¿Contra quien es nuestra lucha?

Toda la historia del hombre aquí en la tierra, ha sido de luchas, y de continuo el hombre se ha encontrado con emisarios del mal. La pregunta es: ¿Qué hacen aquí esos demonios? ¿Cómo venimos a un planeta tan infestado con el mal? La Biblia enseña que los ángeles fueron creados para ser santos (Marcos 8:38), pero en algún punto, algunos ángeles se rebelaron contra Dios en forma deliberada. Dios juzgó a estos ángeles rebeldes. Algunos fueron encadenados en el infierno, pero otros fueros dejados en libertad para oponerse a Dios y a su reino. ¿Por qué haría Dios eso? ¿Por qué dejaría libre a una fuerza que se le iba a oponer? Dios siempre ha tenido un plan para el hombre, desde que fue formado y puesto en el Edén; Dios quería que gozara de todos los beneficios que había creado para él. Ahora bien ¿cuál era el plan de Dios después de la caída del hombre? Todos aquellos beneficios que tenía el hombre en el Edén los había perdido por su desobediencia, ahora no solo tenía que ganarse su alimento sino que tenía que enfrentarse a estos emisarios del mal que estaban fuera del Edén. El desarrollo del hombre fuera del Edén dependería de su potencial máximo y de una experiencia contra el adversario. Eso es, Dios quería que aprendiésemos a combatir.

Los hombres de Dios son una raza de guerreros, hechos a imagen de Dios y destinados a reinar juntamente con él. En nuestra naturaleza está el impulso de conquistar algo, de controlar algo. Este deseo se puede pervertir al codiciar el poder motivados por el orgullo, o se puede someter y usar en el gobierno misericordioso del reino de Dios. Fuimos destinados para gobernar con Cristo. Formado por los hijos redimidos de Adán, Pero antes de la eternidad viene una breve experiencia de luchas aquí en la tierra.

En nuestra lucha, nuestro blanco no es el hombre; el blanco es Satanás y sus demonios. No debemos usar nuestras fuerzas para luchar contra la creación de Dios, sino contra seres espirituales de las tinieblas. Necesitamos la fuerza del poder de Dios, porque estamos haciendo guerra contra un enemigo espiritual. Nuestra lucha no es contra carne y sangre sino contra principados y potestades de las tinieblas.

 

Satanás se ha ocupado de mantener encarcelada a mucha gente con sus mentiras y llevándolas al error. Los mismos fariseos, y el mismo Pablo fueron presa de este enemigo.

 

Ellos se levantaron para hablar cosas pervertidas contra las enseñanzas saludables de Nuestro Señor Jesucristo, el enemigo había llenado sus pensamientos de prejuicios, y se justificaban así mismo; un día el Señor les dijo: Vosotros sois los que os justificáis á vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación. (Lucas 16:15)

Jesús traía la verdad; y esta haría libre a todo aquel que en ella creyera, para que la fe del creyente fuera fundada en el poder de Dios Padre.

 

Las cosas que el Señor nos ha revelado nos llevan más cerca a Él, y las cosas que El nos dará cada día nos llevarán a una espiritualidad más profunda, el propósito del Señor era llevar al hombre hacia el Padre, en el no había pensamientos con prejuicio que condenaran a los pecadores, su tarea en la tierra no era condenar al mundo si no salvarlo. Si nuestros pensamientos no son dirigidos por el Espíritu Santo podríamos caer en la condición de los fariseos y ser llevados al error. El mismo Pablo después de su encuentro con Jesucristo, sus pensamientos llenos de prejuicios fueron liberados y tenia cuidado de ello.

Asi que, hermanos, cuando fui á vosotros, no fui con altivez de palabra, ó de sabiduría, a anunciaros el testimonio de Cristo. Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve yo con vosotros con flaqueza, y mucho temor y temblor; Y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder; Para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios. (1 Corintios 2:1-5)

 

Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado; (1 Corintios 2:12)

 

El diablo no ha descansado en llevar al hombre a un estado de encarcelamiento, manipulado por sus mentiras y maquinaciones en las mentes y pensamientos del hombre y así tenerlos en el error y en una completa opresión de derrota.

Satanás puede encadenar el alma, pero no es capaz de encadenar el espíritu a menos que nosotros voluntariamente nos sometamos a sus engaños: Los pecados son prisiones, cadenas para la vida del creyente. La amargura, el rencor, los resentimientos, son cadenas que encarcelan el alma, y obstruyen al espíritu para vivir una verdadera libertad, el ser benignos, bondadosos, misericordiosos, nos hará libres. (Efesios 4:31-32)

El enojo es una cárcel. Voluntariamente lo dejamos entrar para vivir encadenados, no somos libres, vivimos esclavizados por la persona que causa el enojo, seremos esclavos de la persona odiada. El rencor, los resentimientos son cadenas que voluntariamente llevamos. Por eso, (Efesios. 4:26), dice “Enojaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Salga de la cárcel antes de que se ponga el sol. No duerma en la cárcel.

Una vida en el espíritu nos mantendrá lejos de las asechanzas y maquinaciones de satanás, mientras que las obras de la carne y los afanes del mundo nos exponen a ser presa fácil del enemigo.

El verdadero crecimiento espiritual, empieza cuando consagramos (Dedicamos) nuestra vida a Dios para servirle.

El nuevo nacimiento cristiano nos debe llevar a consagrar nuestra vida a Dios para fortalecer nuestra vida espiritual, y crecer en sabiduría y gracia delante de nuestro Padre. Jesús fue un ejemplo a seguir. Y el niño crecía, y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. Y Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres. (Lucas 2:40; 52)

Los cristianos en crecimiento espiritual pensamos que sabemos lo que supuestamente nosotros debemos hacer, pero nosotros no sabemos cómo hacerlo.

En cada etapa de nuestra vida espiritual debemos recibir fundamentos de crecimiento que solo podremos recibir por la palabra.

Estos fundamentos son tan importantes entenderlos para poder efectivamente desarrollar una vida espiritual más saludable, y que podamos desarrollarnos en un correcto crecimiento.

Cuando Adán peco, él fue separado de Dios por el pecado. El resultado de esa separación de Dios alcanzo a toda la generación humana, esta condición solamente puede ser invertida, si rompemos esa barrera del pecado que nos separan de su presencia. El arrepentimiento hacia Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo rompe esta barrera.

Al momento de que una persona coloca su confianza en Cristo esa persona es nacida del espíritu, eso significa que el Espíritu Santo entra en el espíritu humano. El Espíritu Santo es ahora capaz de transformar a esa persona, porque el cambio puede darse desde adentro. Si el cambio de la persona está sucediendo desde adentro, la persona crecerá y madurará espiritualmente.

Sin embargo, muchos nuevos cristianos no entendemos eso, y tratamos de cambiarnos a nosotros mismos por medio de seguir cierto grupo de reglas. Así como no podemos ser salvos por medio de obras, nosotros no podemos madurar espiritualmente por medio de obras. Cuando nosotros tratamos de madurar por nuestros propios esfuerzos entonces tenemos el problema del “YO”.

El hombre exterior, nuestro “YO” siempre manifestara su capacidad, física, intelectual y emocional; pero la verdadera transformación empieza en nuestro hombre interior, en nuestro espíritu.

¿Por qué? Porque el espíritu se opone a las obras de la carne. Esta es la lucha en nuestro crecimiento espiritual; pero si consagramos nuestra vida y rendimos nuestra voluntad a Dios entonces tendremos un crecimiento y una madurez espiritual.

Porque lo que hago, no lo entiendo; ni lo que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no obro aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien: porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo. Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, esto hago. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el mal que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios: Mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo á la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Gracias doy á Dios, por Jesucristo Señor nuestro. (Romanos 7:15-25)

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