpas. La terapia consiste en ponerse en contra del superego (la conciencia) excesivamente estricto que estos culpables han socializado en la pobre víctima enferma.

 

En contraste a todo esto, Mowrer propuso antitéticamente un modelo moral de responsabilidad. Dice que los problemas del «paciente» son morales, no médicos. El paciente sufre de verdadera culpabilidad, no de sentimientos de culpabilidad (falsa culpabilidad). Esta irregularidad básica no es emocional, sino de comportamiento. No es una víctima de su conciencia, sino su violador. Tiene que dejar de culpar a otros y aceptar la responsabilidad de su propio mal comportamiento. Los problemas pueden solucionarse, no mediante la aireación de sus sentimientos, sino más bien por la confesión de sus pecados.

 

La terminología religiosa que se halla en el libro de Mowrer tiene que ser traducida. El define palabras como “pecado”. y “confesión” de una forma humanística. En una ocasión me dijo que la Bíblia estaría bien si se pudiera eliminar de ella la dimensión vertical. El respaldo que le da el Dr. Carroll R. Stegall, Jr. a Mowrer: “El Dr. Mowrer conoce por lo menos de dónde viene la ayuda de Dios” (The Reformed Presbyterian Reporter, febrero 1967), constituye un ejemplo típico del fallo de no “traducir” y es un ejemplo claro del tipo de acomodación que los cristianos debemos evitar.

 

De mi trato prolongado con los internos de las instituciones mentales en Kankakee y en Galesburg, quedé convencido de que la mayor parte de ellos estaban allí, como he dicho, no debido a que estuviesen enfermos, sino a que estaban en pecado. En las sesiones de orientación descubrimos con una constancia asombrosa que los principales
problemas que las personas tenían se los habían hecho ellos mismos. Otras personas o cosas (abuelas, etc.) no eran su problema: ellos mismos habían llegado a ser sus propios y peores enemigos. Algunos de ellos habían extendido talones fraudulentos, otros se habían quedado encadenados en las consecuencias de la inmoralidad, otros habían falseado la declaración de sus ingresos de cara al impuesto sobre la renta, etcétera. Muchos habían huido a la institución para escapar de las consecuencias de sus malas acciones. Una buena cantidad de ellos había buscado el rehuir la responsabilidad de tomar decisiones difíciles. Vimos también evidencias de recuperaciones dramáticas cuando las personas rectificaban sobre estos asuntos. Aunque sus métodos eran humanísticos, Mowrer demostró, de una manera evidente, que incluso con su enfoque podía conseguir en unas pocas semanas lo que en muchos casos la psicoterapia no había podido hacer en años.

 

Llegué a casa sintiéndome profundamente deudor a Mowrer por llevarme de manera indirecta a la conclusión que yo, como ministro cristiano, hubiera debido haber mantenido desde el principio, esto es, que muchos de los «enfermos mentales» son personas que pueden ser ayudadas por el ministerio de la Palabra de DIOS. He estado intentando hacerlo desde entonces.

 

Permítaseme una palabra final acerca de Mowrer. Quiero decir de una manera clara, de unaa vez para siempre que no soy discípulo de Mowrer ni de WIlham Glasser (un autor en la tradición de Mowrer que se ha.hecho popular recientemente por medio de la publicacíón de Reality Therapy, un libro que ha confirmado las afirmaciones y la posición de Mowrer en un.contexto diferente). William Glasser Reality Therapy: A New Approach To Psychiatry (Nueva York: Harper and Row, 1965). Este libro informa acerca del trabajo de Glasser en la Ventura School For Girls, Ventura, California, juntamente con los esfuerzos de G. L. Harríngton y William Mainord. El prólogo fue escrito por O. H. Mowrer. Me mantengo lejos de ellos. Sus SIstemas empIezan y terminan con el hombre. Mowrer y Glasser dejan de tomar en consideración la relación básica del hombre con Dios por medio de Cristo, dejan a un lado la ley de Dios, y no conocen nada del poder del Espíritu Santo en la regeneración y la santíficación. Su presupuesto
punto de partida debe ser rechazado totalmente. Los cristianos pueden dar gracias a Dios de que El, en Su providencia, ha utilizado a Mowrer y a otros a despertarnos al hecho de que los «enfermos mentales» pueden ser ayudados. Pero los cristianos deben dirigirse a las Escnturas a fin de descubrir cómo Dios (no Mowrer) dice qué se debe hacer.

 

Todos los conceptos, términos y métodos que se utIlizan en orientación necesitan ser reexaminados bíblicamente. No se puede aceptar nada del pasado (ni del presente) sin justificación bíblica. La orientacién biblica no puede consistir en una imposición de los puntos de vista de Mowrer o de Glasser (o de los mIos) sobre las Escrituras. Mowrer y Glasser nos han mostrado que muchos de los puntos de vista anteriores eran erróneos. Han sacado a la luz la oposición de Freud a la responsabilidad y nos han retado (si leernos su mensaje con ojos cristianos) a volver a la Biblia para hallar nuestras respuestas. Pero ni Mowrer ni Glasser han dado respuesta al problema de la responsabilidad. La responsabilidad por la que ellos abogan es una responsabilidad cambiante, relativa; es una responsabilidad no cristiana que debe ser rechazada tan totalmente corno la irresponsabilidad de Freud y de Rogers, En el mejor caso, la idea de responsabilidad de Mowrer consigue lo que es mejor según la mayoría. Pero los puntos de vista sociales cambian y cuando se les fuerza a decir qué es lo que es lo mejor, Mowrer cae en un subjetívísmo que al final viene a decir que cada individuo es su propia norma. En otras palabras, no hay norma aparte de la norma de Dios dada divinamente, la Biblia. Tweedie está en lo cierto por lo tanto, al rechazar la «solución trazada» al problema del pecado como constituyendo un «agudo» desengaño. Donald F. Tweedie, Jr., The Christian and the Couch (Grand Rapids: Baker Book House, 1963), p. 109.

 

Durante los años siguientes, he estado sumido en el proyecto de desarrollar la orientación bíblica y he descubierto lo que considero principios escriturales ímportantes. La fiabilidad total de las Escrituras en Su tratamIento de las personas ha quedado demostrada. Ha habido resultados dramáticos, resultados mucho más dramáticos que los que pude constatar en Illinois. No solamente se han resuelto problemas inmediatos de las personas, sino que también ha habido soluciones de todo típo de problemas a largo plazo. En el medio manifiestamente evangelístíco en el que trabajo, han habido conversiones en sesiones de orientación.

 

Es posible que por ahora el lector esté pensando: «Parece bueno pero ya he oído cosas de este tipo antes de ahora; y siempre resulta ser el mismo viejo eclecticísmo con un recubrimiento de cristianismo.» Permítaseme asegurar que estoy conscíente de este problema, y que mi esfuerzo ha constituido precisamente el de rechazar este tipo de cosas. Un opúsculo titulado, Some Help for the Anxious (Ayuda para los angustiados) constituye un buen ejemplo del tipo de eclecticismo que se debe resístír, Merville O. Vincent, Some Help for the Anxious (op. s.f.). En la página 3 el autor señala que los freudianos consideran que la ansiedad se deriva primariamente de conflictos internos. A continuación menciona una segunda escuela de psiquiatría que adopta un enfoque más cultural interpersonal. Sus principales representantes son, dice él, Karen Horney, Erich Fromm y Harry Stack Sullivan. Horney dice que los sentimientos de inseguridad se hallan en la base de la ansiedad. No obstante, Fromm cree que el propósito en la vida es el de hallar «significado». Sullivan enseña que la ansiedad, proviene de la perturbación en la relación de uno con los demás. Habiendo dividido esta segunda escuela en estos segmentos, el autor observa que existe una tercera que representa el pensamiento existencialista. En esta categoría coloca a Ludwig Bienswanger y Rollo May. A continuación expone todos sus puntos de vista. Finalmente, concluye en la página 5:
“Resumiendo, la ansiedad puede provenir de amenazas contra nosotros, de amenazas desde dentro o desde afuera. La ansiedad puede provenir de nuestro pasado, presente o futuro. En el pasado tenemos recuerdos, experiencias y conflictos no resueltos que pueden producir ansiedad. En el presente tenemos facturas, plazos, trabajo, exámenes, y relaciones con otras personas que suscitan angustia. Y al mirar al futuro, se ongina la ansiedad debido a la falta de propósito y, finalmente, existe la consciencia de la muerte que parece hacer que la vida carezca aún más de significado.”

 

En otras palabras, el autor ha resumido las ideas de todas estas personas y ha asumido que cada una de ellas está en lo cierto en sus principales puntos, a pesar de que hay muchos aspectos en los que estas posturas son opuestas.
A lo largo del resto del opúsculo se interpreta al cristianismo como supliendo las necesidades que estas personas tienen según los diagnósticos de Freud, Horney, Sullivan, etc. Por ejemplo, veamos la página 10: «Lo que precisarnos es un cambio drástico [sic] en el interior. Creo que la diagnosis de Cristo acerca de la condición original del hombre es similar al diagnóstico de Freud acerca de la condición original del hombre.» Esta es una burda simplificación que representa una falta total de comprensión, sea de Freud, de Cristo, o de ambos. Este bautismo de los puntos de vista antropológicos seculares, que ha caracterizado tan frecuentemente mucho de lo que ha sido llamado orientación cristiana, debe ser rechazado. En lugar de ello, los cristianos deben abandonar estos puntos de vista y entender las presuposiciones anticristianas básicas en las que se apoyan. El Dr. Comelius Van Til. del Westminster Theologícal Seminary, ha señalado la importancia del análisis presuposícional. Ha demostrado que. en el fondo. todos los sistemas no cristianos demandan autonomía para el hombre, con lo que así buscan destronar a Dios.

 

Las conclusiones aqui mencionadas no se basan en descubrimientos científicos. Mi método es presuposicional. Acepto abiertamente la Biblia infalible como la norma de toda fe y práctica. Por ello, las Escrituras son la base, y contienen los criterios según los cuales he procurado hacer cada juícío. Usted observará que el material referente a casos no se utiliza como evidencia demostrativa. sino sólo de manera ilustrativa. No se debe pensar que estos materiales confirman o verifican las posiciones bfblicas (la Palabra de Dios no precisa de apoyos humanos); más bien, los he utilizado para ilustrar, concretar y clarificar. Se deben sugerir dos precauciones. Primero, estoy consciente de que mis interpretaciones y aplicaciones de las Escrituras no son infalibles. Segundo, no es mi deseo despreciar la ciencia, sino que más bien le doy la bienvenida como un útil auxiliar para los propósitos de ilustrar, de rellenar las generalizaciones con particularidades, y para desafiar las interpretaciones humanas erróneas de las Escrituras, obligando así al estudiante a volver a estudiar las Escrituras. No obstante, en el área de la psiquiatría, la ciencia ha dejado mayormente abierto el paso a la filosofía humanística y a burdas especulaciones, Lewis Joseph Sherrill, en Guilt and Redemption (Richmond: John Knox Press), escribe así: «Encontraremos que las distintas psícologías están tan cargadas de dogmas como cualquier sistema teológico. Si dogma es toda afirmación pronunciada realmente aparte de evidencias que cualquier persona competente pueda verificar…. la teología y la psicología son sencillamente olla y marmita. y ninguna de las dos tiene derecho a decir que la otra está negra», p. 15. No obstante, una seria diferencia consiste en que los teólogos cristianos han estado ‘siempre dispuestos a reconocer su fe presuposicional, míentras que a menudo los psiquiatras no lo hacen asi. Erich Fromm constituye una notable excepcion. El señala, por ejemplo, que Freud fue mas alla de la idea de curacion al admitir que la psiquiatria es “El estudio del alma del hombre” a fin de poder enseñar «el arte de vivir. Psicoanalisis y religion , Nueva Haven: Yale University Press, 1950, p. 7) Masur puede estar en lo correcto cuando afirma que “el psicoanalisis llego a ser una de las religiones sustitutivas para la clase media desilusionada”. Continua diciendo: “El analisis es acompañado por ceremonias y rituales que se asemejan a un rito religioso. Sus conceptos, en el mejor de los casos son discutibles, se repiten como articulos de fe”, (Gerhard Masur, Prophets of Yesterday, Nueva York: The Macmillan Co, 1961, p. 311). Percival Bailey tiene razon al decir que “muchas de las obras psicologicas de Freud no son tratados cientificos, sino mas bien ensueños” (Percival Bailey, “The Great Psychiatric Revolution” en Morality and Mental Health, O. H. Mowrer, ed., Chicago: Randy McNally Co., 1966, p. 53).

Es mucho todavía lo que queda por hacer para erigir un sistema total y organizado de orientación bíblica, pero intentaré bosquejar la estructura preliminar.

 

JAY ADAMS

Filadelfia, 1970

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