Presiones sobre Bush, para que presione a Israel

La Biblia claramente establece que se levantará un líder europeo que hará las gestiones para que Israel acceda a la firma de un tratado de paz con “muchas naciones”. La Biblia también nos advierte que cuando esto suceda, y “mi pueblo esté en paz”, se levantarán Gog y Magog (Rusia), acompañados de las naciones árabes, y atacarán a Israel “como un nubarrón, para cubrir la tierra”. Sobre esta anhelada paz israelí garantizada por el Anticristo, la Biblia nos dice que cuando Israel coloque su confianza en la seguridad humana, en vez de la seguridad que solamente Él le puede garantizar, Israel será atacado y Dios tendrá que acudir a su socorro.

Dentro del marco de esta realidad profética futura, creemos que el artículo siguiente nos presenta un relieve pertinente en estos tiempos tumultuosos. El autor del artículo muestra desconocimiento (o prefiere ignorar) las connotaciones proféticas del momento político que vivimos, pero más allá de las limitaciones del artículo en el espectro escatológico, él nos brinda un tipo de foto instantánea del mundo fascinante del que en estos momentos somos testigos. Después de leer este artículo, es posible que usted adquiera una fotografía aérea más completa del escenario que se nos viene encima con velocidad asombrosa, ¡Justo antes del Levantamiento de la Iglesia!

Presiones sobre Bush…
¡para que presione a Israel!

Es la realpolitik lo que produjo esta guerra con Irak, y es la misma realpolitik la que, después de ella, puede impulsar la paz con los palestinos. Con su mapa de rutas, Bush estará pagando a Blair por los servicios prestados.

Empecemos por decir lo obvio: esta guerra es ilegal (si consideramos que) George Bush no logró repetir el trámite de su padre 12 años antes, así que decidió dejar la dependencia burocrática de un portazo. Con ello, Bush podría estar echando por tierra la organización que nació precisamente para evitar situaciones como esta. Que el norteamericano no tenía una causal de guerra clara ya se sabe. No es que mucha gente sesuda vaya a rasgarse las vestiduras con la derrota y caída de Saddam Hussein. También es cierto que Saddam estaba bicicleteando a los inspectores de la ONU y al resto del mundo con sus trucos. Pero cuanto menos, este estiramiento de cosas, en que Saddam se desnudaba de a poco, como cáscaras de cebolla, evitaba de momento los males de la guerra.

Digamos también que, para evitarla de verdad, Europa debió haberse alineado con Estados Unidos en una sola cosa: no en la guerra, sino en la amenaza de tal. Un ejemplo patético es el que representa Jacques Chirac. En Francia ahora se preguntan si no se le fue la mano con su combatividad antinorteamericana. Si al comienzo defendió el principio de que toda acción contra Irak debe ser emprendida desde el marco de la ONU, incluida una guerra, terminó emborrachándose con las encuestas de popularidad y se convirtió en el abogado defensor de Saddam Hussein, oponiéndose a toda posibilidad de opción bélica.

Con ello no hacía otra cosa que condenar a los inspectores de la ONU al fracaso: si tengo al tonto de Chirac cuidándome las espaldas, pensaba Saddam, y al blando de Hans Blix como jefe de los inspectores, cuya última intención en la vida es dar el aval a nada menos que una guerra, no hay ninguna necesidad de desarmarme de veras. No sabemos cuál es el destino que correrá Blix y toda la ONU con él. El futuro de Chirac también es incierto, si permanece fuera del reparto del botín cuando termine la contienda. Por las dudas, el francés ya ha amenazado a Saddam: si utilizan armas no convencionales en la guerra, Francia entrará en ella. En otras palabras: después de “quemarme” defendiéndote con el argumento de que no hay pruebas de la existencia de armas biológicas o químicas en tu haber, no se te ocurra hacerme quedar como un payaso ante el mundo, desenfundando bacterias o gases.

Pero Chirac estará en problemas porque su supuesta defensa a ultranza de la paz tuvo dos razones. Una, presentar una opción de contrabalance al poder unipolar de Estados Unidos; la segunda, defender los negocios a futuro, en especial petroleros, con el régimen de Saddam Hussein cuando se levantaran las sanciones. Pues, a diferencia de Estados Unidos, Francia (y Alemania, y Rusia) sí es dependiente del petróleo iraquí, y los derechos humanos de los pobres iraquíes tampoco le importan demasiado. Para Estados Unidos el petróleo es un factor influyente, pero no fue la causal de guerra, como lo siguen leyendo erróneamente desde cierta izquierda simplista y simploide en Europa y Latinoamérica. Para Estados Unidos se trata de otro interés vital: otro capítulo en el diseño de un nuevo orden internacional que tenga a ese país como potencia hegemónica que fija las reglas de juego. El petróleo y el dinero son importantes, pero no alcanzan para explicarlo todo. El contrabalance que intentó Europa y su perfilamiento como potencia equilibrante al poder norteamericano, precisamente estimuló la guerra en lugar de tender a evitarla: nadie, ni grupos terroristas ni líderes europeos, le dirán a EE.UU., y menos al EE.UU. de George W. Bush, cuándo habrá guerra y cuándo habrá paz. La guerra es sobre eso, no sobre petróleo.

LA DOTE DEL MAPA DE RUTAS

Pero no todos en Estados Unidos son George W. Bush. No es lo mismo la Casa Blanca que el Departamento de Estado, y mucho menos que el Pentágono. Al Departamento de Estado, por ejemplo, sí le importa mucho lo que pueda opinar y decidir Europa. La situación actual, en la que los norteamericanos debieron ir a la guerra sin sus aliados tradicionales, sin sus socios comerciales, sin sus contrapartes formales en la OTAN, sin sus aliados de la Segunda Guerra Mundial –por los que, por otra parte, se jugaron en su momento-, y junto a los cuales habrán de seguir formando el rico Primer Mundo, los G8 y demás foros opulentos, no es justamente la ideal.

En ese contexto se inscriben los diferentes pronunciamientos del presidente norteamericano y su secretario de Estado en el tema del proceso de paz entre Israel y los palestinos. No es casual que Bush haya señalado, ya en su famoso discurso de junio, la necesidad de crear un estado palestino, acabar con la ocupación, el terrorismo y los asentamientos. No es que al mandatario le importe el asunto como sí le importaba a Clinton. Pero Bush necesitaba convencer a sus socios europeos de unírsele en la guerra contra el Afganistán de los Talibán. El discurso, aun contra las intenciones de su autor, se convirtió en una piedra angular, según la cual los demás actores debieron alinearse.

En ese marco entra también el “mapa de rutas”, el nombre del plan de paz para Medio Oriente a la Bush. Este postula la creación de un estado palestino con fronteras provisorias ya en la primera etapa, seguida del fin del terrorismo, completar la democratización y descorrupción de la Autoridad Palestina y el fin a la construcción de asentamientos israelíes en los territorios. Introduce el elemento de la “simultaneidad”: al mismo tiempo que ocurre algo del lado palestino, debe producirse algo también del lado israelí, y viceversa.

En concreto, se trata de un pequeño precio a pagar por sus servicios al premier británico Tony Blair. Pues el líder inglés se ha metido en verdaderos problemas. Al alinearse con Washington en esta lid, perdió dos bienes: uno, su otrora alta popularidad y tal vez la posibilidad de ser reelecto; dos, ser el líder de Europa que condujera, junto con Francia y Alemania y encabezándolos, la alternativa imperial a la monopólica Norteamérica. A tal punto, que surgieron voces en Bélgica llamando a una alianza militar europea que deje fuera a Inglaterra. Lo cual, cuanto menos en términos de envergadura militar, sería como una alianza militar en el sub-continente norteamericano que incluyera a México y a Canadá y dejara afuera a Estados Unidos.

Por su propia supervivencia y el lugar que ocupará luego su país en el mundo post segunda guerra del Golfo, Blair necesita que Europa y Estados Unidos se reconcilien. El alejamiento actual de los dos gigantes, con un pie en Europa y otro en América, le ha desgarrado a Blair la ingle, y le duele. Por eso la necesidad de un “linkage” entre la guerra en Irak y el conflicto israelo-palestino. Tanto Blair como Bush saben que la niña de los ojos de Europa es la solución del problema palestino. Para reconciliar a ambas potencias, Blair trae como dote a los europeos la promesa de Bush de impulsar e incluso imponer a las partes en el conflicto, el mapa de rutas. Ello explica que, desde la reunión en las islas Azores donde se decidió el comienzo de la guerra, e incluso en pleno fragor de una guerra que se extiende, Bush y especialmente Blair repitan en cada ocasión que se les presenta, aunque suene totalmente descolgado, que en breve publicarán el mapa de rutas para Israel y los palestinos. Colin Powell, secretario de Estado, ha ido más lejos al afirmar que “luego de la guerra presionaremos fuertemente a Ariel Sharón”. Pues, en su “lista de compras”, luego de Saddam Hussein, Bush tiene anotadas a organizaciones terroristas como Hamás, Jihad Islámica y Fataj, incluso a Arafat. Pero, para atraer a Europa, no es problema hacer en la retórica que Sharón siga a Saddam.

MIENTRAS TANTO, EN EL MEDIO ORIENTE

Eso es, ni más ni menos, música para los oídos europeos. Eso, y el nombramiento de Abu Mazen como primer ministro de la Autoridad Palestina. Una de las formas que ha elegido Europa para diferenciarse de EE.UU., como “árbitro imparcial” a favor de Israel, es el perfilarse como un “árbitro imparcial” a favor de los palestinos. Sin embargo, en los últimos meses, los europeos habían empezado a dar muestras de impaciencia para con el líder palestino. Comenzaron a cansarse del estímulo al terrorismo y de la corrupción de Yasser Arafat, cuyo séquito roba de los aportes de los “países donantes” de Oslo, empezando por el dinero europeo, a costa de la construcción del estado palestino, y se plegaron a las presiones norteamericanas por reformas en la AP. A través de su representante para el Medio Oriente, Miguel Moratinos, fueron muy concretos con Arafat: o nombra Ud. un primer ministro que tenga atribuciones reales, empezando por el control del dinero, o nos pierde como aliados. El nombramiento de Abu Mazen como primer ministro palestino, pues, también tiene como trasfondo la guerra con Irak.

Este punto ha colocado a los palestinos en un dilema. Por un lado condenan a Estados Unidos y festejan la resistencia de los iraquíes contra el demonio imperialista. Por otro, esperan la pronta victoria norteamericana, ya que luego viene justamente el mapa de rutas. De hecho, los pronunciamientos oficiales de la AP han sido más que moderados, y las campañas lanzadas desde las organizaciones del “mainstream” palestino han llamado a la paz y a la solidaridad con el pueblo iraquí, absteniéndose cuidadosamente de exagerar su apoyo a la persona de Saddam Hussein. Por ejemplo, han distribuido guías telefónicas iraquíes y han invitado a los palestinos a elegir un número al azar y llamar para expresar solidaridad con cualquier familia iraquí en nombre del pueblo palestino. Las manifestaciones turbulentas, en cambio, con quema de banderas norteamericanas y demás, han sido convocadas por las organizaciones fundamentalistas islámicas, en especial Hamás.

Es lo que ocurre, dicho sea de paso, en todo el mundo árabe. Incluso la última reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la Liga Árabe fue otra edición de muchas palabras sin acción alguna. Liderados por Egipto, los árabes condenaron la guerra y llamaron a arreglar las disputas por la vía diplomática, pero nada en defensa del régimen de Saddam. La preocupación común, en cambio, fue por cómo controlar las manifestaciones que amenazan con desestabilizar regímenes que necesitan el respaldo norteamericano para sobrevivir. La mayoría de estos países están en un dilema parecido al de Arafat, y sólo Kuwait, por razones entendibles, es unívoco en su apoyo a la guerra y a la pronta caída del dictador iraquí.

Mientras tanto, por suerte para sus líderes, las manifestaciones se moderaron, al contrario que en Europa, Asia oriental o incluso en Estados Unidos. Aun Hizballah, bajo las presiones sirias, se ha abstenido de calentar el límite norte de Israel, tal como se temía aquí, e incluso el ejército libanés ha aumentado sus patrullas en la frontera. Hizballah también ha comprendido la posición de Irán, que se opone sólo a medias tintas a la guerra contra Saddam.

Para Israel, la próxima entrega del mapa de rutas de George W. Bush es una buena noticia o buena a medias, depende de qué lado del mapa político se encuentre el israelí en cuestión. Para la izquierda será una noticia más que buena, no solamente por su apoyo a cualquier proceso de paz, sino porque dicho plan introduce un elemento hasta ahora ausente: la presencia activa del Cuarteto (EE.UU., la Unión Europea, Rusia y la ONU) en la fiscalización del cumplimiento de las etapas. Hace mucho que buena parte de los israelíes han llegado a la conclusión que, solos, israelíes y palestinos no pueden arreglar sus asuntos, y que hace falta una mano que lo imponga desde afuera. Esta lectura optimista dice que si antes se trataba de intentar la paz como una cuestión de prestigio para aquellos mediadores internacionales que lo intentaran, hoy se trata, por lo ya explicado, y porque hubo una guerra de por medio, de una cuestión obligada de alta realpolitik.

Si el israelí que ve los desarrollos desde lejos, en Irak y en el primer mundo, es en cambio de derecha, los cielos se le aparecen ominosos, precisamente por las mismas razones ligadas a la eventual imposición de soluciones desde afuera. Ante el último anuncio de Colin Powell acerca de las presiones sobre Sharón para que acepte el mapa de rutas tal como está y lo implemente a la brevedad, fuentes gubernamentales en Jerusalem reaccionaron: “No podrán imponerle a Israel un mapa de rutas que no nos resulte aceptable. No pagaremos el precio de la guerra en Irak”. Ya desde el comienzo de la contienda bélica, en la Oficina del Primer Ministro se teme que Bush no cumpla la promesa hecha a Ariel Sharón, de que podría efectuar cambios al mapa de rutas antes de ser presentado a las partes. Uno de esos cambios se refiere al mentado tema de la “simultaneidad”: Israel no se opone a que ambos cumplan los términos del acuerdo en paralelo. “Pero esta vez, deben empezar los palestinos”, dijo Sharón. No obstante, ahora, incluso el director de dicha Oficina, Dov Weissglass comienza a preparar a su entorno: “Igual, no tenemos demasiados cambios para hacerle al mapa”, se lo escuchó decir en pasillos.

Pero Blair y Europa deben apurarse. Algunas actitudes de Bush son buenas señales para una eventual reactivación del proceso de paz: su apoyo al nombramiento de Abu Mazen como primer ministro palestino, la invitación de Condoleezza Rice al mismo para que visite la Casa Blanca cuando Arafat nunca pudo entrevistarse allí con Bush; el entusiasmo de la actual Administración con la designación de Silván Shalom como ministro de Relaciones Exteriores israelí en lugar de Biniamín Netaniahu, al que en Washington consideran “un caso perdido” para la paz y al que tampoco invitaron nunca a pisar la Casa Blanca como ministro de Exteriores. Buenas señales, pero de corta duración: a Bush, repetimos, este tema le interesa bien poco y, según algunos análisis en Jerusalem, se le pueden ir pronto las ganas de impulsar su propio mapa de rutas, si llega antes el comienzo del año electoral, dentro de algunos meses. Entonces, dicen, no habrá nada que logre presionarlo para que presione a Sharón.

Contribución de: Marcelo Kisilevski

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: