El atributo divino

Majestad inenarrable, mi alma desea verte. Clamo a ti desde el polvo. Sin embargo, cuando busco tu nombre. es secreto. Tú estás escondido en la luz a la que ningún hombre se puede aproximar. Lo que tú eres. no puede ser pensado ni dicho, porque tu gloria es inefable.

Con todo. profeta y salmista, apóstol y santo, me he animado a creer que en cierta medida te puedo conocer. Por eso te ruego que, cuanto te haya placido revelar de ti mismo, me ayudes a buscarlo como un tesoro más precioso que los rubíes, o que la mercadería de oro fino, porque contigo viviré cuando las estrellas del amanecer ya no existan, y los cielos se hayan desvanecido, y solo permanezcas tú. Amén.

El estudio de los atributos de Dios, lejos de ser aburrido y pesado, puede ser un ejercicio espiritual dulce y absorbente para el cristiano ilustrado. Para el alma que está sedienta de Dios, nada podría haber más deleitoso.

Sólo sentarse a pensar en Dios,
¡qué gozo es!
Tener el pensamiento; mencionar el Nombre;
la tierra no tiene bendición mayor.
Frederick W. Faber

Antes de seguir adelante, parecería necesario definir la palabra atributo, tal como es usada en esta obra. No la usamos en su sentido filosófico, ni tampoco la confinamos a su significado teológico más
estricto. Con ella queremos designar todo aquello que se le pudiera atribuir de manera correcta a Dios. Para los propósitos de este libro, un atributo de Dios es todo aquello que Dios haya revelado de alguna forma como verdadero con respecto a st mismo.

Esto nos lleva a preguntarnos por el número de los atributos divinos. Los pensadores religiosos han diferido con respecto a esto. Algunos han insistido en que hay siete, pero Faber cantaba sobre “el Dios de los mil atributos”, y Carlos Wesley exclamaba: “La gloria tus atributos confiesa; gloriosos todos e incontables”.

Es cierto que estos hombres estaban adorando, no contando; pero sería sabio que siguiésemos la profundidad del corazón extasiado, en lugarde los razonamientos más cautelosos de la mente teológica. Si los atributos son cosas ciertas con respecto a Dios, lo mejor que haríamos es no tratar de enumerarlos. Además, para esta meditación sobre el ser de Dios, el número de sus atributos carece de importancia, porque sólo vamos a mencionar aquí un número limitado de ellos.

Si bien un atributo es algo cierto con respecto a Dios, también es algo que nosotros podemos concebir como cierto con respecto a Él. Dios, por ser infinito, debe poseer atributos acerca de los cuales nosotros no podemos saber nada. Un atributo, tal como nosotros lo podemos conocer, es un concepto mental, una respuesta intelectual a la autorrevelación de Dios. Es una respuesta a una pregunta; la réplica que hace Dios a nuestra interrogación con respecto a Él.

¿Cómo es Dios? ¿Qué clase de Dios es Él?¿Cómo podemos esperar que actúe hacia nosotros y hacia todas las cosas creadas? Las preguntas de este tipo no son sólo académicas. Tocan las interioridades más
profundas del espíritu humano, y sus respuestas afectan vida, personalidad y destino. Cuando se hacen con reverencia, y se buscan sus respuestas con humildad, éstas son preguntas que sólo pueden ser agradables a nuestro Padre que está en los cielos. “Porque su voluntad es que nosotros nos ocupemos en conocerle y amarle”, escribió Juliana de Norwich, “hasta el momento en que seamos plenamente realizados en el cielo … Porque, entre todas las cosas, son la contemplación y el amor del Creador
las que hacen que el alma parezca menos a nuestros propios ojos, y nos llenan másde temor reverente y mansedumbre genuina, con abundante caridad para con los demás cristíanos.”‘

A nuestras preguntas, Dios les ha proporcionado respuestas; aunque no todas las respuestas, pero sí suficientes para satisfacer a nuestro intelecto y extasiar a nuestro corazón. Estas respuestas nos las ha proporcionado en la naturaleza, en las Escrituras y en la persona de su Hijo.

La idea de que Dios se revela a sí mismo en la creación no es algo que los cristianos modernos sostengan con mucho vigor. Sin embargo, la presenta la Palabra inspirada, en especial los escritos de David e Isaías en el Antiguo Testamento, y la epístola de Pablo a los Romanos, en el Nuevo. En las Santas Escrituras, la revelación es más clara:

Los cielos declaran tu gloria, Señor.
En cada estrella brilla tu sabiduría;
pero cuando nuestros ojos contemplan tu Palabra,
leemos tu nombre en estrofas más claras.
Isaac Watts

Forma parte sagrada e indispensable del mensaje cristiano el que el resplandor pleno de la revelación llegase en el momento de la encarnación, cuando la Palabra Eterna se hizo carne y habitó en medio de
nosotros.

Aunque Dios nos ha proporcionado respuestas a nuestras preguntas con respecto a Él en su triple revelación, esas respuestas distan mucho de hallarse en la superficie. Es necesario buscarlas mediante la oración, la larga meditación de la Palabra escrita, y el esfuerzo ansioso y disciplinado.
Por fuerte que brille la luz, sólo la podrán ver aquéllos que estén preparados espiritualmente para recibirla. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.”

Si tenemos la intención de pensar con exactitud acerca de los atributos de Dios, necesitamos aprender a rechazar ciertas palabras que seguro acudirán a llenarnos la mente; palabras como rasgo, caracteristica, cualidad. Estas palabras son correctas y necesarias cuando estamos hablando de los seres creados, pero son inadecuadas por completo cuando estamos pensando sobre Dios. Debemos quitarnos el hábito de pensar en el Creador de la misma forma en que pensamos en sus criaturas. Es probable que sea imposible pensar sin palabras, pero si nos permitimos pensar con las palabras incorrectas, pronto estaremos alimentando pensamientos erróneos, porque las palabras, que nos han sido dadas para que expresemos los pensamientos, tienen el hábito de ir más allá de sus límites correctos, y determinar el c ontenido de los pensamientos. “Así como no hay nada más fácil que pensar”, dice Thomas Traheme, “tampoco hay nada más difícil que pensar bien.” Si alguna vez pensamos bien, debe ser cuando pensamos en Dios.

Un hombre es la suma de sus partes, y su personalidad es la suma de los rasgos que la componen. Estos rasgos varían de un hombre a otro, y de cuando en cuando varían ellos mismos dentro del mismo hombre. La personalidad humana no es constante, porque los rasgos o cualidades que la constituyen son inestables. Van y vienen; son poco intensos, o brillan con gran fulgor a lo largo de toda nuestra vida. Así, un hombre que sea bondadoso y considerado a los treinta años podría ser cruel y grosero a
los cincuenta. Este cambio es posible, porque el hombre es hecho; en un sentido muy real, es un compuesto. Es la suma de los rasgos que componen su personalidad.

De forma natural, pensamos correctamente en el hombre como una obra realizada por la Inteligencia divina. Es creado y hecho a la vez. Cómo fue creado es algo que permanece sin revelar entre los secretos de Dios; cómo fue traído de la no existencia a la existencia, de la nada al ser, no se sabe, y quizá nunca lo sepa nadie más que Aquél que lo creó. En cambio, cómo Dios lo hizo, es algo menos secreto, y aunque sólo conocemos una pequeña porción de toda la verdad, sí sabemos que el hombre posee un cuerpo, un alma y un espíritu; sabemos que tiene memoria, razón, voluntad, inteligencia, sentidos, y sabemos que para darles sentido a todas estas cosas, tiene el maravilloso don de la conciencia. También sabemos que éstos, junto con diversas cualidades del temperamento, componen el total de su yo humano. Éstos son dones procedentes de Dios, organizados con sabiduría infinita; notas que componen la partitura de la más alta sinfonía de la creación; hilos que forman el tapiz maestro del universo.

Sin embargo, en todo esto, estamos pensando pensamientos de criaturas y usando palabras de criaturas para expresarlos. Ni esos pensamientos ni estas palabras son adecuados para la Divinidad. “El Padre no se ha hecho por nadie”, dice el Credo de Atanasio; “ni creado ni engendrado. El Hijo procede del Padre solamente; no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo: no hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede de ellos.,, Dios existe en sí mismo y por sí mismo. Su ser no se lo debe a nadie. Su sustancia es indivisible. No está compuesto por partes, sino que es simple en su ser unitario.

La doctrina de la unidad divina no sólo significa que existe un Dios único; significa también que Dios es simple, incomplejo, uno consigo mismo. La armonía de su ser no es el resultado de un perfecto equilibrio entre las partes, sino de la ausencia de partes. Entre sus atributos no puede existir contradicción alguna. Él no necesita suspender uno para ejercitar otro, porque en Él todos sus atributos son uno. Dios no se divide a sí mismo para realizar una obra, sino que obra en la unidad total de su ser.

Por todo esto, un atributo no es una parte de Dios. Es como Dios es, y tan lejos como pueda ir la mente en su razonamiento, podemos afirmar que es lo que Dios es (aunque, tal como he tratado de explicar, exactamente lo que Él es, no nos lo puede decir). De qué está consciente Dios cuando está consciente de sí mismo, sólo Él lo sabe. “Nadie conoció las obras de Dios, sino el Espíritu de Dios,” Sólo a un igual podría Dios comunicar el misterio de su Divinidad; y pensar en que Dios tenga un
igual sería caer en un absurdo intelectual.

Los atributos divinos son lo que conocemos como cierto con respecto a Dios. Él no los posee como cualidades; son como Dios es, tal como se revela a sus criaturas. Por ejemplo, el amor no es algo que Dios tenga, y que pueda crecer o disminuir, o dejar de ser. Su amor es la forma en que Dios es, y cuando Él ama se está limitando a ser Él mismo. Lo mismo sucede con los demás atributos.

Un Dios, una Majestad.
No hay más Dios que tú,
Unidad sin límites y sin extensión.
Mar insondable,
toda vida procede de ti,
y tu vida es tu bendita unidad.
Frederick W. Faber

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