Job 33

Job 33- (RV60) – Eliú censura a Job

1 Por tanto, Job, oye ahora mis razones,
Y escucha todas mis palabras.
2 He aquí yo abriré ahora mi boca,
Y mi lengua hablará en mi garganta.
3 Mis razones declararán la rectitud de mi corazón,
Y lo que saben mis labios, lo hablarán con sinceridad.
4 El espíritu de Dios me hizo,
Y el soplo del Omnipotente me dio vida.
5 Respóndeme si puedes;
Ordena tus palabras, ponte en pie.
6 Heme aquí a mí en lugar de Dios, conforme a tu dicho;
De barro fui yo también formado.
7 He aquí, mi terror no te espantará,
Ni mi mano se agravará sobre ti.
8 De cierto tú dijiste a oídos míos,
Y yo oí la voz de tus palabras que decían:
9 Yo soy limpio y sin defecto;
Soy inocente, y no hay maldad en mí.
10 He aquí que él buscó reproches contra mí,
Y me tiene por su enemigo;
11 Puso mis pies en el cepo,
Y vigiló todas mis sendas.
12 He aquí, en esto no has hablado justamente;
Yo te responderé que mayor es Dios que el hombre.
13 ¿Por qué contiendes contra él?
Porque él no da cuenta de ninguna de sus razones.
14 Sin embargo, en una o en dos maneras habla Dios;
Pero el hombre no entiende.
15 Por sueño, en visión nocturna,
Cuando el sueño cae sobre los hombres,
Cuando se adormecen sobre el lecho,
16 Entonces revela al oído de los hombres,
Y les señala su consejo,
17 Para quitar al hombre de su obra,
Y apartar del varón la soberbia.
18 Detendrá su alma del sepulcro,
Y su vida de que perezca a espada.
19 También sobre su cama es castigado
Con dolor fuerte en todos sus huesos,
20 Que le hace que su vida aborrezca el pan,
Y su alma la comida suave.
21 Su carne desfallece, de manera que no se ve,
Y sus huesos, que antes no se veían, aparecen.
22 Su alma se acerca al sepulcro,
Y su vida a los que causan la muerte.
23 Si tuviese cerca de él
Algún elocuente mediador muy escogido,
Que anuncie al hombre su deber;
24 Que le diga que Dios tuvo de él misericordia,
Que lo libró de descender al sepulcro,
Que halló redención;
25 Su carne será más tierna que la del niño,
Volverá a los días de su juventud.
26 Orará a Dios, y éste le amará,
Y verá su faz con júbilo;
Y restaurará al hombre su justicia.
27 El mira sobre los hombres; y al que dijere:
Pequé, y pervertí lo recto,
Y no me ha aprovechado,
28 Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro,
Y su vida se verá en luz.
29 He aquí, todas estas cosas hace Dios
Dos y tres veces con el hombre,
30 Para apartar su alma del sepulcro,
Y para iluminarlo con la luz de los vivientes.
31 Escucha, Job, y óyeme;
Calla, y yo hablaré.
32 Si tienes razones, respóndeme;
Habla, porque yo te quiero justificar.
33 Y si no, óyeme tú a mí;
Calla, y te enseñaré sabiduría.

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Comentario a Job 33

Fuente: “Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia.” Libros poéticos – Job -Tomo-2. Editorial CLIE.

El discurso de Eliú no decepciona las esperanzas que su prefacio había suscitado.

I. Pide a Job que acepte favorablemente lo que va a decir (v. 1-7).

II. Le hace ver que, en el calor de la disputa, ha pronunciado palabras que daban a entender que Dios no le trataba como se merecía (vv. 8-11).

III. Trata de convencerle de la necedad con que se ha portado en esto, mostrándole:

1. El soberano dominio de Dios sobre el hombre (vv. 12, 13).

2. La benevolencia con que Dios trata al hombre incluso cuando le aflige corporalmente (v. 14).

(A) « ¿Por qué? -viene a decirle Eliú- «Dios instruye a veces y convence a los hombres mediante tales sueños» (vv. 15-18).

(B) Job se había quejado en especial de su enfermedad y de sus dolores; en cuanto a esto le muestra Eliú que, lejos de ser señales de la ira de Dios, como opinaba Job, o evidencia de que él era un hipócrita, como opinaban sus amigos, eran realmente métodos sabios y benévolos, de los que usaba la divina gracia para incrementarle la comunión con Dios y ejercitar la paciencia, la experiencia y la esperanza (vv. 19-30).

(C) Finalmente, concluye rogando a Job que le responda, si tiene razones para ello, o le permita continuar su discurso (vv. 31-33).

Versículos 1-7

Eliú no sigue con Job la misma táctica que sus amigos. Ya había declarado, en el capítulo anterior, su desagrado por la forma en que habían llevado la discusión. Por eso, dice: «Por tanto. Job. oye ahora mis razones (v. 1). Voy a ensayar un nuevo método; escucha mis palabras». Va a abrir la boca (v. 2), expresión que indica la importancia de lo que va a decir. «Mis razones declararán la sinceridad de mi corazón, serán producto genuino de mis convicciones y de mis sentimientos». Lo que va a decir es claro y fácil de comprender: «Lo que saben mis labios, lo hablarán con claridad». A su vez, está dispuesto a escuchar lo que Job le pueda responder (v. 5):

«Respóndeme, si puedes». Puesto que Job había deseado que alguien se presentase como arbitro imparcial, le dice Eliú (v. 6): «Yo no puedo presentarme ante Dios como un igual suyo, pero estoy delante de Dios en el mismo lugar que tú; de arcilla fui yo también formado». Job había presentado esto mismo a Dios como una razón para que no le tratase con dureza (10:9 «Acuérdate que como a barro me diste forma»). «Pues yo -dice Eliú-de arcilla fui también formado. Así que mi terror no te espantará» (v. 7). Si queremos convencer a alguien, hemos de hacerlo con razones, no con cañones.

Versículos 8-13

1. Eliú acusa en particular a Job de algunas expresiones que se le habían escapado con respecto a la justicia y a la bondad de Dios en el modo de tratarle (v. 8): «De cierto tú dijiste a oídos míos…». Lo había oído él lo mismo que los tres amigos mayores que él. Cuando oigamos algo que tienda a deshonrar a Dios debemos dar testimonio público en contra; debemos reprender lo que se diga impropiamente a oídos nuestros. «Vosotros sois mis testigos, dice Yahweh» (Is. 43: 10, 12; 44:8) para confrontar a quien se le oponga. Job se había declarado inocente a sí mismo (v. 9. V. 16:17). Es cierto que no lo había dicho con tantas palabras, pero había asegurado (27:6): «Mi justicia tengo asida y no la cederé». Sin embargo, Eliú no actuó correctamente al acusar a Job de haberse declarado limpio y sin defecto, pues esto no lo había dicho (V. 14:4), sino sólo que estaba libre de una trasgresión que mereciera tal castigo (13:23, 24). Tampoco había dicho: «Dios buscó reproches contra mí» (v. 10), aunque lo había insinuado con otras palabras.

2. Se esfuerza por convencerle de que ha hablado impropiamente al expresarse así y que debía humillarse ante Dios (v. 12): «Pues mira, en esto no has hablado justamente». Véase la diferencia entre la acusación que Eliú presenta contra Job y la que habían presentado contra él sus tres amigos: ellos no querían reconocer que fuese justo en modo alguno, pero Eliú se limita a decir: «En esto que has dicho, no has hablado justamente». En efecto, Job había dicho acertadamente muchas cosas de la grandeza de Dios, su poder irresistible, su soberanía indiscutible, su terrible majestad y su insondable inmensidad. «Ahora», dice Eliú, «considera todo lo que has dicho de la grandeza de Dios y aplícatelo a ti mismo: Mayor es Dios que el hombre (v. 12b); por tanto, mayor que tú; ve, pues, el motivo que tienes para arrepentirte de las inconsideradas frases que has pronunciado contra él y tiembla al pensar en tu presunción». El pensamiento de que Dios es mayor que el hombre basta para silenciar todas nuestras quejas de los procedimientos de su Providencia. Él es, no sólo infinitamente sabio y poderoso, sino también infinitamente santo, justo y bueno, pues éstas son las cualidades y perfecciones trascendentes de la naturaleza divina. Así que es absurdo e irracional tratar de hallar falta en él. Además, Dios no tiene por qué damos cuenta de ninguna de sus acciones (v. 13) ¿Cómo podríamos nosotros, débiles, necios, pecadores, contender con un Dios de sabiduría, fuerza y santidad infinitas?

Versículos 14-18

Job se había quejado de que Dios le tenía completamente a oscuras en cuanto al modo de portarse con él, y de ahí concluía que se había vuelto enemigo suyo. «No», dice Eliú, «él te habla, pero tú no te das cuenta; así que la falta es tuya, no de él; él tenía para ti designios favorables incluso en los métodos de su providencia que tú juzgas tan duramente».

1. Dios mira siempre por nuestro bien: «De una u otra manera nos habla Dios» (v. 14), Cuando no hacemos caso a un aviso suyo, nos ofrece otro.

2. Nosotros nos procuramos nuestro mal: «Pero el hombre no entiende», no se percata de que es la voz de Dios. Se tapa los oídos, mira las cosas con su propia luz y rechaza el aviso que Dios le da, al menos, por medio de su conciencia.

3. Las sazones y oportunidades para estas comunicaciones divinas (v. 15): «Por sueño, en visión nocturna, etc.», cuando los hombres se retiran del mundo y de los negocios del día. Ya lo hacía así desde antiguo a los profetas (Nm. 12; 6).

Cuando los hombres se entregan al descanso y reflexionan sobre los asuntos del día o sobre los proyectos para el día siguiente, es el momento apropiado para oír la voz de la conciencia en el silencio de la noche. También los sueños -nota del traductor- nos dan bajo símbolos desde el inconsciente datos sobre el estado de nuestra personalidad y sobre peligros que nos amenazan, lo cual puede ser útil a quienes no quieren, o no pueden, tomar conciencia del estado en que se hallan.

4. El poder y la fuerza con que llegan tales comunicaciones (v. 16): «Entonces revela al oído de los hombres y les señala su consejo». Abre el corazón, como abrió el de Lidia (Hch. 16:14), y así abre también los oídos y hace que se impriman con fuerza en su corazón las instrucciones que les da para que se corrijan (v. 16b. lit. Y sella con la instrucción de ellos).

5. El objetivo de estas comunicaciones es doble:

(A) Preservar del pecado a los hombres, especialmente del pecado de soberbia (v. 17): «Para quitar al hombre de su obra (se entiende, mala) y apartar del varón la soberbia»

Más de uno ha sido detenido en el camino hacia el precipicio mediante la silenciosa voz de la conciencia que le decía: «No hagas cosa tan abominable, que te puede acarrear fatales consecuencias.» «Apartar del varón la soberbia» es atacar a la raíz de amargura de la que brotan tantos pecados.

(B) Librar de la ruina a los hombres (v. 18). Al apartar a los hombres del pecado, mediante los avisos de la conciencia. Dios libra su alma, es decir, su vida, de caer en la fosa (comp. con Ro. 6:23) ¡Gran misericordia es ponernos bajo los frenos de una conciencia despertada! Fieles son las heridas de tal amigo.

Versículos 19-28

Dios habla por segunda vez para convencer y atraer a los pecadores y lo hace por medio de circunstancias aflictivas y compasivas, en las que nos habla dos veces. Job se quejaba mucho de su enfermedad y de ella infería que Dios estaba enojado con él; pero Eliú le muestra que Dios aflige el cuerpo por amor, a fin de hacer bien al alma. Esta parte del discurso de Eliú nos será de gran utilidad para sacar provecho de las enfermedades por medio de las cuales Dios habla a los hombres.

1. Véase la obra que la enfermedad lleva a cabo (vv. 19 y ss.), cuando Dios la envía con un designio determinado.

(A) «Sobre su cama es corregido por el dolor». El dolor y la enfermedad tornan un lecho de plumas en lecho de espinas. Frecuentemente, cuanto más fuerte es el paciente, más fuerte es el dolor. No se queja uno de simple picor de la carne, sino del dolor profundo de los huesos; y no es sólo de un hueso, sino de todos los huesos (v. 19b). Pero, por la gracia de Dios, el dolor del cuerpo se convierte con frecuencia en un medio de favorecer al alma.

(B) El enfermo pierde el apetito, lo cual es un efecto común de la enfermedad (v. 20): «Hace que su vida aborrezca el pan», es decir, el alimento.

(C) Se convierte en un esqueleto (v. 21), con sólo la piel y los huesos.

(D) Su alma se acerca al sepulcro» (v. 22). Los que le rodean, y aún él mismo, se dan cuenta de que es un moribundo. Los dolores de la muerte, llamados aquí los matadores (v. 22b. lit), están prestos para echarle mano.

2. La provisión que Dios ha designado para esta corrección, a fin de que, cuando Dios habla de esta manera al hombre, se le escuche y se le entienda (v. 23). Dichoso es tal hombre si tiene cerca de él algún elocuente mensajero muy escogido (lit. uno entre mil) que le explique el significado de la disciplina que Dios le aplica, un sabio que conozca la voz de la vara de Dios y su interpretación. El consejo y la ayuda de un buen pastor son tan necesarios y oportunos, y así deberían ser aceptados, en una enfermedad, como los de un buen médico, especialmente cuando el ministro de Dios es un experto en el arte de explicar los métodos que sigue la Providencia. Su oficio en tales ocasiones es enseñar al hombre su deber. Si el enfermo es persona piadosa, el mensajero no actuará como los amigos de Job, los cuales se empeñaban en demostrar que Job era un hipócrita y por eso le castigaba Dios, sino que le mostrará el camino del deber o, como dice literalmente el original, lo que es recto para él.

3. La favorable acogida que le dispensa Dios, si él se halla con las debidas disposiciones (v. 24). Dondequiera halla Dios un corazón bien dispuesto, le muestra su misericordia y su favor:

(A) Da orden de que la muerte suelte su presa, pues lo libra de descender al sepulcro, de la muerte que es la paga del pecado (Ro. 6:23).

(B) Declara la razón de dicha orden: Halló (el mensajero) redención; es decir, rescate. Este rescate -nota del traductor- es la decisión del enfermo de convertirse. Por otras Escrituras sabemos que somos rescatados por la propiciación llevada a cabo en el Calvario, pero no es ésta la significación literal del texto que comentamos.

4. Recuperación del enfermo como resultado. Cuando el paciente se vuelve penitente, este es el bendito cambio que se realiza:

(A) Su cuerpo recupera la salud (v. 25). No siempre le sucede esto a un enfermo arrepentido, pero sí ocurre a veces. Y la recuperación de una enfermedad es una estupenda misericordia de Dios cuando es efecto del perdón del pecado. La recuperación puede ser tan asombrosa que el enfermo llega a obtener un grado de salud superior al de antes de la enfermedad (v. 25).

(B) Pero todavía es más importante la recuperación del alma (v. 26), puesto que, en respuesta a su oración, verá con júbilo la faz de Dios, es decir, disfrutará de la íntima comunicación con Dios, que todo israelita deseaba con afán (V. Sal. 24:6; 27:8). Todos los verdaderos penitentes se alegran de que Dios les muestre de nuevo su rostro más que del disfrute de la prosperidad material (Sal. 4:6, 7).

5. De este ejemplo se puede colegir la norma general que Dios sigue al tratar con los hombres (vv. 27,28). Así como los enfermos que se someten a la mano correctora de Dios son restaurados en el alma y, muchas veces, en el cuerpo, así también todos los que de veras se arrepienten de sus pecados hallarán misericordia en el corazón de Dios ¿Queremos conocer la naturaleza del pecado y su malignidad? Es la perversión de lo recto (v. 27b); es la cosa más injusta y menos puesta en razón, pues comporta la rebelión de la criatura contra el Creador y el dominio impuesto por la carne sobre el espíritu ¿Qué motivos tenemos para arrepentimos? Nos hemos desviado de lo recto (v. 27b. Lit. He pervertido la rectitud). Dios tiene tal compasión de los pecadores que, aun en el castigo, no les paga como se merecen (lit. y no me fue igualado), pues no se alegra de su ruina.

Versículos 29-33

Eliú resume lo que ha dicho, mostrando que el designio misericordioso de Dios en todas las administraciones de su disciplina a los hombres es preservarlos de la mayor miseria posible y llevarlos a la mayor dicha posible (v. 29, 30). Les habla por medio de la conciencia, de la providencia, de sus ministros, de sus favores y de sus aflicciones. Les hace enfermar y recuperarse ¿Por qué usa Dios de tantos y tan diversos métodos en su trato con los hombres? «Para retraer su alma del sepulcro» (v. 30). Si Job tiene todavía alguna objeción, puede exponerla (v. 32): «Si tienes razones (es decir, algo que oponer), respóndeme; habla, porque yo querría darte la razón (lit. justificarte)» Eliú estaría dispuesto a un acuerdo con Job si éste pudiera exponer una objeción fundada. Si no (v. 33), ha de callarse mientras Eliú continúa enseñándole la justicia de Dios en su actuación con los hombres; así se aprende la verdadera sabiduría.

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