Juicio y prejuicio

El juicio del hombre sin la guía del Espíritu Santo, puede volverse prejuicio

Mas Jehová permanecerá para siempre: Dispuesto en su trono para juicio. Y él juzgará el mundo con justicia; Y juzgará los pueblos con rectitud. Y será Jehová refugio al pobre, Refugio para el tiempo de angustia. (Salmos 9:7-9)

JUICIO ¿Qué podemos entender por juicio? Ejercicio del entendimiento en virtud del cual se puede discernir la realidad, inclusive el bien y el mal, y así formar una opinión en cuanto a la naturaleza real de alguna cosa o hecho, o el verdadero carácter moral de alguna persona. Por lo general, cuando la Biblia habla de juicio, se da por sentado que el juez es Dios. El juicio de Dios, es desde luego, infalible. Él juzga al mundo en dos dimensiones, la histórica y la escatológica (despues de la muerte).

Especialmente en el Antiguo Testamento hay varias referencias al juicio de Dios sobre la humanidad en ciertas situaciones históricas. A veces Dios juzga a individuos como Adán y Eva, Ananías y Safira. Pero asimismo juzga a las naciones, sobre todo a Israel y las demas naciones circunvecinas. Destruye a los dioses falsos.

(Génesis 3: 16-19; Hechos 5.1-11; Oseas 5.1; Isaías 16.6, 7; Sofonías 2.11)

La mayor parte de la enseñanza bíblica sobre el juicio, se refiere al futuro, o sea a la dimensión escatológica. “De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. El juicio definitivo es el del gran trono blanco, cuando todos aquellos cuyos nombres no estén escritos en el libro de la vida serán lanzados al lago de fuego. Este juicio establece la terrible y eterna diferencia entre el cielo y el infierno. Los que pasarán la eternidad en el infierno serán condenados por su propio pecado. Los que van al cielo no van por sus propias buenas obras, sino por su FE en Cristo, que es la base de la SALVACIÓN y el corazón del EVANGELIO.

(Hebreos 9.27; Apocalipsis 20.11, 12, 15; Romanos 6.23; Efesios 2.8-9; Romanos 3.21-24; 1 Corintios 15.3; 1 Juan 1.7)

De manera que el juicio de Dios sobre el hombre y el mundo, se llevó a cabo en la cruz del calvario sobre Cristo. En ella Él fue “hecho pecado”.

Aunque Cristo nunca pecó, el juicio de todos los pecados del mundo cayó sobre Él. Así pues, el juicio final de quienes se identifican con Cristo y tienen fe en su sangre, ya se ha verificado en el Calvario. Como consecuencia, el creyente es considerado justo, y no tiene ningún temor del juicio final.

No obstante, queda todavía un juicio escatológico que se llama “el tribunal de Cristo”. Ya no se trata de la salvación y la condenación eterna, sino de un juicio sobre la eficacia de nuestra vida como hijos de Dios en la tierra. Este juicio será de “fuego” y las obras buenas que el cristiano ha hecho perdurarán (como “oro, plata, piedras preciosas”), pero las malas perecerán (como “madera, heno, hojarasca”). Con todo, “en el amor no hay temor” y tenemos “confianza en el día del juicio”.

(2 Corintios 5.21; Mateo 27.46; Romanos 5.18; Romanos 8.; 1 Corintios 5.10; 1 Corintios 3.12-15; 1 Juan 4.17, 18)

Antes de la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo, el hombre tenía que presentar un sacrificio que era por expiación de culpa y era presentada delante de Jehová. ASIMISMO esta es la ley de la expiación de la culpa: es cosa muy santa. En el lugar donde degollaren el holocausto, degollarán la víctima por la culpa; y rociará su sangre en derredor sobre el altar: Y el sacerdote lo hará arder sobre el altar; ofrenda encendida á Jehová: es expiación de la culpa. (Levítico 7:1-6)

Si el sacrificio de un animal y la sangre rociada sobre un altar era presentado como expiación de culpa, cuanto más la sangre de nuestro Señor Jesucristo que fue rociada en la cruz del calvario nos limpiara de toda culpa, si confesamos nuestras faltas delante de Él.

Toda culpa debe ser confesada a quien intercede todos los días por nosotros y este es Nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro abogado en los cielos. “No juzguéis, para que no seáis juzgados”, se ha creído que el hombre no debe juzgar. Sin embargo, la Biblia enseña que aunque el juicio del hombre es falible, es también importante y debe emplearse en muchos casos.

Por ejemplo, en el Antiguo Testamento Dios llamó a Moisés para juzgar a su pueblo, en ciertos casos el pueblo mismo tenía que juzgar, y Dios levantó jueces con el mismo fin. Asimismo, el Nuevo Testamento enseña que el juicio del creyente debe comenzar consigo mismo.

(Mateo 7.1) (Éxodo 18.13) (Números 35.24) (Jueces 2.16) (1 Corintios 11.31; 2.15; 5.1-3; 6.1-8). (Ro 13.1-5)

PREJUICIO ¿Que podemos entender por Prejuicio? Una opinión preconcebida y generalmente distorsionada, formulada sin considerar los datos con honestidad.

El prejuicio ciega la razón y se cierra ante argumentos convincentes. El prejuicio lleva a juicios temerarios y a la calumnia. Con frecuencia justifica y fomenta el rechazo o el odio. Es contrario a la caridad, a la verdad y a la justicia.

Cuando es hallado algún pecado en el prójimo, el hombre busca sentirse superior a su prójimo y con facilidad cae en prejuicios. Los grupos minoritarios han sido con frecuencia víctimas del prejuicio de los grupos dominantes. Todo cristiano debe luchar contra el prejuicio reconociendo que también nosotros somos vulnerables a caer en el pecado del prejuicio. Imitemos a Jesucristo, que se entregó por la salvación de todos, aun cuando éramos sus enemigos.

No se debe confundir el prejuicio (que es opinión preconcebida) con el juicio objetivo sobre lo que constituye virtud o vicio. Y que debe ser llevado por la dirección del Espíritu Santo.

Este tipo de forma de pensar está vinculada a la discriminación. Los prejuicios suelen ser negativos (se rechaza a algo o alguien antes de tener el conocimiento suficiente para juzgarlo con motivos) y fomentan la división entre las personas: si un sujeto cree que alguien es malo, no se acercará ni siquiera para conocerlo y comprobarlo.

Un día un hombre de color fue a una iglesia cristiana que le estaba cerca, y tenía el propósito de hablar con el pastor al terminar el culto. Cuando entró en el templo, la comisión de recepción se negó a proporcionarle un asiento, y a él, le sugirieron que fuera a una iglesia de negros. Aquel hombre salió de aquel templo para no volver más. Y pensó “Si también los cristianos tienen diferencias de clase”, “permaneceré siendo un simple creyente, y desde allí atacaré el mal”.

Dios no muestra un favoritismo parcial, tampoco debemos hacerlo nosotros. Cualquiera que muestra discriminación es como un “juez con malos pensamientos” En cambio, debemos “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”. En el Nuevo Testamento, podemos ver que se notaban dos grupos “raciales”; los judíos y los gentiles. La intención de Dios fue que los judíos fueran un reino de sacerdotes, ministrando a las naciones gentiles. En vez de eso, la más de las veces, los judíos se volvieron orgullosos de su posición y despreciaban a los gentiles. Jesucristo puso fin a esto, destruyendo el muro divisorio de hostilidad. Todas las formas de racismo, prejuicio y discriminación son afrentas a la obra de Cristo en la cruz.

(Deuteronomio 10:17; Hechos 10:34; Romanos 2:11; Efesios 6:9)(Santiago 2.4, 8) (Efesios 2:14)

Jesús ordena que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado. Si Dios es imparcial, y nos ama imparcialmente, significa que necesitamos amar a los demás de la misma manera. Jesús nos enseña que todo lo que hagamos por el más pequeño de Sus hermanos, lo hacemos por ÉL. Si tratamos a las personas con desprecio, estamos maltratando a una persona creada a la imagen de Dios; estamos lastimando a alguien a quien Dios ama y por quien Jesús murió. (Juan 13:34)(Mateo 25.45)

El racismo, en sus varias formas y diversos grados, ha sido una plaga en la humanidad por miles de años. Hermanos y hermanas, ¡esto no debe ser así! Quienes han sido víctimas del racismo, prejuicio y discriminación, necesitan perdonar. Efesios 4:32 dice, “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” Debemos presentarnos nosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y nuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.” (Romanos 6:13). Hagamos que Gálatas 3:28 sea una completa realidad, “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.”

Solo hay uno que se ocupa de llevar toda acusación delante del padre, y este es uno de los tantos nombres que tiene satanás, el acusador, pero todo aquel que ha venido a salvación ha sido dotado de la virtud y el poder de su Cristo, y ellos han vencido por la sangre del cordero y la palabra de su testimonio.

Y oí una grande voz en el cielo que decía: Ahora ha venido la salvación, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo; porque el acusador de nuestros hermanos ha sido arrojado, el cual los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio; y han menospreciado sus vidas hasta la muerte. (Apocalipsis 12:10-11)

En esto son manifiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo: cualquiera que no hace justicia, y que no ama á su hermano, no es de Dios.

Porque, este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno, y mató á su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas. Cualquiera que aborrece a su hermano, es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en el. Si alguno dice, Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Porque el que no ama a su hermano al cual ha visto, ¿cómo puede amar á Dios a quien no ha visto? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad. (1 Juan 3:10-12; 1 Juan 3:15; 1 Juan 4:20; 1 Juan 3:18)

¿Cuántos prejuicios hay en nuestras mentes hacia nuestro prójimo?

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