Cantares 6

Cantar de los Cantares 6 (RV60)

Mutuo encanto del esposo y de la esposa
1 ¿A dónde se ha ido tu amado, oh la más hermosa de todas las mujeres?
¿A dónde se apartó tu amado,
Y lo buscaremos contigo?
2 Mi amado descendió a su huerto, a las eras de las especias,
Para apacentar en los huertos, y para recoger los lirios.
3 Yo soy de mi amado, y mi amado es mío;
El apacienta entre los lirios.
4 Hermosa eres tú, oh amiga mía, como Tirsa;
De desear, como Jerusalén;
Imponente como ejércitos en orden.
5 Aparta tus ojos de delante de mí,
Porque ellos me vencieron.
Tu cabello es como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de Galaad.
6 Tus dientes, como manadas de ovejas que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y estéril no hay entre ellas.
7 Como cachos de granada son tus mejillas
Detrás de tu velo.
8 Sesenta son las reinas, y ochenta las concubinas,
Y las doncellas sin número;
9 Mas una es la paloma mía, la perfecta mía;
Es la única de su madre,
La escogida de la que la dio a luz.
La vieron las doncellas, y la llamaron bienaventurada;
Las reinas y las concubinas, y la alabaron.
10 ¿Quién es ésta que se muestra como el alba,
Hermosa como la luna,
Esclarecida como el sol,
Imponente como ejércitos en orden?
11 Al huerto de los nogales descendí
A ver los frutos del valle,
Y para ver si brotaban las vides,
Si florecían los granados.
12 Antes que lo supiera, mi alma me puso
Entre los carros de Aminadab.
13 Vuélvete, vuélvete, oh sulamita;
Vuélvete, vuélvete, y te miraremos.
¿Qué veréis en la sulamita?
Algo como la reunión de dos campamentos.


Comentario a Cantares 6

Tomado de “Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia.”
Libros poéticos -Cantares Tomo-2. Editorial CLIE.

En este capítulo,

I. Las damas de la corte, impresionadas por la descripción que ha hecho la sulamita del amado, le preguntan adonde se fue, para buscarlo con ella, a lo cual ella declara que nadie sino ella puede tener el privilegio de poseerlo (vv. 1-3).

II. Entra luego en escena Salomón y la cubre otra vez de requiebros, asegurándole que hasta sus reinas y concubinas la admiran y la alaban (vv. 4-10).

III. La sulamita le interrumpe para referir lo que estaba haciendo el día en que, ante alabanzas semejantes a ésas de ahora, trató de huir y, sin darse cuenta, se halló de pronto en el palacio del rey (vv. 11-13)

Versículos 1-3

1. La descripción que de su amado ha hecho la sulamita ha producido fuerte impresión en las damas de la corte, hasta el punto de que se ofrecen a buscarlo con ella (v. 1). Como diciendo: «Si es tan encantador, déjanos buscarlo también nosotras contigo». Un testimonio vibrante de nuestro Salvador, de lo que es y de lo que ha hecho por nosotros y puede hacer por otros, es capaz de ganar la atención y el interés de los inconversos y aun llevar a algunos a los pies de la Cruz en búsqueda de perdón. Y el celo por las cosas de Dios puede igualmente estimular a la mayoría de los creyentes débiles e indecisos (2 Co. 9:2).

2. La respuesta de la sulamita (v. 2) ha desconcertado a muchos exegetas, atribuyéndola a mero recurso literario-poético. Así opina F. Asensio, quien dice: ‘Respuesta lógicamente desconcertante en labios de quien acaba de confesar haberlo buscado inútilmente de noche, e inmediatamente (¿de día? cf. v. 2b) añade saber que está en el jardín’. Evidentemente, la sulamita no sabe con plena certeza si su amado está o no está en el huerto, pero lo da por seguro por ser el lugar y la ocupación usuales del pastorcillo. Opina Lehrman del modo siguiente: ‘Quizá celosa del interés que ha despertado acerca de su amado, ofrece una respuesta evasiva, insinuando simplemente que él ha podido marchar a su acostumbrado oficio, y a recoger lirios como solía”.

3. Por un momento, le acechan los celos ante el interés que las damas han mostrado por su amado; por lo que asegura (v. 3), como ya lo había hecho antes (2:16) y lo hará después (7:10), que ellas no tienen ningún motivo para buscarle, puesto que él es solamente de ella, así como ella es solamente de él. En la unión matrimonial no caben fisuras ni interferencias: uno con una, y para siempre (V. Mt. 19:6). De manera similar, no se puede servir a Dios y a las riquezas (Mt. 6:24), a la ley y a la gracia (Ro. 7:4-6), a Cristo y a Belial (2 Co. 6:15), a Cristo o a otro dueño ( 2 Co. 11:2). a Dios y al mundo (1 Jn. 2:15). Muchas veces nos hallamos en la oscuridad, sin sentir de modo sensible la presencia del Amado; quizá se ha escondido por nuestra poca diligencia en abrirle cuando llamó a la puerta; pero, al menos, aferrémonos a esta segura verdad: «¡Cristo es mío, y yo soy de El!»

Versículos 4-10

1. En este momento, llega Salomón (v. 4) y, como en otras ocasiones, intenta ganarse con requiebros el corazón de la sulamita. Las frases son semejantes a las que ya vimos en 4:1 y ss. La compara ahora en belleza con la hermosa ciudad de Tirsá, antigua capital del reino del norte desde los tiempos de Jeroboam I hasta los de Omrí; la compara igualmente con Jerusalén, la incomparable e imperecedera, que en Lam. 2:15 es llamada la perfección de la hermosura y el gozo de toda la tierra. Añade que es terrible (lit.), es decir, imponente, avasalladora y conquistadora con sus encantos seductores (comp. con Pr. 7:26), como lo podrían ser los escuadrones de un ejército con las banderas desplegadas (hebr. nidgaloth, del vocablo déguel, que ya vimos en otros lugares: 2:4; 5:10). De tal manera le subyuga la mirada de ella (v. 5), hasta dominarle, que le pide que aparte de él los ojos. Los vv. 5b, 6 y 7 repiten los requiebros que ya vimos en 4:1-3.

2. No es sólo Salomón el que admira y alaba la belleza de la sulamita. Incluso las reinas y las concubinas del harén regio la alaban también con las frases que leemos en el v. 10. Una indicación más de que Salomón escribió el Cantar en los primeros años de su reinado es que menciona 60 reinas y 80 concubinas (v. 8), cuando vemos en 1 R. 11:3 que tuvo 700 con rango de princesas y 300 concubinas. A pesar de tal abundancia de mujeres, y no cabe duda de que escogería las más hermosas de Israel y en los países limítrofes, esta sulamita era para él (v. 9) tan única en su perfecta hermosura y en el amor que él le tenía como única era la nación de Israel en el afecto de Dios (2 S. 7:23). También para su madre, para la que la dio a luz, había sido la única, la preferida, entre todas las hijas (v. 9b). Y, como ya hemos dicho antes, también las reinas y concubinas de Salomón vieron en ella algo único, pues la comparan (v. 10) a cosas únicas por su belleza: la luz creciente del alba, la suave luminosidad de la luna en un cielo sin nubes, y el brillante, sin par, esplendor del sol. El símil de los escuadrones con banderas desplegadas es el mismo que ha usado Salomón en el v. 4. Estas alabanzas a la sulamita, hechas por quienes menos podríamos sospechar, ya que lo normal sería tenerle envidia, celos, resentimiento, nos dan la oportunidad para hacer una observación de carácter espiritual. Con frecuencia, las gentes del mundo, en especial los jefes de empresas, etc., aunque no alberguen ninguna simpatía hacia Dios y la religión, respetan la conducta leal, sincera, honesta y responsable de los creyentes a su cargo y llegan a ponerles en los puestos de confianza. Hasta los ateos desprecian al creyente que es inconsecuente con su profesión de fe.

Versículos 11-13

Estos versículos son muy difíciles de traducir y más difíciles aún de interpretar.

1. El v. 11 parece indicar que la sulamita, sin dejarse ganar por los requiebros del rey, le interrumpe y viene a decir; ‘¿Es que he salido acaso a buscar al rey para seducirle? No es así, sino que fui a los huertos y a las viñas de mi familia para ver si habían madurado sus frutos’. Los nogales eran muy abundantes en el norte de Israel. Las nueces, así como las almendras, avellanas, etc. tienen sobre otros frutos la ventaja de que, aunque caigan al agua o al fango, su fruto no se mancha ni se echa a perder, porque lo protege la cáscara que lo cubre. Es semejante a la armadura completa de Ef. 6:11 y ss., de la que el creyente debe estar revestido continuamente para protegerse de los ataques del enemigo.

2. La versión más probable del difícilísimo v. 12 es la siguiente: «Mi alma me ha traído, sin darme cuenta, a los carros de los compañeros de mi príncipe» (Search The Scriptures). Semejante es la paráfrasis del rabino Lehrman: ‘Antes de que me diese cuenta, pues estaba muy ocupada en el quehacer que me habían encomendado mis hermanos en el huerto, los siervos del rey se me llevaron y, antes de que pudiese percatarme de ello, me hallé en la corte’. La única aplicación espiritual que aquí se me ocurre (nota del traductor), ya que los comentarios devocionales están muchas leguas aparte de la versión más probable del v. es que, en medio de nuestros quehaceres ordinarios, hemos de estar siempre alerta para no ser sorprendidos por las numerosas tentaciones que el mundo pueda ofrecemos.

3. El v. 13 es, en la Biblia Hebrea (y así lo tienen muchas versiones) el v. 1 del capítulo siguiente, pero lo conservaremos como está en la Reina-Valera, ya que las otras dos versiones modernas más usadas por los lectores de habla española (la Biblia de las Américas y la, próxima a salir en castellano, New l. Versión) lo conservan igualmente en el cap. 6. El versículo parece insinuar que la sulamita pudo, por fin, huir de la corte, lo que explicaría ese, cuatro veces repetido «¡Vuélvete!», para volver a verla y contemplarla ¿Quién pronuncia esas frases de la primera parte del versículo? Algunos opinan que las profieren los de la escolta de Salomón, quizá los mismos que la habían traído a la corte. Leriunan opina que las profiere el propio Salomón. ‘Dándose cuenta, dice, de que todos sus intentos habían fracasado, el rey le suplica que no huya de su presencia, sino que les permita a sus ojos disfrutar de su belleza’. Igualmente piensa que es la propia sulamita la que pregunta (v. 13b): «¿Qué veréis en la sulamita?». Como diciendo: «¿Qué podéis ver en una doncella campestre, para que así os llame la atención?». La última parte del v. es, según Lehnnan, la respuesta del rey a dicha pregunta. Sin embargo, el texto mismo favorece a la opinión (nótese la cursiva en la Reina- Valera 1977) de que continúa la pregunta de la sulamita del modo siguiente: «¿Qué veréis en la sulamita, como si fuese la dama de dos compañías? (Hebr. majanáyim, dual, no plural, que, en 2 S. 17:24, es el nombre de una ciudad y significa “ambos campamentos’)».

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