Las Escrituras y Dios

Las Sagradas Escrituras son totalmente sobrenaturales. Son una revelación divina. “Toda Escritura es inspirada por Dios” (2ª Timoteo 3:16). No es meramente que Dios elevara la mente de los hombres, sino que dirigió sus pensamientos. No es simplemente que El les comunicara los conceptos sino que El dictó las mismas palabras que usaron. “Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2ª Pedro 1:21). Cualquier “teoría” humana que niega la inspiración verbal de las Escrituras es una añagaza de Satán, un ataque a la verdad de Dios. La imagen divina está estampada en cada página. Escritos tan santos, tan celestiales, tan tremendos, no pueden haber sido creados por el hombre.

Las Escrituras nos hacen conocer a un Dios sobrenatural (Nota: de aqui en adelante es mejor decir, por encima incluso de lo sobrenatural, ya que los angeles y los demonios tambien son seres sobrenaturales y de ahi vendria el engaño que se aprovecharia de la doble referencia comodin de “lo sobrenatural” a modo de camuflaje; hecho comprobado en un disco de Carlos Santana con el mismo nombre que otro disco de Marcos Witt (y ya sabemos como acabo el pobre hombre). De ahi se deduce que hablar de” lo sobrenatural” ya no es garantia suficiente ni prueba que algo venga necesariamente de Dios mismo, además de que algunos versiculos biblicos se oponen a dichas “experiencias”). Esto puede ser una expresión innecesaria pero hoy es necesario hacerla. El «dios» en que creen muchos cristianos profesos se está volviendo más y más pagano. El lugar prominente que los “deportes” ocupan hoy en la vida de la nación, el excesivo amor al placer, la abolición de la vida de] hogar, la falta de pudor escandalosa de las mujeres, son algunos de los síntomas de la misma enfermedad que trajo la caída y desaparición de imperios como Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Y la idea que tiene de Dios, en el siglo veinte, la mayoría de la gente en países nominalmente “cristianos” se está aproximando gradualmente al carácter adscrito a los dioses de los antiguos. En agudo contraste con ello, el Dios de las Sagradas Escrituras está vestido de tales perfecciones y atributos que el mero intelecto humano no podría haberlos inventado.

Dios sólo puede sernos conocido por medio de su propia revelación natural. Aparte de las Escrituras, incluso una idea teórica de Dios sería imposible. Todavía es verdad que el “mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1ª Corintios 1:21). Donde no hay conocimiento de las Escrituras, no hay conocimiento de Dios. Dios es “un Dios desconocido” (Hechos 17:23). Pero se requiere algo más que las Escrituras para que el alma conozca a Dios, le conozca de modo real, personal, vital. Esto parece ser reconocido por pocos hoy. Las prácticas prevalecientes consideran que se puede obtener un conocimiento de Dios estudiando la Palabra, de la misma manera que se obtiene un conocimiento de Química estudiando libros de texto. Puede conseguirse un conocimiento intelectual; pero no espiritual. Un Dios sobrenatural solo puede ser conocido de modo sobrenatural (es decir, conocido de una manera por encima de lo que puede conseguir la mera naturaleza), por medio de una revelación sobrenatural de El mismo en el corazón. “Porqué Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2ª Corintios 4:6). El que ha sido favorecido con esta experiencia ha aprendido que sólo “en su luz veremos la luz” (Salmo 36:9).

Dios puede ser conocido sólo por medio de una facultad sobrenatural. Cristo dejó este punto bien claro cuando dijo: “A menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). La persona no regenerada no tiene conocimiento espiritual de Dios. “Pero el hombre natural no capta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede conocer, porque se han de discernir espiritualmente” (1ª Corintios 2: 14). El agua, por sí misma, nunca se levanta del nivel en que se halla. De la misma manera el hombre natural es incapaz de percibir lo que trasciende de la mera naturaleza. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti el único Dios verdadero” (Juan 17:3). La vida eterna debe ser impartida antes que pueda ser conocido el “verdadero Dios”. Esto se afirma claramente en (1ª Juan 5:20): “Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna.” Sí, un “conocimiento”, un conocimiento espiritual, debe sernos dado por una nueva creación, antes de que podamos conocer a Dios de una manera espiritual.

Un conocimiento sobrenatural de Dios produce una experiencia sobrenatural, y esto es algo que desconocen totalmente la multitud de miembros de nuestras iglesias. La mayor parte de la “religión” de estos días no consiste en nada más que unos toques al “viejo Adán”. Es simplemente adornar sepulcros llenos de corrupción. Es una forma externa. Incluso cuando hay un credo sano, la mayoría de las veces no se trata de nada más que de ortodoxia muerta. No hay por qué maravillarse de esto. Ha ocurrido ya antes. Ocurría cuando Cristo se hallaba sobre la tierra. Los judíos eran muy ortodoxos. Al mismo tiempo estaban libres de idolatría. El templo se levantaba en Jerusalén, se explicaba la Ley, se adoraba a Jehová. Y sin embargo Cristo les dijo: “El que me envió es verdadero, al cual vosotros no conocéis” (Juan 7:28). “Ni a Mí me conocéis, ni a mi Padre; si a Mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais” (Juan 8:19). “Mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis” (Juan 8:54, 55). Y notémoslo bien, ¡se dice a un pueblo que tenía las Escrituras, las escudriñaba diligentemente y las veneraba como la Palabra de Dios! Conocían a Dios muy bien teóricamente, pero no tenían de El un conocimiento espiritual.

Tal como ocurría en el mundo judío lo mismo ocurre en la Cristiandad. Hay multitud que “creen” en la Santísima Trinidad, pero están por completo desprovistos de un conocimiento sobrenatural o espiritual de Dios. ¿Cómo podemos afirmar esto? De esta manera: el carácter del fruto revela el carácter del árbol que lo da; la naturaleza del agua nos hace conocer la fuente de la cual mana. Un conocimiento sobrenatural de Dios produce una experiencia sobrenatural, y una experiencia sobrenatural resulta en un fruto sobrenatural. Es decir, cuando Dios vive en el corazón, revoluciona y transforma la vida. Se produce lo que la mera naturaleza no puede producir, más aún, lo que es directamente contrario a ella. Y esto se puede notar que está ausente de la vida del 95 % de los que ahora profesan ser hijos de Dios. No hay nada en la vida del cristiano típico, o sea la mayoría, que no se pueda explicar en términos naturales. Pero el Hijo de Dios auténtico es muy diferente. Este es, en verdad, un milagro de la gracia; “es una nueva criatura en Cristo Jesús” (2ª Corintios 5:17). Su experiencia, su vida, es sobrenatural.

La experiencia sobrenatural del cristiano se ve en su actividad hacia Dios. Teniendo en sí la vida de Dios, habiendo sido hecho «partícipe de la divina naturaleza» (2ª Pedro 1:4), ama por necesidad a Dios, las cosas de Dios; ama lo que Dios ama; y, al contrario, aborrece lo que Dios aborrece. Esta experiencia sobrenatural es obrada en El por el Espíritu de Dios, y esto por medio de la Palabra. Por medio de la Palabra que vivifica. Por medio de la Palabra que redarguye de pecado. Por medio de la Palabra que santifica. Por medio de la Palabra que da seguridad. Por medio de la Palabra que hace que aumente la santidad. De modo que cada uno de nosotros puede dilucidar la extensión en que nos aprovecha su lectura y estudio de la Escritura por los efectos que, por medio del Espíritu que los aplica, producen en nosotros. Entremos ahora en detalles. Aquel que se está beneficiando de las Escrituras tiene:

  1. Una clara noción de los derechos de Dios. Entre el Creador y la criatura ha habido constantemente una gran controversia sobre cuál de ellos ha de actuar como Dios, sobre si la sabiduría de Dios o la de los hombres deben ser la guía de sus acciones, sobre si su voluntad o la de ellos tiene supremacía. Lo que causó la caída de Lucifer fue el resentimiento de su sujeción al Creador: “Tú decías en tu corazón: Subiré al cielo; por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono… y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:13, 14). La mentira de la serpiente que engañó a nuestros primeros padres y los llevó a la destrucción fue: “Seréis como dioses” (Génesis 3:5). Y desde entonces el sentimiento del corazón del hombre natural ha sido: “Apártate de nosotros, porque no queremos conocer tus caminos. ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos?” (Job 21:14, 15). “Por nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios por nosotros; ¿quién va a ser amo nuestro?” (Salmo 12:4). “¿Vagamos a nuestras anchas, nunca más vendremos a ti?” (Jeremías 2:13).

El pecado ha excluido a los hombres de Dios (Efesios 4:18). El corazón del hombre es contrario a El, su voluntad es opuesta a la suya, su mente está en enemistad con Dios. Al contrario, la salvación significa ser restaurado a Dios: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1ª Pedro 3:18). Legalmente esto ya ha sido cumplido; experimentalmente está en proceso de cumplimiento. La salvación significa ser reconciliado con Dios; y esto implica e incluye que el dominio del pecado sobre nosotros ha sido quebrantado, la enemistad interna ha sido destruida, el corazón ha sido ganado por Dios. Esta es la verdadera conversión; es el derribar todo ídolo, el renunciar a las vanidades vacías de un mundo engañoso, tomar a Dios como nuestra porción, nuestro rey, nuestro todo en todo. De los Corintios se lee que “se dieron a sí mismos primeramente al Señor” (2 Corintios 8: 5). El deseo y la decisión de los verdaderos convertidos es que “ya no vivan para sí, sino para aquél que murió y resucitó por ellos” (2ª Corintios 5:15).

Ahora se reconoce lo que Dios reclama: su legítimo dominio sobre nosotros es admitido, se le admite como Dios. Los convertidos «se presentan a sí mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros, como instrumentos de justicia» (Romanos 6:13). Esta es la exigencia que nos hace: el ser nuestro Dios, el ser servido como tal por nosotros; para que nosotros seamos y hagamos, absolutamente y sin reserva, todo lo que El requiere, rindiéndonos plenamente a El (ver Lucas 14: 26, 27, 33). Corresponde a Dios, como Dios, el legislar, prescribir, decidir por nosotros; nos pertenece a nosotros como deber el ser regidos, gobernados, mandados por El a su agrado.

El reconocer a Dios como nuestro Dios es darle a El el trono de nuestros corazones. Es decir, en el lenguaje de Isaías 26:13: “Jehová nuestro Dios, otros señores fuera de ti se han enseñoreado de nosotros; pero solamente con tu ayuda nos acordamos de tu nombre.” “Oh, Dios, mi Dios eres tú; de madrugada te buscaré” (Salmo 63:1). Ahora bien, nos beneficiamos de las Escrituras, en proporción a la intensidad con que esto pasa a ser nuestra propia experiencia. Es en las Escrituras, y sólo en ellas, que lo que Dios exige se nos revela y establece, somos bendecidos en tanto cuanto obtenemos una clara y plena visión de los derechos de Dios, y nos rendimos a ellos.

  1. Un temor mayor de la majestad de Dios. “Tema a Jehová toda la tierra; teman delante de El todos los habitantes del mundo” (Salmo 33:8). Dios está tan alto sobre nosotros que el pensamiento de su majestad debería hacernos temblar. Su poder es tan grande que la comprensión del mismo debería aterrorizarnos. Dios es santo de modo inefable, su aborrecimiento al pecado es infinito, y el solo pensamiento de mal obrar debería llenarnos de horror. “Dios es temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de EI” (Salmo 89:7).

“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Proverbios 9:10) y “sabiduría” es un uso apropiado del “conocimiento”. En tanto cuanto Dios es verdaderamente conocido será debidamente temido. Del malvado está escrito: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:18). No se dan cuenta de su majestad, no se preocupan de su autoridad, no respetan sus mandamientos, no les alarma el que los haya de juzgar. Pero, respecto al pueblo del pacto, Dios ha prometido: “Y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de Mí” (Jeremías 32:40). Por tanto tiemblan ante su Palabra (Isaías 66: 5) y andan cuidadosamente delante de El.

“El temor de Jehová es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13). Y otra vez: “Con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal” (Proverbios 16:6). El hombre que vive en el temor de Dios es consciente de que «Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos» (Proverbios 15:3), por lo que cuida de su conducta privada así como la pública. El que se abstiene de cometer algunos pecados porque los ojos de los hombres están sobre él, pero no vacila en cometerlos cuando está solo, carece del temor de Dios. Asimismo el hombre que modera su lengua cuando hay creyentes alrededor, pero no lo hace en otras ocasiones carece del temor de Dios. No tiene una conciencia que le inspire temor de que Dios le ve y le oye en toda ocasión. El alma verdaderamente regenerada tiene miedo de desobedecer y desafiar a Dios. Ni tampoco quiere hacerlo. No, su deseo real y profundo es agradar a Dios en todas las cosas, en todo momento y en todo lugar. Su ferviente oración es: “Afianza mi corazón para que tema tu nombre” (Salmo 86:11).

Incluso el santo tiene que ser enseñado a temer a Dios (Salmo 34:11). Y aquí, como siempre es por medio de la Escritura que se da esta enseñanza (Proverbios 2:5). Es a través de las Escrituras que aprendemos que los ojos de Dios están siempre sobre nosotros, notando nuestras acciones, pesando nuestros motivos. Cuando el Santo Espíritu aplica las Escrituras a nuestros corazones, hacemos más caso de la orden: “Permanece en el temor de Jehová todo el día” (Proverbios 23:17). Así que, en la medida en que sentimos temor ante la tremenda majestad de Dios, somos conscientes de que “Tú me ves” (Génesis 16:13), y “procuramos nuestra salvación con temor y temblor” (Filipenses 2:12), nos beneficiamos verdaderamente de nuestra lectura y estudio de la Biblia.

  1. Una mayor reverencia a los mandamientos de Dios. El pecado entró en el mundo cuando Adán quebrantó la ley de Dios, y todos sus hijos caídos fueron engendrados en su corrupta semejanza (Génesis 5:3). “El pecado es la trasgresión de la ley” (1ª Juan 3:4). El pecado es una especie de alta traición, una anarquía espiritual. Es la repudiación del dominio de Dios, el poner aparte su autoridad, la rebelión contra su voluntad. El pecado es imponer nuestra voluntad. La salvación es la liberación del pecado, de su culpa, de su poder, así como de su castigo. El mismo Espíritu que nos hace ver la necesidad de la gracia de Dios nos hace ver la necesidad del gobierno de Dios para regirnos. La promesa de Dios a su pueblo del pacto es: “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y las inscribiré sobre su corazón y seré a ellos por Dios” (Hebreos 8:10).

A cada alma regenerada se le comunica un espíritu de obediencia. “El que me ama guardará mis palabras” (Juan 14:23). Aquí está la prueba: “Y en esto conocemos si hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos” (1ª Juan 2:3). Ninguno de nosotros los guarda perfectamente; con todo, cada cristiano verdadero desea y se esfuerza por hacerlo. Dice con Pablo: “Me deleito en la ley de Dios en el hombre interior” (Romanos 7:22). Dice con el salmista: “He escogido el camino de la verdad”, “Tus testimonios he tomado por heredad para siempre” (Salmo 119:30,111). Y toda enseñanza que rebaja la autoridad de Dios, que no hace caso de sus mandamientos, que afirma que el cristiano no está, en ningún sentido, bajo la Ley, es del Demonio, no importa cuán lisonjeras sean sus palabras. Cristo ha redimido a su pueblo de la maldición de la Ley, y no de sus mandamientos: El nos ha salvado de la ira de Dios, pero no de su gobierno. “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón” no ha sido abolido todavía.

1ª Corintios 9:21, expresamente afirma que estamos “bajo la ley de Cristo”. “El que dice que está en El, debe andar como El anduvo” (1ª Juan 2:6). Y, ¿cómo anduvo Cristo? En perfecta obediencia a Dios; en completa sujeción a la ley, honrándola y obedeciéndola en pensamiento, palabra y hecho. No vino a destruir la Ley, sino a cumplirla (Mateo 5:17). Y nuestro amor a El se expresa no en emociones placenteras o palabras hermosas, sino guardando sus mandamientos (Juan 14:15), y los mandamientos de Cristo son los mandamientos de Dios (véase Éxodo 20:6). La ferviente oración del cristiano verdadero es: “Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi complacencia” (Salmo 119:35). En la medida en que nuestra lectura y estudio de las Escrituras, por la aplicación del Espíritu, engendra un amor mayor en nosotros por los mandamientos de Dios y un respeto más profundo a ellos, estamos obteniendo realmente beneficio de esta lectura y estudio.

  1. Más confianza en la suficiencia de Dios. Aquello, persona o cosa, en que confía más un hombre, es su «dios». Algunos confían en la salud, otros en la riqueza; otros en su yo, otros en sus amigos. Lo que caracteriza a todos los no regenerados es que se apoyan sobre un brazo de carne. Pero, la elección de gracia retira de nuestro corazón toda clase de apoyos de la criatura, para descansar sobre el Dios vivo. El pueblo de Dios son los hijos de la fe. El lenguaje de su corazón es: “Dios mío, en Ti confío; no sea yo avergonzado” (Salmo 25:2), y de nuevo: “Aunque me matare, en El esperaré” (Job 13:15). Confían en Dios para que les proteja, bendiga y les provea de lo necesario. Miran a una fuente invisible, cuentan con el Dios invisible, se apoyan sobre un Brazo escondido.

Es verdad que hay momentos en que su fe desmaya, pero aunque caen, no son echados del todo. Aunque no sea su experiencia uniforme, en el Salmo 56: 11 se expresa el estado general de sus almas: “En Dios he puesto mi confianza: no temeré lo que me pueda hacer el hombre.” Su oración ferviente es: “Señor, aumenta nuestra fe”. “La fe viene del oír, y el oír, por medio de la palabra de Dios” (Romanos 10: 17). Así que, cuando se medita en la Escritura, se reciben sus promesas en la mente, la fe es reforzada, la confianza en Dios aumentada, la seguridad se profundiza. De este modo podemos descubrir si estamos beneficiándonos o no de nuestro estudio de la Biblia.

  1. Mayor deleite en las perfecciones de Dios. Aquello en lo que se deleita un hombre es su “dios”. La persona mundana busca su satisfacción en sus pesquisas, sus placeres, sus posesiones. Ignorando la sustancia, persigue vanamente las sombras. Pero, el cristiano se deleita en las maravillosas perfecciones de Dios. El confesar a Dios como nuestro Dios de verdad, no es sólo someterse a su cetro, sino amarle más que al mundo, valorarle por encima de todo lo demás. Es tener con el salmista una comprensión por experiencia de que “Todas mis fuentes están en Ti” (Salmo 87:7). Los redimidos no sólo han recibido de Dios un gozo tal como este pobre mundo no puede impartir sino que se “regocijan en Dios” (Romanos 5:11) y de esto la persona mundana no sabe nada. El lenguaje de los tales es “el Señor es mi porción” (Lamentaciones 3:24).

Los ejercicios espirituales son enojosos para la carne. Pero, el cristiano real dice: “En cuanto a mi, el acercarme a Dios es el bien” (Salmo 73:28). El hombre carnal tiene muchos deseos y ambiciones; el alma regenerada declara: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Estando contigo nada me deleita ya en la tierra” (Salmo 73:25). Ah, lector, si tu corazón no ha sido acercado a Dios y se deleita en Dios, entonces todavía está muerto para El.

El lenguaje de los santos es: “Pues, aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas falten en el aprisco, y no haya vacas en los establos; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me regocijaré en el Dios de mi salvación” (Habacuc 3:17,18). Ah, ésta es sin duda una experiencia espiritual. Sí, el cristiano puede regocijarse cuando todas sus posesiones mundanas le son quitadas (véase Hebreos 10:34). Cuando yace en una mazmorra, con la espalda sangrando, todavía canta alabanzas a Dios (véase Hechos 16:25). Así que, en la medida en que has sido destetado de los placeres vacíos de este mundo, estás aprendiendo que no hay bendición aparte de Dios, estás descubriendo que El es la fuente y suma de toda excelencia, y tu corazón se acerca a El, tu mente está en El, tu alma encuentra su satisfacción y gozo en El, estás realmente sacando beneficio de las Escrituras.

  1. Una mayor sumisión a la providencia de Dios. Es natural murmurar cuando las cosas van mal; es sobrenatural el quedarse callado (Levítico 10:3). Es natural quedar decepcionado cuando nuestros planes fracasan; es sobrenatural inclinarse a sus instrucciones. Es natural querer uno hacer la suya; es sobrenatural decir: “Hágase Tu voluntad, no la mía.” Es natural rebelarse cuando un ser querido nos es arrebatado por la muerte; es sobrenatural saber decir: “El Señor dio, el Señor quitó; sea el nombre del Señor alabado” (Job 1:21). Cuando Dios es verdaderamente nuestra porción, aprendemos a admirar su sabiduría, y a conocer que El hace todas las cosas bien. Así el corazón se mantiene en “perfecta paz”, cuando la mente está en El (Isaías 26:3). Aquí, pues, hay otra prueba segura: si tu estudio te enseña que el camino de Dios es mejor, si es causa de que te sometas sin refunfuñar a sus dispensaciones, si eres capaz de darle gracias por todas las cosas (Efesios 5:20), entonces estás sacando beneficio sin la menor duda.
  2. Una alabanza más ferviente por la bondad de Dios. La alabanza es lo que sale del corazón que encuentra satisfacción en Dios. El lenguaje del tal es: “Bendeciré al Señor en todo tiempo; su alabanza estará continuamente en mi boca” (Salmo 34:1). ¡Qué abundancia de causas tiene el pueblo de Dios, para alabarle! Amados con un amor eterno, hechos hijos y herederos, todas las cosas obrando juntamente para bien, toda necesidad provista, una eternidad de bienaventuranza asegurada. No debería cesar nunca el arpa de la que arrancan sus alabanzas. Nunca debería quedar en silencio. Ni tampoco deben callar cuando gozan de la comunión con El, que es “altamente suave”. Cuanto más “aumentamos en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10), más le adoramos. Pero, es sólo cuando la Palabra mora en nosotros en abundancia que estamos llenos de cánticos espirituales (Colosenses 3:16) y hacemos melodía en nuestros corazones al Señor. Cuando más nuestras almas son atraídas a la verdadera adoración, más nos encontramos dando gracias y alabando a nuestro gran Dios, clara evidencia de que estamos beneficiándonos del estudio de su Palabra.

Los Beneficios de la Lectura de la Biblia por A.W. Pink

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: