Un increible desenfreno

Pasaron algunos días después de aquel gran acontecimiento, del rapto de la Iglesia. Poco a poco la gente iba olvidándose del evento, pero Santiago sabía que la calma era sólo, aparente y que el desfile de los acontecimientos apocalípticos ya había comenzado. Le sorprendió leer en los diarios un sinnúmero de comentarios insultantes y blasfemos. Los homosexuales consiguieron muchos privilegios. En realidad eran tantos, que parecía que lo mejor en aquellos días era ser uno de ellos. Santiago quedó perplejo. Realmente la vida se hacía imposible y la maldad era cada vez mayor. Viendo y oyendo al gran estadista, sospechó algo raro, y entonces recordó que en algún lugar del libro de Daniel dice algo que parece identificar más a este individuo. Abrió la Biblia de su esposa y allí estaba subrayado:

Y el rey hará su voluntad, y se ensoberbecerá, y se engrandecerá sobre todo dios; y contra el Dios de los dioses hablará maravillas, y prosperará, hasta que sea consumada la ira; porque lo determinado se cumplirá. Del Dios de sus padres no hará caso, ni del amor de las mujeres; ni respetará a dios alguno, porque sobre todo se engrandecerá.
Daniel 11:36,37

Le había llamado la atención que este estadista con una presencia tan imponente no anduviera acompañado de mujer alguna. Era un soltero a quien no le interesaban las mujeres. Su compañía constante e inseparable era el llamado “Profeta”.

—¿No seria homosexual también? —se preguntaba Santiago—. El asimismo notó que rápidamente el estadista perdía interés por la religión y daba a entender que en breve no seria permitida ninguna, excepto la de él mismo. Santiago dedujo que esto era a lo que se refería Daniel cuando dijo que no “respetará a dios alguno”, en otras palabras a religión alguna.

Santiago dedujo que aun aquella “ramera” de la que hablaba Juan en Apocalipsis y con la cual el estadista aparentemente decidió trabajar, pronto correría la misma suerte indicada en el libro de Apocalipsis.

Era tal la pornografía, el vocabulario obsceno de los hombres y mujeres, las blasfemias contra Dios y contra todo cuanto parecía fe cristiana, que Santiago podía notar el rápido cambio de este hombre. El al comienzo parecía muy noble, generoso, sincero, alguien que permitía que cada uno creyera lo que quisiera, alguien que lucía muy democrático y hasta teólogo. Pero ahora era como si repentinamente comenzara a soplar otro viento, este individuo se estaba transformando en un ser degenerado y mucho más duro.

No más dinero.

Una mañana Santiago recogió su diario. Un titular de primera página decía: “DENTRO DE POCOS MESES SE ACABARA TODO EL DINERO”. Ya lo sospechaba. El artículo elogiaba el nuevo mecanismo financiero que iba a entrar en vigencia. Y en efecto, no pasaron meses sino semanas, cuando Santiago notó en algunos comercios y en las estaciones de servicio, avisos en los que decía: “No aceptamos ninguna clase de dinero”. A continuación se indicaba que las transacciones se harían únicamente por medio de la marca de la cual ya se había hablado mucho. El cliente era bienvenido, siempre y cuando tuviera el micro-chip en su mano derecha o en la frente. A renglón seguido se daban los números de los teléfonos a donde se podía llamar para recibir la “identificación”. En realidad le llamaban “LA AUTOIDENTIFICACIÓN”. Santiago recorrió algunas cuadras y todavía encontró una estación de servicio y algunos comercios menores donde pudo abastecerse, pero en todos ellos, sin una sola excepción, le dijeron que en cosa de días ellos tendrían que imponer la nueva “identificación o tendrían que terminar por cerrar el negocio”. Santiago sabía que el asunto era serio, y una vez más leyó lo que decía la Biblia sobre esos que aceptaran esa AUTOIDENTIFICACIÓN:

Y el tercer ángel los siguió, diciendo a gran voz. Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe la marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y del Cordero; y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen, ni nadie que reciba la marca de su nombre.
Apocalipsis 14:9.

Santiago comprendió perfectamente esta solemne advertencia divina. Adorar a la imagen era adorar a ese personaje que ahora pretende que se le adore como a Dios mismo. Recibir la marca en la mano o en la frente, era aceptar el sistema económico mediante el cual este individuo procuraría someter a todo el mundo a su voluntad. De manera que aceptar dicha marca o número equivaldría a optar por la eternidad en el infierno, donde nunca habría reposo ni alivio.

Santiago quedó sorprendido por la forma en que él mismo había cambiado ahora su manera de pensar. Antes se burlaba del infierno y de todo cuanto dice la Biblia al respecto, pero ahora no le cabía la menor duda de que la Biblia es la Palabra de Dios y que allí está la verdad. ¡Cómo lamenta una vez mas haber desperdiciado el período de gracia salvadora! Se le cruzan muchos pensamientos:

—¡Sin duda deben haber muchos en una condición parecida a la mía! —se decía—. Pero… ¿Podré hablar con alguien sin poner en peligro mi propia vida? Tal vez uno que fue mi amigo de toda la vida ahora sea mi enemigo porque está dispuesto a aceptar la marca o tal vez ya esté marcado y yo no —repetía angustiado.

Las noticias en el diario eran “muy positivas”. Se hablaba de milagros económicos y efectivamente los supermercados estaban saturados de diversos artículos. La inflación había quedado en la historia. La deuda externa del “Tercer Mundo” había sido anulada. Ahora “todos compartían” muy a gusto.

Sin embargo, en pocos días Santiago comenzó a leer entre líneas y pudo notar que el auge económico y la abundancia, eran de muy corta duración y que el hambre, las pestes originadas por tanta manipulación genética para incrementar la producción de cultivos y los grandes acontecimientos manifestados en todo el mundo, eran el futuro cercano. Al principio los consumidores creían que cuando algo escaseaba era sólo por algún tiempo, pero luego comenzó a advertirse la ausencia de artículos de primera necesidad.

Comenzaron a formarse largas colas para conseguir algo de alimento. Muchos supermercados cerraron sus puertas. Inicialmente los consumidores comenzaron a quejarse, pero pronto descubrieron que no les quedaba otra alternativa que alabar a la pareja integrada por el estadista y el gran profeta. Era peligroso decir cualquier cosa que ofendiera su imagen. Circularon algunas hojas en las cuales se alertaba a la gente para que no aceptara la marca, explicando además el significado de su aceptación. Todo se hacía clandestinamente, pero fue grande la sorpresa de la gente cuando la imagen que el había erigido en su honor, entregaba informes detallados sobre el paradero de todos aquellos que se resistían a someterse a semejante gobierno. Fue entonces cuando Santiago recordó lo que dice Juan en el libro de Apocalipsis.

Y se le permitió infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase.
Apocalipsis 13:15

Literalmente, el que no se sometía al anticristo moría como mártir. Santiago sabía lo que le esperaba. Era inútil esperar comprensión o compasión en esta hora. Desfilaban ante su mente las ¡Muchas oportunidades que tuvo para arrepentirse, confiar en Cristo y ser salvo. Esta dulce invitación le fue extendida muchas veces desde el púlpito, otras veces se la hizo su propia esposa y hasta sus pequeños hijos con la ternura de su vocecilla infantil. Pero Santiago entonces se sentía seguro, su orgullo sus amistades, su familia con su tradición religiosa tan arraigada, todo esto impidió que tomara su decisión. Comprendió su gravísimo error, pero no encontró a quién culpar.

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