Santiago decide ir a la iglesia

Toda la semana fue una verdadera pesadilla, y a su juicio, sentida en todos los sectores. Los días eran grises y la misma naturaleza parecía estar en un paréntesis de silencio. Daba la impresión de que el universo rendía su “minuto de silencio” a los millones de fieles que a través de los siglos habían sufrido por su Señor y ahora se hallaban triunfantes con él en su gloria.

 

Todavía recordaba Santiago las características del último servicio en su iglesia al que asistió con su familia el domingo anterior. La mañana era soleada y tibia. El coro cantó majestuosamente y el poder de Dios pareció moverse como nunca en toda la congregación.

 

Recordaba cómo Miriam le contó su propia experiencia ese domingo, dijo que había sentido como nunca la presencia del Señor, la proximidad de él. Luego le invitó a que se arrodillara con ella para darle gracias a Dios por su inexplicable pero benéfica presencia. Le urgió que era necesario pedirle perdón por las negligencias y comenzar una vida mejor.

 

—¿No te parece Santiago que el tiempo es muy corto? No me extrañaría que éste fuera el último domingo aquí en la tierra —le dijo.

 

Santiago no contestó palabra, de modo que la invitación de Miriam no fue aceptada.

 

Así pues, conduciendo ahora solo, triste y asustado, hacia su iglesia, se detuvo frente al cementerio, veía algo extraño y para comprobar lo sospechado, bajó de su automóvil y camino unos metros para hallarse con la sorpresa de que muchas tumbas estaban abiertas. No encontró más que aberturas en la tierra. Tantas cosas habían sucedido simultáneamente, que a este evento apenas le dedicaron unas breves líneas en el diario. Santiago, si bien era un seudocristiano, no por eso desconocía la doctrina de la resurrección. Recordó las siguientes palabras:

 

He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros se reinos transformados.

1 Corintios 5:51-52

 

Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección.

Apocalipsis 20:5-6

 

De acuerdo con estas palabras bien conocidas para Santiago, estas tumbas vacías indicaban que los muertos en Cristo habían resucitado.

 

Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo.

1 Corintios 15:23

 

No le cabía la menor duda de que Miriam y sus dos hijitos habían sido transformados, mientras se abrieron simultáneamente esas tumbas y de allí emergieron con extraordinaria rapidez los muertos en Cristo, ahora resucitados en cuerpos incorruptibles, de modo que todos se encontraron con el Señor y estaban ya con él.

 

Santiago se retiró profundamente triste del cementerio. Reinaba un silencio propio de este lugar sepulcral. Pensando en semejante pérdida siguió rumbo al templo. Alguien había abierto las puertas, pero el patio y el templo lucían una fisonomía desértica, muy extraña para un domingo por la mañana. Algunas personas conversaban en voz muy baja al lado del templo. Entre otros Santiago reconoció a algunos jóvenes estudiantes de dudosa conducta, una “hermana” que era la chispa de los chismes, tres miembros del coro y algunos más. Santiago llegó y trató de disimular lo que pasaba, abrigaba la remota posibilidad de que fuera algo que se reducía a él y su familia. Pero pronto se dio cuenta que todos estaban con el corazón en la garganta. Se miraban entre sí como si provinieran de algún planeta desconocido.

 

Había que romper el silencio, y antes de que Santiago dijera palabra, uno de los jóvenes del grupo contó que al pasar no lejos de su casa esa misma mañana junto a una importante catedral, cuyas campanas habían estado repicando durante toda la semana, acababa de ver miles de “fieles” que colmaban el amplio patio y la plaza de estacionamiento porque no cabían en el interior, desconcertados y confundidos.

 

Según el joven, se hacía una especie de confesión en masa, lo mismo que la absolución que era propalada por altoparlantes. Pero a pesar de ello, muchos regresaban a sus hogares golpeándose el pecho y llorando. Santiago recordó las palabras de Jesús sobre una época de “lloro y crujir de dientes”. El cuadro no podía ser más misterioso y terrible. Nadie lograba ayudar a nadie. Parecía que era necesaria tan siquiera una persona de las desaparecidas.

 

Después de la media hora de conversación, Santiago se asomó a la puerta del templo y echó una mirada más al púlpito, los himnarios, los asientos, las Biblias y los sobres de ofrenda, pero especialmente se detuvo ante el avisador en la pared que indicaba la asistencia del domingo anterior. ¡Era todo un récord! Caminó hacia adelante, el piano y el órgano se habían silenciado, sus usuarios no aparecían.

 

No pudo permanecer por mucho tiempo. Disimuló las lágrimas y antes de cruzar la puerta de salida, levantó la vista y vio iluminado un letrero con una pregunta que muchas veces había leído, la cual decía: “¿Estás preparado para la eternidad?” Santiago se contestó solo, “¡No, no estás preparado!” Sacudió su cabeza y sin saludar a nadie subió a su automóvil, encendió el motor y giró lentamente rumbo a su casa. Mientras viajaba pensaba en el mismo recorrido una semana atrás. Venía con Miriam y los chicos. Los escuchaba hablar animadamente y cantar algunos coritos.

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