Las Escrituras y Las Buenas Obras

La verdad de Dios puede hacerse semejante a un camino estrecho, orillado a ambos lados por precipicios peligrosos: en otras palabras, transcurre entre dos simas de error. Lo acertado de esta figura puede verse en nuestra tendencia a ir de un extremo al otro. Sólo por medio del Espíritu que lo hace posible podemos mantener el equilibrio. De fallar este equilibrio, caeríamos en el error, porque el error no es tanto la negativa de la verdad como la tergiversación de la verdad, el hacer chocar una parte contra la otra, activamente.

La historia de la teología nos ilustra este hecho de modo gráfico y solemne. Una generación ha defendido un aspecto de la verdad justa y denodadamente: esta verdad era indispensable en su día. La próxima generación, en vez de andar en ella y seguir adelante, entabló batalla en favor de ella intelectualmente, como una marca distintiva de su partido o facción, y en general, para defender aquello, que era atacado, por otros, por lo que rehusaron escuchar la verdad equilibradora que sus enemigos oponían; el resultado es que los dos lados han perdido el sentido de perspectiva y han hecho énfasis en lo que creían, aunque estaba desorbitado de sus proporciones escriturales. En consecuencia, en la próxima generación, el verdadero siervo de Dios se ve llamado casi a no hacer caso de aquello que parecía tan valioso a los ojos de sus padres, y poner énfasis en lo que aquéllos habían, si no negado, por lo menos perdido de vista.

Se dice que los “rayos de luz, tanto si proceden del sol, una estrella o una vela, se mueven en líneas rectas perfectas; con todo, nuestras obras son tan inferiores a las de Dios que la mano con más firme pulso no puede trazar una línea recta perfecta, ni con todo su ingenio ha podido el hombre inventar un instrumento capaz de hacer una cosa aparentemente tan simple” (T. Guthrie, 1967). Sea como sea, es cierto que el hombre, dejado a sí mismo, nunca ha podido guardar una línea recta de verdad entre lo que parecen doctrinas conflictivas: tales como la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre; la elección por gracia y la proclamación universal del Evangelio; la justificación por la fe de Pablo y las obras justificadoras de Santiago. Con demasiada frecuencia, cuando se ha insistido en la absoluta soberanía de Dios se ha dejado de lado la responsabilidad del hombre; y donde la elección incondicional ha sido mantenida se ha resbalado y descuidado la predicación sin trabas del Evangelio a los no salvos. Por otra parte, donde se ha mantenido la responsabilidad humana y se ha hecho un ministerio sostenido evangélico, no se ha hecho mucho caso de la soberanía de Dios y de la verdad de la elección, o por lo menos se les ha dado un lugar secundario.

Muchos de nuestros lectores han sido testigos de ejemplos que ilustran lo que hemos dicho, pero pocos parecen comprender que se experimente exactamente la misma dificultad cuando se hace el intento de mostrar la relación precisa entre la fe y las buenas obras. Si, por un lado, algunos han errado atribuyendo a las buenas obras un lugar no justificado en la Escritura, es cierto que, por otra parte, algunos han fallado en dar a las buenas obras el lugar que les corresponde según la Escritura. Si, por un lado, ha sido un error serio el adscribir nuestra justificación a nuestra ejecución, prácticamente, antes que a Dios, por otra parte, los otros son culpables al negar que las buenas obras son necesarias para poder llegar al cielo e insistir que no son más que simple evidencia o fruto de nuestra justificación. Nos damos perfectamente cuenta de que en esto estamos andando en un terreno muy resbaladizo, y corremos grave riesgo de ser acusados de herejía; sin embargo, creemos que hemos de buscar la ayuda divina para enfrentarnos con esta dificultad, y luego adscribir los resultados a Dios Mismo.

En algunos puntos la parte de la fe, aunque no ha sido nunca negada, ha sido rebajada, a causa de su celo en dar más importancia a las buenas obras. En otros círculos, que se consideren ortodoxos (y es a éstos que consideramos aquí principalmente), sólo muy raramente se asigna a las buenas obras su lugar propio, y sólo con muy poca frecuencia se insta a los cristianos profesos a mantenerlas con firmeza apostólica. No hay duda que esto es debido a veces al temor de dar bastante importancia a la fe, y animar a los pecadores en el error fatal de confiar en sus propios esfuerzos antes que en la justicia de Cristo. Pero, estos temores no deberían estorbarnos el declarar “todo el consejo de Dios”. Si el predicador habla de la fe en Cristo como Salvador de los perdidos, debe dejar bien establecida esta verdad, sin ninguna modificación, dando a la gracia el lugar que el apóstol le da en su respuesta al carcelero de Filipos (Hechos 16:31). Pero, si el tema son las buenas obras, no ha de ser menos fiel y no ha de omitir nada de lo que dicen las Escrituras; que no olvide la orden divina: “Quiero que insistas con firmeza para que los que han creído a Dios procuren ocuparse en buenas obras” (Tito 1:8).

Este último pasaje de la Escritura es el más pertinente para estos días de flojera e indulgencia, de profesiones inválidas, y jactancias vacías. Esta expresión “buenas obras” se encuentra en el Nuevo Testamento en singular o en plural no menos de treinta veces; con todo, dada la rareza con que muchos predicadores, que son considerados sanos en la fe, usan, insisten y amplían este tema, muchos de sus oyentes llegarían a la conclusión que estas palabras aparecen sólo una o dos veces en toda la Biblia. Hablando a los judíos sobre otro tema, el Señor dijo: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Marcos 10:9). Ahora bien, en Efesios 2:8-10, Dios ha unido dos cosas vitales y benditas, que nunca deberían ser separadas en nuestros corazones y mentes, y sin embargo son separadas con frecuencia en el púlpito moderno. ¿Cuántos sermones se predican sobre los dos primeros versículos, los cuales declaran claramente que la salvación es por la gracia por medio de la fe y no las obras? Con todo cuán raramente se nos recuerda que la frase que empieza con gracia y fe, es sólo completada en el versículo 10, donde dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para buenas obras, que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.”

Empezamos esta serie indicando que la Palabra de Dios puede ser tomada por varios motivos y leída con propósitos diferentes, pero en 2ª Timoteo 3:16, 17, se nos dice para qué son estas Escrituras realmente “provechosas”, a saber, para la doctrina o enseñanza, para represión, corrección, instrucción en justicia, y todo ello para que «el hombre de Dios sea enteramente apto, bien pertrechado para toda buena obra». Habiendo hablado sobre sus enseñanzas sobre Dios y Cristo, su instrucción en relación con la oración, consideremos ahora cómo éstas nos “pertrechan” para toda buena obra. Aquí hay otro criterio vital por medio de¡ cual, el alma sincera, con la ayuda del Espíritu Santo, puede discernir si está o no está beneficiándose de la lectura y estudio de la Palabra.

  1. Nos beneficiamos de la Palabra cuando con ella aprendemos cuál es el verdadero lugar de las buenas obras. “Muchas personas, en su deseo de apoyar la ortodoxia como sistema, hablan de la salvación por gracia y fe, de una forma que menoscaba la importancia de la santidad y la vida dedicada a Dios. Pero, no hay base para tal cosa en las Sagradas Escrituras. El mismo Evangelio que declara que la salvación es gratuita por la gracia de Dios por medio de la fe en la sangre de Jesucristo, y afirma, en fuertes términos, que los pecadores son justificados por la justicia del Salvador que les es imputada cuando creen en El sin respeto alguno por las obras de la ley, nos asegura también, que sin la santidad, nadie verá a Dios; que los creyentes son limpiados por la sangre de la expiación; que sus corazones son purificados por la fe, que obra con amor, que vence al mundo; y que la gracia que trae salvación a todos los hombres, enseña a todos los que la reciben, que negando la impiedad y los deseos del mundo han de vivir sobria, recta y piadosamente en este mundo. Todo temor que la doctrina de la gracia haya de sufrir como resultado de una firme insistencia en las buenas obras como fundamento escritural, revela que el conocimiento de la divina verdad es seriamente defectuoso e inadecuado, y que cualquier tergiversación o disimulo de las Sagradas Escrituras, a fin de acallar su testimonio en favor de los frutos de la justificación, como absolutamente necesarios para el cristiano, es una corrupción y una falsificación de la Palabra de Dios” (Alexander Carson).

Pero, preguntan algunos, ¿qué fuerza tiene esta ordenanza o mandamiento de Dios sobre las buenas obras, cuando, a pesar de ella, y aunque dejemos de aplicarnos diligentemente a la obediencia, seremos a pesar de ello justificados por la imputación de la justicia de Cristo, y por tanto podemos ser salvos sin ellas? Una objeción tan sin sentido procede de la completa ignorancia del estado presente del creyente y de su relación con Dios. El suponer que el corazón de los regenerados no está influido de modo tan efectivo por la autoridad y mandamientos de Dios a la obediencia, como si les fueran dados para su justificación, es ignorar lo que es la verdadera fe, y cuáles son los argumentos y motivos por los que la mente de los cristianos es afectada y constreñida de un modo principal. Además, es perder de vista la inseparable conexión que Dios ha hecho entre nuestra justificación y nuestra santificación: suponer que una de ellas puede existir sin la otra es derribar toda la enseñanza del Evangelio. El apóstol trata de esta misma objeción en Romanos 6:1-3: “¿Qué, pues, diremos? ¿Permanezcamos en pecado para que la gracia abunde? ¡En ninguna manera! Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿0 ignoráis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte?”

  1. Nos beneficiamos de la Palabra cuando por medio de ella aprendemos la absoluta necesidad de las buenas obras. Si está escrito que «sin derramamiento de sangre no se hace remisión» (Hebreos 9:22), y “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6), la Escritura de Verdad enseña también: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). La vida que viven los santos en el cielo no es sino el cumplimiento y la consumación de la vida que, después de la regeneración, han vivido aquí en la tierra. La diferencia entre las dos no es de clase, sino de grado. «La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Proverbios 4:18). Si no se ha andado con Dios aquí, no habrá morada con Dios allí. Si no ha habido comunión real con El en el tiempo, no habrá ninguna en la eternidad. La muerte no efectúa ningún cambio vital en el corazón. Es verdad que al morir ‘ los restos del pecado serán dejados por completo atrás por el santo, pero no se le impartirá ninguna nueva naturaleza. Si para entonces no odia el pecado y ama la santidad, no los va a odiar o amar respectivamente, después.

No hay nadie que realmente desee ir al infierno, aunque hay muy pocos que estén dispuestos a abandonar el camino ancho que lleva al mismo. Todos quieren ir al cielo, ¿pero cuántos entre las multitudes de cristianos profesos están realmente decididos a andar por el estrecho sendero que a él conduce? Es en este punto que podemos discernir el lugar preciso que las buenas obras tienen en relación con la salvación. No son causa de su merecimiento, pero, a pesar de ello, son inseparables de la salvación. No nos proporcionan el derecho de ir al cielo, pero se hallan entre los medios que Dios ha dispuesto para que su pueblo llegue allí. Las buenas obras no nos proporcionan en ningún sentido la vida eterna, pero son parte de los medios (como lo son la obra del Espíritu en nosotros, el arrepentimiento, la fe y la obediencia por nuestra parte) que conducen a ella. Dios ha indicado el camino por el cual hemos de andar para llegar a la herencia adquirida para nosotros por Cristo. Una vida de obediencia a Dios cada día es lo que nos da la admisión al goce de lo que Cristo ha adquirido para su pueblo: admisión ahora por la fe, admisión al morir o al regreso de Cristo en plena realidad.

  1. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos enseña el designio de las buenas obras. Esto se nos hace claro en Mateo 5:16: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de tal modo que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Vale la pena que notemos que ésta es la primera vez que aparece esta expresión, y, como es generalmente el caso, la mención inicial de una cosa en la Escritura implica su uso e importancia subsiguiente. Aquí vemos que los discípulos de Cristo muestran la autenticidad de su profesión cristiana por medio del testimonio de sus vidas, silencioso pero explícito (porque la “luz” no hace ruido cuando “brilla”), para que los hombres puedan ver sus buenas obras (no tienen que oír nuestra jactancia), y todo ello para que su Padre en los cielos pueda ser glorificado. Este es, pues, el designio o propósito fundamental: el honor de Dios.

Como el contenido de este versículo, Mateo 5:16, es mal entendido o tergiversado con tanta frecuencia, añadimos otro pensamiento respecto al mismo. Con la “luz” misma, aunque las dos son bien distintas, por más que relacionadas. La “luz” es nuestro testimonio para Cristo, pero ¿qué valor tiene a menos que la vida misma lo ejemplifique? Las “buenas obras” no sirven para llamar la atención hacia nosotros mismos, sino hacia Aquel que las obra en nosotros. Tienen que ser de tal carácter y calidad que incluso los infieles conozcan que proceden de alguna fuente más elevada que la caída naturaleza humana. El fruto sobrenatural requiere una raíz sobrenatural, y cuando esto es reconocido, el Labrador es glorificado por ellas. De igual significación es la última referencia a las “buenas obras” que hay en la Escritura: “Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que os calumnian como a malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al observar vuestras buenas obras.” (1ª Pedro 2:12.) Vemos, pues, que la alusión inicial y la final, las dos, subrayan el propósito: la glorificación de Dios como resultado de Su obra a través de su pueblo en el mundo.

  1. Nos beneficiamos de la Palabra cuando aprendemos por medio de ella la verdadera naturaleza de las buenas obras. Esto es algo sobre lo cual los no regenerados están en completa ignorancia. A juzgar por lo meramente externo, evaluando las cosas sólo por los stándards humanos, son completamente incompetentes para determinar qué obras son buenas en la estima de Dios y cuáles no. Los tales suponen que lo que el hombre considera buenas obras, Dios lo aprueba también, y por ello permanecen en oscuridad total porque su entendimiento está cegado por el pecado, hasta que el Espíritu Santo los vivifica para nueva vida, sacándolos de la oscuridad a la maravillosa luz de Dios. Entonces ven que sólo son buenas obras las que son hechas en obediencia a la voluntad de Dios (Romanos 6:16), basadas en un principio de amor a El (Hebreos 10:24), en el nombre de Cristo (Colosenses 3:17), y para la gloria de Dios por El (1a Corintios 10:31).

La verdadera naturaleza de las «buenas obras» fue ejemplificada perfectamente por el Señor Jesús. Todo lo que hizo, lo hizo en obediencia a su Padre. “No se agradó a sí mismo” (Romanos 15:3), sino que en todo momento estuvo haciendo la voluntad de Aquel que le había enviado (Juan 6:38). Podía decir: “Porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). No hubo límites en la sujeción de Cristo a la voluntad del Padre: Cristo se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Así que todo lo que hizo procedió del amor del Padre y del amor a su -prójimo. El amor es el cumplimiento de la Ley; sin amor, el cumplimiento de la Ley no es nada sino sujeción servil, y esto no puede ser aceptable a Aquel que es amor. La prueba de que toda la obediencia de Cristo procedió del amor se encuentra en sus palabras: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmo 40:8). De modo que todo lo que Cristo hizo tenía como propósito la gloria del Padre: “Padre, glorifica tu nombre” (Juan 12:28) revela el propósito que tenía delante constantemente.

  1. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos enseña la verdadera fuente de nuestras buenas obras. El hombre no regenerado es capaz de ejecutar obras que en un sentido civil y natural, aunque no en el sentido espiritual, son buenas. Pueden hacer cosas que, externamente, en cuanto a su materia y sustancia, son buenas, tales como la lectura de la Biblia, el ayudar al ministerio de la Palabra, dar limosna al pobre; sin embargo, el móvil principal de estas acciones, su falta de piedad, las hace harapos a la vista del Dios Trino. El hombre no regenerado no tiene poder para ejecutar obras en un sentido espiritual, y por tanto, está escrito: «No hay nadie que haga lo bueno, ni aun uno» (Romanos 3:12). No, no pueden: no están “sujetos a la ley de Dios, ni siquiera pueden” (Romanos 8:7). Por tanto, incluso “el pensamiento de los impíos es pecado” (Proverbios 21:4). Ni son los creyentes capaces de pensar un buen pensamiento o ejecutar una buena obra por sí mismos (2ª Corintios 3:5): es Dios que obra en ellos “tanto el querer como el hacer según su voluntad” (Filipenses 2:13).

“¿Podrá mudar el etíope su piel o el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?” (Jeremías 13:23). Los hombres no pueden esperar uvas de los abrojos o higos de los cardos, ni tampoco buen fruto, o sea, buenas obras del hombre no regenerado. Hemos de ser creados primero en Jesucristo (Efesios 2: 10), tener el Espíritu Santo dentro de nosotros (Gálatas 4:6), y su gracia implantada en nuestro corazón (Efesios 4:7; 1ª Corintios 15:10), antes de tener ninguna capacidad para hacer buenas obras. Incluso entonces no podemos hacer nada aparte de Cristo (Juan 15:5). Con frecuencia deseamos hacer lo bueno; con todo, no sabemos cómo hacerlo (Romanos 7:18). Esto nos hace poner de rodillas pidiendo a Dios que nos haga “perfectos en toda buena obra”, obrando en nosotros “lo que es agradable a su vista, por medio de Jesucristo” (Hebreos 13:21). De este modo somos vaciados de nuestra autosuficiencia, y comprendemos que todas nuestras fuentes se hallan en Dios (Salmo 87:7); y con ello descubrimos que podemos hacer todas las cosas por medio de Cristo que nos fortalece (Filipenses 4:13).

  1. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos enseña la gran importancia de las buenas obras. Condensándolo todo lo posible: “las buenas obras” son de gran importancia porque por ellas glorificamos a Dios (Mateo 5:16), por medio de ellas cerramos la boca de aquellos que hablan contra nosotros (1a Pedro 2:12), por medio de ellas damos evidencia de la autenticidad de nuestra profesión de fe (Santiago 2:13-17). Es en extremo conveniente que «en todo adornemos la doctrina de Dios nuestro Salvador» (Tito 2:10). Nada da más honor a Cristo que los que llevan su nombre sean hallados viviendo constantemente a semejanza de Cristo y en su espíritu, por medio de su ayuda. No sin razón el mismo Espíritu, que hizo que el apóstol pusiera un prefacio concerniente a la venida de Cristo al mundo para salvar a los pecadores con “Palabra fiel y digna”, etc., le dictó: “Palabra fiel es ésta, y en estas cosas… para que los que han creído a Dios procuren ocuparse de buenas obras” (Tito 3:3). En realidad espera incluso que seamos «celosos de buenas obras» (Tito 2:14).
  2. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos enseña el verdadero alcance de las buenas obras. Este es tan extenso que incluye el cumplimiento de nuestros deberes en toda relación en que Dios nos ha colocado. Es interesante e instructivo notar la primera “buena obra” (así descrita) en la Sagrada Escritura, a saber, el que María de Betania ungiera al Salvador (Mateo 26:10; Marcos 14:8. Indiferente a la censura o a la alabanza de los demás, con los ojos sólo en el “mayor entre diez mil”, María derramó sobre el Maestro su precioso perfume. Otra mujer, Dorcas (Hechos 9:36), se menciona también como “llena de buena obras”. Después de la adoración viene el servicio glorificando a Dios entre los hombres y beneficiando a otros.

“Para que andéis como es digno del Señor agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra” (Colosenses 1:10). El criar a los niños, el hospedar extraños, el lavar los pies a los santos (ministrar para el confort físico), el socorrer a los afligidos (1ª Timoteo 5: 10), es calificado como buenas obras. A menos que nuestra lectura y estudio de las Escrituras nos haga mejores soldados de Jesucristo, mejores ciudadanos del país en el cual vivimos, mejores miembros de nuestros hogares terrenales (más amables, cariñosos, generosos), «plenamente dispuestos para toda buena obra», esta lectura nos ha aprovechado muy poco o nada.

Los Beneficios de la Lectura de la Biblia por A.W. Pink

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