LA TENTACIÓN

Reflexiones sobre el asunto de la tentación. Estudio de índole pastoral

Índice del Tema

  • I. Comprendiendo acerca de la tentación
    • 1. Tentación y corona
    • 2. La fuerza de la tentación
      • A. La tentación y la debilidad humana; por la necesidad y deseo legítimos
        • El tentador se extralimitó en su afán de tentar
      • B. Tentación y concupiscencia
        • Tentados según la propia concupiscencia
        • ¿Es la concupiscencia la única causa y motivo del pecar?
        • El pecado de Eva: la codicia
    • 3. Busquemos siempre el vencer la tentación

“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.  Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.  Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.  Amados hermanos míos, no erréis” (Santiago 1: 12-16)

Este va ser un estudio teológico sobre uno de los temas más acuciantes de la vida cristiana sobre esta tierra.

El asunto de la tentación es menester entenderlo en toda su dimensión, para estar mejor preparados ante los ataques del diablo, la carne y el mundo, enemigos estos, que sin duda y mientras existan, no cejarán en su empeño de destruirnos.

LA TENTACIÓN

I. Comprendiendo acerca de la tentación

1. Tentación y corona

“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman”:

La verdadera felicidad – si se quiere emplear ese término – sin duda es la que el cristiano obtiene por ser más que vencedor en las diversas pruebas o tentaciones (Ro. 8: 37).

Esa felicidad, jamás quedará exenta de sufrimiento en su proceso de victoria, por lo tanto será una felicidad conforme a Dios; nada tendrá que ver con el placer de la carne, o meramente el aspecto natural de la misma.

De esa manera se cumple lo que dijo el salmista:

“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40: 8)

A David le llegó a agradar la voluntad de Dios, no en base al placer sensorial, sino según el Espíritu.

Como dice John MacArthur, citando a Job:

“El creyente ha pasado por sus pruebas con éxito y victoria, lo cual indica que es genuino porque su fe ha resistido la prueba como la de Job”

Sabemos por la Palabra que Job padeció en su propia carne para ganar, no para perder, y la tentación fue parte intrínseca de todo su proceso espiritual. Con todo ello, él alcanzó la corona de vida.

Esa preciada corona de vida es la que Dios concede como premio final a todos aquellos que viven en esta vida como más que vencedores por medio de Aquél que les amó (Ro. 8: 37). Dicho de otro modo, es la vida eterna.

“La palabra corona griega “Stefanos”, se concedía a los atletas que lograban vencer en la arena”

“La palabra corona griega “Stefanos”, se concedía a los atletas que lograban vencer en la arena”

Entonces, podemos entender la tentación como una oportunidad de hacer lo correcto ante Dios, siempre rechazándola.

La tentación en sí misma no es pecado, pero es el vehículo para llevar a uno al pecado.

La tentación es lo que pelea contra nuestra alma, y casi siempre es así, porque conlleva un elemento más o menos intenso de atracción.

Nos podrá parecer más o menos vergonzoso, pero lo cierto es que el poder de la tentación radica en el aspecto atractivo que conlleva.

La palabra en griego para tentación es perasmón, y también significa prueba, escrutinio, examen.

La pregunta es, ¿por qué una tentación es una prueba?

La tentación es una prueba porque requiere del tomar una decisión.

Siempre habrá que tomar una decisión cuando nos veamos ante la tentación. Esa decisión, como cristianos, deberá ser la correcta ante Dios.

Por otra parte, la tentación nos sirve para saber cómo en realidad somos, y como estamos ante Dios.

“La atracción es como un imán que se pone de acuerdo con el corazón del hombre”

“La atracción es como un imán que se pone de acuerdo con el corazón del hombre”

2. La fuerza de la tentación

13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; 14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”:

La fuerza de la tentación, o el poder de la misma, radica básicamente en dos bases o aspectos fundamentales:

1) La concupiscencia de la persona.

2) La necesidad  y (o) deseo legítimo de la persona.

Lo primero tiene que ver con la carne del individuo (veremos más sobre ello); lo segundo no tiene que ver con algún aspecto pecaminoso en sí, sino con lo inherente en la naturaleza humana y su consecuente debilidad.

“Nos será siempre necesario tomar decisiones en esta vida. Busquemos las que sean conforme a la voluntad de Dios"

“Nos será siempre necesario tomar decisiones en esta vida. Busquemos las que sean conforme a la voluntad de Dios, y nos daremos cuenta de cuántas veces esas decisiones contradecirán nuestra carne, con sus deseos o “sueños”.

A. La tentación y la debilidad humana; por la necesidad y deseo legítimos.

Contemplando el caso de Jesús siendo tentado en el desierto
En este caso segundo, tenemos un ejemplo claro en la persona de Jesús.

“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador…” (Mt. 4: 1, 2)

Jesús en su naturaleza humana fue ahí tentado, por tanto estuvo bajo el poder de la tentación, nada más y nada menos que por obra y mano del mismo diablo, el tentador.

Jesús jamás pecó, y jamás participó de la naturaleza caída como todos nosotros, y sin embargo también fue tentado, esta vez, basándose el poder de esa tentación sobre todo en su necesidad o debilidad como criatura, pero también – error del diablo – en su inexistente concupiscencia.

Por ello la Escritura nos asegura que Jesús nos dio cabal ejemplo:

“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4: 15)

En ese pasaje de Hebreos leemos que Jesús fue tentado en todo, y que el poder real de la tentación radicó en su semejanza de hombre, es decir, en la nuestra.

Conforme al pasaje de Mateo 4, vemos que Jesús fue tentado en tres aspectos básicamente:

1) Según su necesidad natural  (Mt. 4: 3)
2) En cuanto a su fe y confianza en su Padre (Mt. 4: 5, 6)
3) En cuanto a su dependencia (si del Padre, o del diablo)

1) Según su necesidad natural (Mt. 4: 3)
“Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre (Mt. 4: 1, 2)

En cuanto a su necesidad de comer, la tentación fue clara y expresa; Jesús tuvo hambre (Mt. 4: 2). Esa fue una tentación dirigida a su naturaleza humana, pero el diablo – osadamente – fue más lejos, e intentó también tentarle acerca de su poder, por Jesús ser Dios, al decirle:

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt. 4: 3)

No querríamos ayudar al diablo, pero quizás hubiera tenido más éxito en su trabajo de tentador si solamente se hubiera quedado en su tentar a la naturaleza humana… quizás mostrándole algunos panes y viandas satánicamente preparados allí ante sus ojos, donde el Señor por el hambre que sentía, hubiera estado muy proclive a tomar de ello, llegándolo a justificar por su necesidad de alimentarse.

Gracias a Dios no ocurrió así, y el Señor supo esperar a que sus ángeles le sirvieran, pasadas las tentaciones (Mt. 4: 11b).

Aquí aprendemos un principio también: nada en sí bueno le dará a usted el diablo sin un motivo malo.

“Jesús fue tentado en todo, pero salió victorioso en todo”

“Jesús fue tentado en todo, pero salió victorioso en todo”

2) En cuanto a su fe y confianza en su Padre (Mt. 4: 5, 6)
“Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo,  6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán,
para que no tropieces con tu pie en piedra 7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios”

La treta aquí era doble.

Por una parte, el diablo al desafiarle de esa manera, pretendía que Jesús dudara de su confianza y fe en su Padre; algo así como: “Veamos si eres capaz de confiar tanto en tu Padre, lanzándote al vacío, creyendo que Él enviará a Sus ángeles”.

Fue una tentación a su naturaleza humana, donde la “fe” de Jesús debía ser “probada”; pero eso no fue una prueba de Dios, sino del diablo, justamente – por otra parte – para lo siguiente:

Al desafiarle de ese modo, Satanás pretendía que cualquier soberbia, altivez, presunción, vanidad, ostentación de poder, autosuficiencia, etc. fueran puestas en acción por Jesús, al tentarle de esa manera.

De una u otra manera, el diablo pretendía que Jesús se desvinculara de su obediencia al Padre.

En cuanto al segundo aspecto, también se equivocó el diablo en cuanto a Jesús. Se equivocó, porque pretendió tentar a Jesús en su naturaleza divina. Por eso Jesús le respondió:

“Escrito está también: no tentarás al Señor tu Dios

Claramente aquí Jesús habló como Dios que es.

3) En cuanto a su dependencia (si del Padre, o del diablo)

“Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,  9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares”:

Vemos que el diablo, como tentador, fue perdiendo poder conforme Jesús resistía las tentaciones. Ese mismo principio se aplica a nosotros, cada vez que resistimos una tentación, frente a la siguiente.

En su desesperación, directamente el diablo le quiso llevar a que renunciara a su dependencia y amor al Padre, para depender del maligno, tentándole con lo valioso material de este mundo (esto el diablo lo conseguirá con el Anticristo).

No tuvo en cuenta ya ninguna estrategia de engaño, considerando la naturaleza doble de Jesús, sino que atacó a bocajarro con su última andanada. Como dije, esa fue señal de su impotencia como tentador.

“El deseo carnal aceptado es la jaula de oro que encierra a los que así viven”

“El deseo carnal aceptado es la jaula de oro que encierra a los que así viven”

El tentador se extralimitó en su afán de tentar
El diablo sabía que Jesús no sólo era un hombre como todos nosotros, sino que también tenía la naturaleza divina. Era verdadero Hombre y verdadero Dios (Fil. 2: 6ss). Aun y con eso, el abanico de su tentación abarcó mucho más que la simple y rutinaria acción con la que el maligno tienta a los hombres.

Pero como apunté arriba, el diablo se equivocó al intentar tentar a Jesús conforme a su naturaleza divina, diciendo que “si era Hijo de Dios, que convirtiera las piedras en panes” (que lo podía haber hecho), o haberse lanzado al vacío (y no le hubiera pasado nada).

Se equivocó porque la Escritura claramente asegura que Dios no puede ser tentado:

“…porque Dios no puede ser tentado por el mal…” (Santiago 1: 13)

Así que vemos que el tentador y su poder son limitados por su propia naturaleza caída, siendo como es además, una criatura.

La otra razón por la cual sabemos que su poder para el mal es inferior al poder de Dios, es porque nuestro Señor nos ha prometido que bajo la condición de arrepentimiento: “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Ro. 5: 20)

Fue estúpido por parte del diablo buscar el tentar a Jesús como Hijo de Dios, pero sabemos que el diablo a pesar de en su día haber conocido y visto a Dios cara a cara, recibió un suspenso en teología, y otro en teología aplicada al corazón.

 

B. Tentación y concupiscencia
“14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido”:

Este es el primer motivo de la tentación: la concupiscencia. Por ella se produce la atracción que pretende llevarnos a ser seducidos.

La seducción según el diccionario se describe así: “Fascinación o atracción de una cosa o una persona que provoca su deseo”

La seducción es una jaula de oro y brillantes… ¡pero es una jaula!. Es la trampa en la que uno cae (cuando cae, si cae), y queda a merced de las consecuencias de la misma. Moralmente esa consecuencia es el pecado, con sus consecuencias.

Escribe MacArthur en cuanto al asunto de la atracción concupiscente:

“Esta palabra griega se empleaba para describir animales de caza que eran seducidos para caer en diversas trampas. Así como una presa puede ser llevada a una muerte cierta por medio de carnadas atractivas, la tentación promete algo bueno al ser humano, que en realidad es dañino”

No se podría haber dicho con más claridad.

Tentados según la propia concupiscencia
“14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia…”:

Es evidente que el poder de la tentación radica en la concupiscencia de cada uno.

Si esa concupiscencia es irrelevante, el poder de la tentación será irrelevante también. Una cosa es vinculante con la otra. Por ello podemos asegurar que en este caso, la tentación opera conforme a la concupiscencia que está todavía en nosotros.

Según el diccionario bíblico, la concupiscencia (epizumía en gr.) es “una codicia ilegítima y desordenada”.

Escribe del siguiente modo MacArthur al respecto de la concupiscencia:

“Se refiere a los deseos pecaminosos que brotan del alma humana para disfrutar o adquirir algo que satisfaga a la carne. La naturaleza caída del hombre tiene la propensión fuerte a desear cualquier pecado que la deje satisfecha”

Y así es. En este caso, la tentación actúa directamente por la concupiscencia, y por la concupiscencia del individuo.

Evidentemente, esa concupiscencia o estimación lujuriosa, variará de individuo a individuo, en función a las tendencias heredadas (y eso tiene mucho que ver con la acción de espíritus inmundos y sus estímulos). Tendrá que ver también con el ambiente donde esté o haya estado dicho individuo; lo que recibiera como niño; y sobre todo, con sus elecciones por sus preferencias personales.

La concupiscencia es la suma de todo ello en la proporción ajustada a cada individuo.

“Hoy en día en numerosísimos púlpitos, numerosísimos pulpistas seducen a sus oyentes con mensajes como: “Dios te concederá tus sueños”

“Hoy en día en numerosísimos púlpitos, numerosísimos pulpistas seducen a sus oyentes con mensajes como: “Dios te concederá tus sueños”, o “sueña y ganarás el mundo”. Mentiras así arrastran a muchos cristianos profesantes a las numerosas jaulas de oro y brillantes dispuestas por doquier”

¿Es la concupiscencia la única causa y motivo del pecar?
Reflexionemos…

¿Podríamos decir que la única manera de llegar a pecar es debido a la concupiscencia del individuo? O dicho de otro modo, ¿es imprescindible la concupiscencia para llegar a pecar?

¿Podría haber pecado Jesús, a pesar de no tener ninguna concupiscencia, como no tenía? Y si no hubiera sido así ¿Por qué fue tentado? ¿Es que lo fue en balde?… ¡Nada es en balde!

Esas preguntas son importantes para entender mejor el asunto de la tentación y el pecado.

Ahora bien, sabemos acerca de Jesús, que fue tentado en todo conforme a nuestra semejanza, y sin embargo no pecó (He. 4: 15).

Llegados a este punto pudiéramos con ligereza asegurar que así como Jesús no tenía concupiscencia alguna, por esa razón no llegó a pecar, pero, ¿Diríamos la verdad? No, no la diríamos.

Sabemos que el primer hombre, Adán, a pesar de haber sido creado según los parámetros de perfección de Dios, pecó.

Ni Adán en un principio, ni Jesús el postrer Adán (1 Co. 15: 45), tenían concupiscencia, y sin embargo, el primer hombre pecó terriblemente.

Veamos más, conforme al ejemplo de Eva, la cual fue creada perfecta también, como Adán.

“Adán y Eva son ejemplos claros en cuanto a que para pecar, con la simple decisión errada es suficiente”

“Adán y Eva son ejemplos claros en cuanto a que para pecar, con la simple decisión errada es suficiente”

El pecado de Eva: la codicia
Eva, llegó a pecar porque fue seducida. De un simple deseo en su corazón, este deseo pasó a ser una codicia ilegítima y desordenada… ¿Cómo y siendo una criatura perfecta, y por tanto buena conforme a Dios, llegó a degenerar así? Pues porque hizo un mal uso de su libertad, libertad que también Jesús tuvo siendo hombre.

Pero Eva no supo ni quiso tener en cuenta sus límites en cuanto al deseo.

Entendamos bien esto: Dios creó al hombre sin pecado, pero no para que no tuviera poder para pecar, o posibilidad de hacerlo.

El pecado es una elección. El no pecar, también.

Pero, ¿qué ocurre cuando el pecado ya ha hecho mella en nuestro corazón?… Pues esa ha sido la realidad de la humanidad caída desde Adán y Eva. La Biblia dice que hasta Cristo y desde la caída de Adán, reinó la muerte:

“Pues si por la transgresión de uno solo (Adán) reinó la muerte…” (Ro. 5: 17)

¿La concupiscencia es en sí misma el pecado cometido por libre acción?
Pero tampoco es lo contrario; es decir, no por tener concupiscencia necesariamente uno va a pecar conforme a la misma. O dicho de otro modo, la concupiscencia no obliga a nadie a pecar, así como tampoco los demonios.

El pecar es una libre acción; por lo tanto, la concupiscencia NO es en sí misma el pecado que uno comete porque decide cometerlo.

Lo resumo:

a) No teniendo concupiscencia se llegó a pecar (caso de Adán).
b) Teniendo concupiscencia, no se tiene por qué pecar (caso de los verdaderos cristianos) (*)

(*) Ese pecado se ha de entender como pecado de muerte: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios”  (1 Jn. 3: 9)

3. Busquemos siempre el vencer la tentación

Cada vez que venzamos una primera tentación, la segunda que viniera no tendrá tantas posibilidades de éxito, ya que estaremos mucho más fortalecidos.

Estando verdaderamente en Cristo Jesús, el poder de la tentación será cada vez menor, en la medida en que prefiramos el agradar a Dios, antes que agradar a nuestra carne.

Es una elección. Es nuestra elección.

Sabiendo también que en Cristo Jesús, nos debemos considerar muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Romanos 6: 11), teniendo la inefable promesa escrita que dice:

“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6: 14)

Como pasos seguros a seguir, contemplamos los siguientes:

  • Admitamos que como seres caídos, aún y habiendo nacido de nuevo, tenemos propensión al mal (Ro. 7: 18ss; 8: 1, 2).
  • Reconozcamos que esa tentación contiene un factor más o menos grande de atracción. Seamos honestos.
  • Reconozcamos que no podremos escapar del tentador en nuestras solas fuerzas; necesitamos la gracia de Dios.
  • Creamos que tenemos la gracia de Dios.
  • No menospreciemos el poder del maligno para seducirnos, pero temamos a Dios, no al diablo.
  • Renunciemos a hacer lo que nos sería deseable en ese momento, llevados por el impulso de la carne (emociones, sentimientos, inclinaciones, etc.). Esa renuncia a veces cuesta un gran esfuerzo (sobre todo si hay adicción por el medio)
  • Declaremos abierta y verazmente que el motivo de esa tentación es malo y nos puede llevar a pecar si lo hacemos. Es decir, confesemos la verdad, y poniendo a la luz lo que intenta moverse en tinieblas (1 Juan 1: 5-10).
  • Entendamos que por ese pecado, Jesús fue a la cruz, para librarnos del mismo y de sus consecuencias mortales (Ro. 3: 22ss).
  • Busquemos el renovar nuestra mente, llenando nuestra mente de las cosas que son agradables a Dios. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12: 1, 2)
  • Vigilemos lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen. Escapando de todas las situaciones de peligro. No es de cobardes huir de la tentación, sino de valientes y prudentes (1 Co. 6: 18).
  • Conozcamos nuestros límites.
  • Limpiémonos de toda contaminación de la carne (concupiscencia) y de espíritu (espíritus inmundos) que obran en nuestro interior: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7: 1). Esto último es un proceso de vida.

 

Dios les bendiga.

© Miguel Rosell Carrillo, pastor de Centro Rey, Madrid (España)
Septiembre 2010
http://www.centrorey.org

FIN

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One response to this post.

  1. Posted by Jose on abril 23, 2016 at 8:44 pm

    Gracias in excelente estudio Dios les siga bendiciendo

    Sent from my iPhone

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