JESUCRISTO NO ES ACEPTABLE

JESUCRISTO NO ES ACEPTABLE

“Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros” (Efesios 4: 25)

En un foro cristiano por Internet leí una noticia que decía: “Hace poco en México en un fin de semana cerca de 700.000 personas aceptaron a Cristo como su Salvador…”.

En Iberoamérica estamos muy acostumbrados a los grandes números.

De un país centroamericano se dice que casi la mitad de la población ya es evangélica.

De otro, que lo es la tercera parte. De Brasil, por ejemplo, que superan los treinta millones, y que cada día se convierten unos 6.500.

Ahora, si un poco de levadura alcanza para leudar toda la masa, parece que ya habría leudado bastante para que al menos se percibieran cambios en la masa social. Sin embargo, desde los gobiernos hasta los estratos más bajos de la sociedad la corrupción campea por doquier, “iglesias” incluidas. Los delitos y crímenes aumentan en cantidad e intensidad. La moralidad desaparece. Lo puro y santo es visto como obsoleto y de pésimo gusto.

Cierto es que hay muchas radios y programas televisivos evangélicos diarios. Es verdad que se realizan tremendas campañas de evangelización con miles de decisiones por Cristo. También en las cosmópolis proliferan ya las mega iglesias sin edificio capaz de contenerlas.

Pero fuera de los recintos consagrados al culto religioso, es una inusual y gratísima sorpresa encontrarnos con un hermano en Cristo.

“Aun los cristianos, tenemos la pésima costumbre de valorar las cosas conforme a la apariencia. No obstante, Dios no valora las cosas por la cantidad sino por la realidad conforme a la verdad”

No niego que de vez en cuando demos con alguno; digo solamente que si las cifras reales fueran apenas cercanas a las estadísticas, a cada rato tropezaríamos con ellos por la calle.

Ahora, puede ocurrir una de dos cosas, o quizás ambas a la vez:

Una, que se den cifras exageradas. Otra, que los profesantes sean sólo eso; no realmente convertidos. Y una tercera, que coincidan ambas situaciones; lo que parece lo más probable.

Si sólo en un fin de semana se hubieran convertido a Cristo 700.000 personas en México, se hubiera convulsionado de tal modo el país que otros serían los titulares de su prensa que recorro por Internet.

Y es que, toda conversión genuina implica cambios substanciales.

Cuando apenas un grupo de 120 estaban perseverando en oración, en pocos días toda Jerusalem fue conmovida. Entonces se convirtieron 3.000, después como 5.000 hombres. Sin otro poder que el de la Palabra de Dios predicada con el denuedo de cristianos llenos del Espíritu Santo, el evangelio era el poder de Dios para salvación de cuantos creían.

Pero ahora tenemos el otro asunto. Sin pensarlo dos veces, hemos imitado la fórmula salvífica de los misioneros y evangelistas norteamericanos, repitiéndola como loros, y sin examinarla con las Escrituras para ver si esto era realmente así (Hch.17:11):

ACEPTA A CRISTO COMO TU SALVADOR PERSONAL.

En la sobreabundante gracia de Dios y por su acción soberana, muchas almas todavía alcanzaron a ser salvas muy a pesar del defectuoso evangelio que se les predicó. A fin de cuentas, Jesús es el que salva y no el predicador ni la ortodoxia de su mensaje.

Pero busque el amable lector en su Biblia, y descubrirá que el Señor Jesucristo no puede jamás ser aceptado pues Él no es aceptable.

En la noción de acepto, aceptable, aceptación, está tácitamente implícita la idea de que en la persona u objeto a recibir podría haber algo que no infunde confianza y que pudiera legítimamente ser rechazado.

“¡Prueba a Jesús!” – han predicado muchos, como si fuera un nuevo producto del mercado que se puede usar y tirar. La obra de Jesucristo no es para ser probada, ni siquiera aceptada, como si tuviera implícita alguna posible anomalía. La obra de Jesucristo en la Cruz es perfecta, y a Él hay que RECIBIRLE, creyendo en Su Nombre (Jn. 1: 12) para ser salvo de la ira venidera (1 Ts. 1: 10)”

Los que somos más veteranos recordamos los viejos tiempos en que junto a la caja de los comercios o supermercados había un letrero con el aviso: NO SE ACEPTAN CHEQUES. La duda estaba en que quizás no hubiesen fondos suficientes en el Banco.

Cuando aparecieron las tarjetas de crédito, se pusieron otros carteles: NO SE ACEPTAN TARJETAS. Existía el temor a que fuesen robadas y tener después problemas.

Cuando todavía no existían los sofisticados autenticadores de billetes, el letrero solía decir: NO SE ACEPTAN DÓLARES. SÓLO MONEDA NACIONAL. Los cajeros no estaban suficientemente prácticos para detectar los billetes falsos.

La lista se haría demasiado larga con ejemplos que muestran que cuando en nuestro idioma se habla de aceptar o no, es porque existe la posibilidad real de equivocarse; o admitir un problema, o recibir un perjuicio en caso de decidirse a aceptar.

¡Cuántos contrayentes no se han arrepentido luego de haber respondido con un Sí a la pregunta del juez: – ¿Acepta usted por esposo/a a …?!

Ahora bien, aunque tal uso pudiera ser correcto en el idioma inglés, para los que hablamos castellano tenemos que decir que en el Señor Jesucristo no hay absolutamente nada que nos permita desconfiar o correr riesgo alguno: “todo en él codiciable” (Cnt. 5:16).

Recibir a Cristo, aunque parecido, es distinto y escritural: “a todos los que le recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” Jn.1:12.

Medítese y compruébese, que es muy distinto que en la conciencia del pecador permanezca el recuerdo de su experiencia de conversión en que el Espíritu de Cristo le dio convicción y paz de haber sido recibido por Él a misericordia (1Ti.1:13) – pues no rechaza a quien viene a Él traído por el Padre -, a que cumpliera con su responsabilidad de aceptarle como su Salvador personal.

En el primer caso se sentirá pronto a confesar: – ¡Me salvó! y en el segundo: – ¡Me salvé!

Aunque ambos son dos aspectos de una misma experiencia y realidad, por toda la vida uno recordará lo que Dios hizo al salvarle, y el otro lo que él mismo hizo al salvarse. Aunque parezca que estamos hilando muy fino, sin embargo al escuchar tantos testimonios de conversión podemos decir que quienes más frecuentemente son asaltados por las dudas respecto a su salvación, son los que mejor recuerdan la gimnasia a la que fueron sometidos:

“¡Levante la mano quien ahora quiera aceptar a Cristo. Póngase de pie. Pase aquí adelante. Arrodíllese. Ore conmigo y repita!”

Si Cristo, como Hijo de Dios y perfecto que Él es, no puede ser aceptado porque no reúne esa calidad de aceptable, nosotros sí podemos ser aceptados, pues siendo todos pecadores destituidos de la gloria de Dios, somos tan inaceptables que “Por su amor, nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” Ef.1:5, 6.

O sea, nosotros no le aceptamos a Él, sino que Dios nos aceptó a nosotros en Cristo.

El Evangelio ya es de por sí lo suficientemente sencillo como para que un ignorante o un niño pueda entenderlo y creerlo. Elaborar fórmulas simplistas de evangelización sirve al interés de quienes sólo les importa sumar números (adhesiones a su grupo particular). Su reacción a esta lectura será motivo de oración, meditación y respuesta.

Dios les bendiga

© Ricardo Estévez Carmona

Octubre de 2007

Nota sobre el autor:

Ricardo Estévez Carmona es un estudioso de las Escrituras por más de cuatro décadas, además de un investigador de la historia, prácticas y doctrinas eclesiásticas. Plantea una revisión constante de la teología sobre la base de que la verdad es inmutable, pero nuestra comprensión de ella es progresiva. Actualmente, integra las Comisiones Directivas Nacionales de SIM en Uruguay, como presidente, y OM, en Uruguay, como secretario. Está casado con Neida y tiene cuatro hijos y tres nietos.

Haga llegar sus impresiones a: ricardoestevez2003@yahoo.com.ar

FIN

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